LOS HIJOS DE NUESTROS HIJOS
Clifford D. Simak
Título
original: Our children's children
Traducción: Horacio González
Trejo
© 1974 by UPD
© 1976, Ediciones Martínez
Roca, S. A.
Gran Vía, 774. 7º -
Barcelona-13
ISBN 84-270-0311-0
Edición digital de Sadrac
Corrección de Paul Atreides
Agosto de 2001
1
Sentado en una
mecedora del jardín, con una lata de cerveza en la mano, Bentley Price -
fotógrafo del Global News Service - contemplaba el filete que acababa de poner
sobre la parrilla de la barbacoa cuando se abrió una puerta debajo del viejo
roble blanco y la gente comenzó a salir.
Hacía muchos
años que nada sorprendía a Bentley Price. Amargas experiencias le habían
acostumbrado a presenciar lo insólito y a no preocuparse por ello. Fotografiaba
lo inaudito, lo fantástico, lo violento, luego daba media vuelta y se iba, a
veces a toda prisa, pues la competencia de la AP y la UPI le acuciaba y un
emprendedor reportero gráfico no podía dejar que la hierba creciera bajo sus
pies. Aunque los directores de fotografía no eran, ciertamente, individuos
temibles, en general convenía tenerlos contentos.
Esta vez
Bentley se sorprendió, pues lo que sucedía no era fácilmente concebible ni
respondía a ninguna experiencia anterior. Permaneció inmóvil en la mecedora,
sosteniendo rígidamente la lata de cerveza, y con la mirada vidriosa observó a
la gente que salía por la puerta. Pero en ese momento vio que no era una puerta,
sino un agujero negro cuyos bordes dentados temblaban, un poco más grande que
una puerta común, pues de él salían en grupos de cuatro o cinco a la vez.
Aunque vestían algo exóticamente, como si regresaran a casa después de un baile
de máscaras - sólo que sin máscaras -, parecían gente normal. Si hubieran sido
todos jóvenes, Bentley se habría figurado que pertenecían a una universidad, un
centro juvenil o algo por el estilo, vestidos con los ropajes absurdos que
usaban los universitarios; pero, aunque algunos eran jóvenes, había muchos que
ya no lo eran.
Uno de los
primeros en salir al jardín fue un hombre bastante alto y delgado, grácil en su
delgadez, que podría haber resultado desgarbado. Tenía una abundante y
desordenada melena de color gris acero y su cuello parecía el de un pavo. Usaba
una falda gris, corta, que le llegaba hasta sus rodillas huesudas; un mantón
rojo le cubría un hombro y se sujetaba en la cintura mediante un cinturón que
también mantenía en su sitio la falda. Bentley pensó que parecía un escocés,
aunque la tela no era a cuadros.
Le acompañaba
una joven vestida con una vaporosa túnica blanca, sujeta por un cinturón, que
llegaba hasta sus pies calzados con sandalias. Su brillante pelo negro,
recogido en una coleta, llegaba hasta su cintura. Tenía un rostro hermoso,
pensó Bentley, de un tipo de belleza no común, y lo poco que distinguía de su
piel era tan blanco y diáfano como la túnica que llevaba.
Ambos se
acercaron a Bentley y se detuvieron frente a él.
- Supongo - dijo
el hombre - que usted es el amo de los lugares.
Había algo raro
en su modo de hablar. Arrastraba las palabras, aunque se le entendía
perfectamente.
- ¿Quiere decir
si ésta es mi propiedad? - preguntó Bentley.
- Tal vez -
respondió el otro -. Quizá mi expresión no sea de esta época, pero creo que me
ha entendido bien.
- Seguro -
afirmó Bentley -, pero, ¿qué me dice de esta época? ¿Significa que habla todos
los días de un modo distinto?
- En absoluto -
aseguró el hombre -. Le ruego disculpe nuestra intromisión. Debe resultarle
poco común. Haremos todo lo posible por no dañar su propiedad.
- De acuerdo.
Oiga, amigo - agregó Bentley -, no soy el propietario del lugar. Simplemente lo
estoy cuidando en ausencia del dueño. ¿Le dirá a esa gente que no pisotee los
macizos de flores? La señora de Joe se sentiría terriblemente apenada si
encuentra las flores arruinadas cuando regrese. Son su más preciado tesoro.
Mientras
hablaban, la gente seguía saliendo por la puerta y ya ocupaban todo el lugar,
invadían los jardines contiguos y los vecinos salían para averiguar qué
ocurría.
La muchacha
dedicó a Bentley una amplia sonrisa.
- Quédese
tranquilo con respecto a las flores - dijo -. Son buenas personas, bien
intencionadas y se comportarán con la mayor corrección.
- Confían en su
tolerancia - agregó el hombre -. Son refugiados.
Bentley los
observó atentamente. No parecían refugiados. En sus tiempos había fotografiado
muchos en distintos lugares del mundo. Eran personas desaliñadas y por lo
general arrastraban mucho equipaje, pero estos seres eran limpios y ordenados y
transportaban muy pocas cosas, una pequeña maleta o una especie de maletín,
semejante al que llevaba bajo el brazo el hombre que hablaba con él.
- No parecen
refugiados - señaló -. ¿Refugiados de qué?
- Del futuro -
respondió el hombre -. Suplicamos su indulgencia. Lo que estamos haciendo le
aseguro que es cosa de vida o muerte.
Estas palabras
despabilaron a Bentley. Se dispuso a beber un trago de cerveza, pero cambió de
idea y se agachó para dejar la lata sobre el césped. Se puso lentamente en pie.
- Le aseguro
que si esto es una especie de maniobra publicitaria, no pienso coger la cámara.
No tomaría una sola foto para un truco publicitario, cualquiera que fuese.
- ¿Truco
publicitario? - preguntó el hombre; no cabía duda de que estaba sinceramente
desconcertado -. Lo lamento, señor, pero no entiendo lo que dice.
Bentley
contempló atentamente la puerta. Aún salía gente en grupos de a cuatro o cinco
y aquello parecía no tener fin. La puerta seguía allí, tal y como la había
visto por primera vez: un manchón de oscuridad cuyos bordes ligeramente
dentados vibraban, tapando una pequeña parte del jardín pero, detrás y más allá
de ella, Bentley veía los árboles, los matorrales y el parque infantil montado
en el patio trasero de la casa vecina.
Llegó a la
conclusión de que si se trataba de una maniobra publicitaria, era excelente.
Muchos publicitarios debieron devanarse los sesos para imaginar algo así. ¿Cómo
harían ese agujero dentado y de dónde venía tanta gente?
- Venimos de
quinientos años en el futuro. Huimos del fin de la raza humana. Solicitamos su
ayuda y comprensión.
Bentley lo miró
fijamente.
- Señor, usted
no me engañaría, ¿verdad? - preguntó -. Si me hiciera picar, perdería mi
trabajo.
- Como es
lógico, esperábamos encontrar una actitud incrédula. Comprendo que no tenemos
ningún modo de demostrar nuestro origen. Le rogamos que crea lo que decimos.
- Le diré una
cosa - agregó Bentley -. Aceptaré la jugada. Tomaré algunas instantáneas, pero
si descubro que es publicidad...
- Supongo que
está hablando de tomar fotografías.
- Claro que sí
- respondió Bentley -. La cámara es mi trabajo.
- No vinimos
para que nos tomaran fotografías. Si tiene escrúpulos al respecto, no se
violente. No nos molestará lo más mínimo.
- Conque no
quiere que le tome fotos - comentó Bentley con énfasis -. Se parece a otras
muchas personas. Se meten en un aprieto y luego protestan porque alguien les
saca una foto.
- No ponemos
objeciones - aseguró el hombre -. Tome tantas fotos como quiera.
- ¿No le
molesta? - preguntó Bentley, confuso.
- En absoluto.
Bentley se
volvió y anduvo hacia la puerta de servicio. Mientras lo hacía, distraídamente
dio un puntapié al bote de cerveza, que salió volando, perdiendo líquido por el
agujero.
Sobre la mesa de
la cocina había tres cámaras, que había estado revisando antes de salir a
preparar la carne. Cogió una y estaba a punto de salir cuando se acordó de
Molly. Quizá sería mejor informar a Molly de aquello, se dijo. El tipo había
dicho que todos venían del futuro y, si era cierto, sería bueno que Molly
estuviera en el asunto desde el principio. Naturalmente, no creía una sola
palabra, pero era sumamente divertido, a pesar de lo que estaba sucediendo.
Descolgó el
teléfono de la cocina y marcó el número sin dejar de refunfuñar. Estaba
perdiendo el tiempo, cuando debía dedicarse a tomar fotos. Tal vez Molly no
estuviera en casa. Era domingo, hacía buen tiempo y no había motivos para
suponer que la encontraría en casa.
Molly
respondió.
- Molly, habla
Bentley. ¿Sabes dónde estoy?
- Estás en
Virginia. Viviendo sin pagar alquiler en casa de Joe mientras él no está.
- No es así.
Cuido su casa. Edna tiene muchas flores...
- ¡Bah! - se
burló Molly.
- Te llamo para
preguntarte si puedes venir aquí.
- No - repuso
MolIy -. Si quieres pasar el rato conmigo, tendrás que sacarme tú.
- No estoy
tratando de pasar e! rato con nadie - protestó Bentley -. Hay gente saliendo de
una puerta en el patio trasero. Afirman que vienen del futuro, de dentro de
quinientos años.
- Eso es imposible
- afirmó Molly.
- Pienso lo
mismo. Pero, ¿de dónde vienen? Deben ser aproximadamente unos mil. Aunque no
sean del futuro, hay materia para un reportaje. Será mejor que menees tu
trasero hasta aquí y hables con alguno de ellos. Tu firma aparecerá en todos
los matutinos.
- Bentley, ¿es
verdad?
- Es verdad -
respondió Bentley -. No estoy borracho ni te estoy engañando para que vengas
aquí y...
- De acuerdo -
respondió -. Salgo ahora mismo. Será mejor que llames a la oficina. Esta semana
Manning tuvo que hacer la guardia del domingo y no está muy contento, conque
ten cuidado cuando le hables. Tal vez quiera enviar más gente ahí. Si no es una
broma...
- No es una
broma - aseguró Bentley -. No estoy tan loco como para jugarme el empleo.
- Hasta luego -
dijo Molly.
Colgó.
Bentley había
comenzado a marcar el número de la oficina cuando oyó abrir la cancela. Echó
una ojeada y vio que había entrado el hombre alto.
- Le ruego que
me disculpe, pero ha surgido un problema de cierta urgencia - explicó el hombre
alto -. Algunos niños necesitan usar el baño. ¿Sería demasiada molestia...?
- Están ustedes
en su casa - respondió Bentley, indicándole el baño con el pulgar -. Por si le
interesa, hay otro en el primer piso.
Manning
respondió al sexto timbrazo.
- Aquí tengo una
noticia - le comunicó Bentley.
- ¿Dónde es
aquí?
- En casa de
Joe. Es donde estoy viviendo.
- Pásamela.
- No soy
periodista - dijo Bentley -. No es cosa mía tener reportajes. Me limito a tomar
fotos. Es algo importante, podría cometer errores y no me pagan para aguantar
broncas.
- De acuerdo -
replicó Manning con desgana -. Buscaré a alguien y lo enviaré. Procura que
valga la pena, pues es domingo y habrá que pagar horas extraordinarias.
- Tengo mil
personas en el patio de atrás, salidas de una puerta extraña. Dicen venir del
futuro...
- ¿Dicen venir
de dónde? - gritó Manning.
- Del futuro.
De dentro de quinientos años.
- Bentley,
estás borracho...
- Conmigo no
discutas - respondió Bentley -. No voy a pelearme por eso. Ya te he dicho lo
que hay. Haz lo que te dé la gana.
Colgó y tomó
una cámara.
Una procesión
de niños, acompañados por algunos adultos, entraban por la puerta de la cocina.
- Señora - dijo
a una de las mujeres -, hay otro en el primer piso. Será mejor que hagan dos
colas.
2
Steve Wilson,
secretario de Prensa de la Casa Blanca, se dirigía a su apartamento para pasar
la tarde con su secretaria Judy Gray, cuando sonó el teléfono. Se volvió para
descolgar.
- Habla Manning
- dijo la voz.
- ¿Qué puedo
hacer por ti, Tom?
- ¿Tienes la
radio encendida?
- No, diantre.
¿Por qué habría de tener la radio encendida?
- Pasa algo
raro - agregó Manning -. Quizá conviene que lo sepas. Parece ser que fuimos
invadidos.
- ¡Invadidos!
- No es lo que
estás pensando. Es gente que sale de la nada y dice provenir del futuro.
- Escucha, si
esto es una broma...
- Yo también lo
pensé - dijo Manning -. Cuando Bentley llamó...
- ¿Te refieres
a Bentley Price, tu fotógrafo borracho?
- El mismo -
respondió Manning -, pero no está borracho. Esta vez no. Es demasiado temprano.
Molly ya está allá y he enviado a otros. La AP también ha llegado y...
- ¿Dónde ha
ocurrido todo eso?
- En este caso,
al otro lado del río, cerca de Falls Church.
- ¿Dijiste en
este caso...?
- Hay otros.
También en Boston, Chicago, Minneapolis. La AP acababa de recibir un informe de
Denver.
- Gracias, Tom;
te debo un favor.
Colgó, cruzó la
estancia y encendió una radio.
- ...por lo que
se sabe hasta ahora - decía el locutor -. Salvo que las personas salen de lo
que un observador describió como un agujero en el paisaje. Salen en grupos de a
cinco o de a seis. Como un ejército en marcha, uno tras otro, en corriente
interminable. Les hablo desde Virginia, al otro lado del río. Recibimos
noticias similares de Boston, Nueva York, Minneapolis, Chicago, Denver, Nueva
Orleans, Los Angeles. Generalmente, no sucede en las ciudades sino en el campo,
en las afueras de aquéllas. Aquí tenemos otro boletín. Esta vez, de Atlanta -
hubo un estremecimiento en la voz monótona, que traicionó una emoción
momentánea no profesional -. Nadie sabe quiénes son, de dónde vienen ni con qué
medios llegan. Sencillamente, están aquí, entrando en nuestro mundo. Hay miles
y cada vez llegan más. Podríamos decir que es una invasión, aunque no de
carácter bélico. Vienen con las manos vacías. Son tranquilos y pacíficos. No
molestan a nadie. Un reportaje no confirmado afirma que provienen del futuro,
pero esto es imposible...
Wilson bajó el
volumen de la radio hasta un nivel mínimo, se dirigió al teléfono y marcó un
número.
La centralita
de la Casa Blanca respondió.
- ¿Eres tú,
Della? Habla Steve. ¿Dónde está el Presidente?
- Duerme la
siesta.
- ¿Podría
encargarse alguien de despertarle? Dile que conecte la radio. Ahora salgo hacia
allá.
- Steve, ¿qué
pasa? ¿Qué es...?
Cortó la
comunicación y marcó otro número. Judy respondió casi en seguida.
- ¿Algo va mal,
Steve? Estaba terminando de preparar la cesta para el picnic. No me digas
que...
- Querida, hoy
no habrá picnic. Volvemos al trabajo.
- ¡Un domingo!
- ¿Por qué no?
Tenemos problemas. Voy en seguida. Espérame en la calle.
- Maldita sea -
dijo -. Mi plan se va al diablo. Deseaba hacerlo contigo al aire libre, sobre
la hierba, bajo los árboles.
- Todo el día
me torturaré pensando en lo que me he perdido - comentó Wilson.
- De acuerdo,
Steve - dijo -. Te espero fuera, en la esquina.
Steve conectó
la radio:
- ...Huyendo
del futuro. De algo que ocurrió en su futuro.
Huyen hacia
nosotros, a esta época determinada. Naturalmente, no existe el viaje a través
del tiempo, pero ahí están todas esas personas y de algún sitio deben
provenir...
3
Samuel J.
Henderson se hallaba junto a la ventana contemplando los rosales, que estaban
espléndidos bajo el sol estival.
¿Por qué
diablos ocurrían las cosas en domingo, cuando cada uno andaba por su lado y
resultaba tan difícil reunirlos?, se preguntó. China había estallado un domingo
y también era domingo cuando se derrumbó Chile. Y ahora ocurría otra vez, sea
lo que fuese.
El intercomunicador
zumbó; se alejó de la ventana, acercándose al escritorio, y accionó la palanca.
- El secretario
de Defensa al habla - dijo su secretaria.
- Gracias, Kim
- respondió.
Descolgó el
auricular.
- Jim, habla
Sam. ¿Se ha enterado?
- Sí, señor Presidente.
Hace unos minutos, por la radio. Sólo escuché una parte.
- Yo también.
Pero no parece que haya duda. Debemos hacer algo, pronto. Dominar la situación.
- Lo sé.
Tendremos que ocuparnos de ellos, alojarles, darles de comer.
- Jim, eso debe
hacerlo el ejército. Nadie más puede actuar con tanta rapidez. Debemos darles
refugio y tenerlos juntos. No podemos permitir que se dispersen. Durante cierto
tiempo, al menos, conviene tenerlos controlados. Hasta que sepamos lo que pasa.
- Tendríamos
que alarmar a la Guardia Nacional.
- Quizá debamos
hacerlo - agregó el Presidente -. Utilice todos los recursos. Tienen hangares
inflables. ¿Qué hay del transporte y los alimentos?
- Durante
algunos días podremos apañarnos. Quizás una semana. Depende de cuántos sean. Pero
pronto necesitaremos ayuda. La Seguridad Social, Agricultura, todo el que pueda
colaborar. Necesitaremos mucho personal y víveres.
- Habrá que
ganar tiempo - dijo el Presidente -. Hasta averiguar con qué contamos. Tome las
disposiciones del estado de emergencia hasta que podamos elaborar algún plan.
No le importen demasiado los procedimientos. Tiene usted plenos poderes.
Hablaré con los demás; quizá podamos reunirnos todos al final de la tarde o a
primeras horas de la noche. Usted fue el primero en llamar. No tengo otras
noticias.
- ¿La CIA? ¿El
FBI?
- Supongo que
estarán trabajando. Tampoco tengo noticias. Espero que enviarán un informe.
- Señor
Presidente, ¿tiene idea de...?
- En absoluto.
Le informaré cuando sepa algo. Cuando haya puesto en marcha la operación, llame
otra vez. Le necesitaré, Jim.
- Empiezo a
moverme ahora mismo - respondió el secretario.
- De acuerdo.
Hasta luego.
El
intercomunicador zumbó.
- Está aquí
Steve - informó la secretaria del Presidente.
- Hágale pasar.
Steve Wilson
entró, y Henderson le indicó una silla.
- Siéntese,
Steve. ¿Qué sabemos?
- Se ha
extendido, señor. Por todos los Estados Unidos y por Europa. En el Canadá. En
algunos lugares de América del Sur, Rusia, Singapur, Manila. Todavía no hay
ninguna noticia de China ni de África. Hasta ahora ignoramos la explicación. Es
fantástico, señor, increíble. A uno le dan ganas de decir que es imposible.
Pero está sucediendo ante nuestros ojos.
El Presidente
se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa-escritorio y empezó a juguetear con
ellas.
- He hablado
con Sandburg. El ejército tendrá que refugiarlos, alimentarlos, ocuparse de
ellos. ¿Hace buen tiempo?
- No me he
fijado - respondió Wilson -, pero, si recuerdo bien, el boletín de esta mañana
indicaba que hacía buen tiempo en todas partes menos en el noroeste del
Pacífico. Siempre llueve allí.
- He intentado
ponerme en comunicación con el secretario de Estado - explicó el Presidente -.
Pero, diantre, no se le puede localizar. Williams
está en Burning Tree. Dejé un mensaje y alguien habrá ido a buscarle. ¿Por
qué todo tendrá que suceder siempre en domingo? Supongo que la Prensa ha
comenzado a reunirse.
- Se está
llenando la sala. Dentro de una hora llamarán a la puerta. Tendré que dejarlos
pasar, pero de momento puedo contenerlos. A las seis, como máximo, exigirán
alguna declaración.
- Dígales que
estamos tratando de informarnos. Estamos estudiando la situación. Puede
comunicar que las fuerzas armadas actúan con toda rapidez para ayudar a estas
personas. Subraye lo de la ayuda. Nada de arrestos, sino ayuda. Quizá tengamos
que llamar a la Guardia para que se encargue del asunto. Eso queda en manos de
Jim.
- Dentro de una
o dos horas quizá sepamos mejor lo que está ocurriendo, señor.
- Quizá. Steve,
¿se ha formado alguna idea sobre la cuestión?
El secretario
de Prensa meneó la cabeza.
- Bien, ya lo
averiguaremos. Espero recibir noticias de otras fuentes. Parece increíble que
podamos estar aquí sentados sin saber nada.
- Señor,
probablemente tendrá que hablar a través de la televisión. El pueblo esperará
que lo haga.
- Supongo que
sí.
- Informaré a
las emisoras.
- Creo que será
mejor hablar antes con Londres y Moscú. También con Pekín y París. Estamos
juntos en esto y debemos actuar unidos. Cuando localicemos a Williams, él sabrá
qué hacer. Creo que telefonearé a Hugh, de la ONU, para saber lo que piensa.
- Señor, ¿qué
parte transmito a la Prensa?
- Supongo que
lo de la televisión. Será mejor que se guarde lo demás por ahora. ¿Tiene idea
de cuántos son?
- La UPI hizo
un cálculo. Doce mil por hora en cada puerta, pero pueden existir cerca de un
centenar de puertas. El cómputo no ha llegado.
- ¡Por Dios! -
exclamó el Presidente -, un millón por hora. ¿Cómo se ocupará el mundo de
ellos? Ya hay demasiadas personas. Hay penuria de alojamiento y de alimentos.
¿Por qué vienen aquí? Si fueran del futuro, conocerían los datos históricos.
Sabrían que iban a crearnos problemas.
- Debe existir
algún motivo apremiante - apuntó el secretario -. Una especie de pánico.
Seguramente saben que nuestra capacidad de albergarlos y mantenerlos es
limitada. Debe ser cuestión de vida o muerte.
- Los hijos de
nuestros hijos - dijo el Presidente -, muchas generaciones después. Si
realmente vienen del futuro, son nuestros descendientes. No podemos volverles
la espalda.
- Espero que
todo el mundo opine del mismo modo - señaló Wilson -. Si siguen apareciendo,
provocarán un problema económico y se crearán enemistades. Recuerde la brecha
generacional actual. Piense cuánto más grande será ésta cuando estén implicadas
no sólo dos, sino varias generaciones.
- Las iglesias,
si quieren, pueden ayudar bastante - dijo el Presidente -. De lo contrario
podrían suscitar más problemas. En cuanto un evangelista dé algunos gritos
desde el púlpito, ya la habremos fastidiado.
Wilson sonrió.
- ¿Se refiere a
Billings, señor? Si no tiene inconveniente, podría llamarle. Nos conocemos de
la universidad. Hablaré con él, aunque no sé si puede resultar útil.
- Haga lo que
pueda - repuso el Presidente -. Pídale que sea razonable. Si se niega a
razonar, buscaremos algo que pueda influirle definitivamente. Lo que realmente
me preocupa es la población que vive de la asistencia social. Tendremos que
quitarles el pan para alimentar a todas estas bocas extras. Será difícil que lo
comprendan. Quizá los sindicatos se asusten ante todo ese volumen de parados,
pero hay en ellos personas inteligentes con quienes se puede negociar.
Entienden de economía política y es posible hacerlos entrar en razón.
Se encendió un
piloto del intercomunicador. El Presidente accionó la palanca con el pulgar.
- El secretario
Williams al habla, señor
Wilson se puso
en pie para salir. El Presidente cogió el teléfono y miró a Wilson.
- No se aleje
mucho - rogó el Presidente.
- Le tendré al
corriente, señor - repuso Wilson.
4
Todos los
pilotos del teléfono de Judy lanzaban destellos. Hablaba serenamente por el
transmisor. El pincho de su escritorio estaba cargado de notas.
Colgó cuando
Wilson entró en la oficina. Las luces siguieron parpadeando.
- La sala está repleta
- informó -. Hay un mensaje urgente. Tom Manning tiene algo para ti. Dijo que
era de suma importancia. ¿Le telefoneo?
- Continúa -
respondió Wilson -. Yo me pondré en contacto con él.
Se sentó,
acercó el teléfono y marcó.
- Tom, habla Steve. Judy dijo que era importante.
- Creo que lo
es - repuso Manning -. Molly tiene a alguien. Parece una especie de líder del
grupo de Virginia. No sé cuáles son sus credenciales, si es que las tiene. Pero
la cuestión es que quiere hablar con el Presidente. Dice que puede dar
explicaciones. De hecho, insiste en darlas.
- ¿Ha hablado
con Molly?
- Un poco, pero
nada importante. Eso lo reserva.
- ¿Ha de ser
forzosamente con el Presidente?
- Eso dice. Se
llama Maynard Gale. Está con su hija, Alice.
- ¿Por qué no
le pides a Molly que los traiga? Por la puerta de atrás, no por la principal.
Daré aviso a los vigilantes y veré qué podemos hacer.
- Hay algo más,
Steve.
- ¿De qué se
trata?
- El fulano es
de Molly. Lo tiene escondido. Es su exclusiva.
- No - dijo
Wilson.
- Sí - insistió
Manning -. Quiere participar en esto. Ha de ser así. Maldita sea, Steve, es
justo. No puedes pedirnos que compartamos esto. Bentley lo descubrió primero y
Molly llegó después.
- Lo que me
pides me llevará a la ruina. Lo sabes tan bien como yo. Las demás agencias de
Prensa, el «Times», el «Post», todos los demás...
- Podrías
anunciarlo - señaló Manning -. Obtendrías la información. Sólo queremos una
entrevista exclusiva con Gale. Nos debes eso, Steve.
- Estoy
dispuesto a anunciar que Global lo trajo - respondió Wilson -. Los honores
serán para vosotros.
- ¿Y la
entrevista en exclusiva?
- Al fulano ya
lo tenéis. Hacedle la entrevista. Hacedla y traedlo luego. Ese será vuestro
privilegio. No es que me guste, Tom, pero no puedo impedirlo.
- Pero no querrá
hablar hasta que haya visto al Presidente, podrías entregárnoslo después de que
haya hablado.
- No podemos
disponer así de él, al menos por ahora. No tenemos derecho a entregarlo a
nadie. A propósito, ¿cómo sabes que es quien dice ser?
- Naturalmente,
no estoy seguro - respondió Manning -. Pero él sabe lo que está ocurriendo; es
parte de ello. Conoce cosas que todos necesitamos saber. No te digo que compres
el reportaje por adelantado. Podrías escuchar y decidirlo después.
- No puedo
prometer nada, Tom. Tú lo sabes. Me sorprende que me lo hayas pedido.
- Piénsalo y
llámame - concluyó Manning.
- Un momento,
Tom.
- ¿Qué ocurre?
- Me parece que
podríais hallaros en una situación comprometida. Estáis reteniendo información
de interés nacional.
- No tenemos
ninguna información.
- Entonces, una
fuente de información. Quizá deba intervenir la autoridad. Además, estáis
reteniendo a un hombre contra su voluntad.
- No le estamos
reteniendo. Es él quien se aferra a nosotros. Cree que somos los únicos que
podemos conducirle a la Casa Blanca.
- Bueno, pues
estáis coaccionándole. Os negáis a prestarle la ayuda que necesita. Y, aunque
de esto no estoy seguro y es sólo una suposición, quizás estéis tratando con un
embajador o algo parecido.
- Steve, no
puedes hacerme esto. Hemos sido amigos durante tanto tiempo...
- Te diré una
cosa, Tom: no quiero verme comprometido en esto. Amigos o no, sospecho que
podría conseguir un mandamiento judicial en menos de una hora.
- No te saldrás
con la tuya.
- Será mejor
que hables con tu abogado. Esperaré tus noticias.
Colgó de golpe
el teléfono y se puso en pie.
- ¿Qué ocurre?
- preguntó Judy.
- Tom ha
intentado tomarme el pelo.
- Estuviste
bastante duro con él.
- Maldita sea,
Judy, tuve que hacerlo. Si hubiera cedido... no podía ceder. En este trabajo,
no puedes hacer concesiones.
- Steve, los de
ahí fuera están perdiendo la paciencia.
- De acuerdo.
Hazlos pasar.
Entraron en
grupo, serena y ordenadamente, acudiendo a sus puestos acostumbrados. Judy
cerró las puertas.
- Steve,
¿tienes algo para nosotros? - preguntó el de la AP.
- Nada oficial
- respondió Wilson -. En realidad, nada de nada. Creo que todo cuanto puedo
decir es que os avisaré cuando haya algo que decir. Hace menos de media hora,
el Presidente sabía de esto tan poco como vosotros. Más adelante, cuando haya
base para una declaración, la hará. Lo único que puedo asegurar es que las
fuerzas armadas cumplirán con la tarea de refugiar y atender a las necesidades
de estas personas. Es sólo como medida de emergencia. Luego se elaborará un
plan más amplio, que quizás incluya a diversos organismos.
- ¿Saben
quiénes son nuestros visitantes? - preguntó el del «Washington Post».
- Nada definido
- repuso Wilson -. Ni quiénes son, de dónde vienen, ni por qué o cómo llegaron.
- Entonces, ¿no
cree eso de que vienen del futuro?
- No he dicho
tanto, John. Mantenemos un criterio abierto frente a lo que desconocemos.
Sencillamente, no sabemos nada.
- Señor Wilson
- intervino el del «New York Times» -, ¿se ha establecido contacto con los
visitantes para averiguar algo? ¿Se ha iniciado alguna conversación con esas
personas?
- De momento,
no.
- ¿Podemos
deducir de su respuesta que tal conversación es inminente?
- Por ahora, nada
confirma esa deducción. Como es natural, el Gobierno quiere averiguar lo que
ocurre. Pero los hechos comenzaron hace apenas una hora. No hemos tenido tiempo
de hacer mucho. Creo que esto lo comprendéis.
- Pero, ¿supone
que habrá conversaciones?
- Me limito a
repetir que el Gobierno desea saber qué ocurre. Es posible que hablemos pronto
con algunas personas. Ignoro si se ha iniciado alguna gestión pero creo que lo
más lógico sería hablar con alguno de ellos. Creo que los miembros de la Prensa
ya han hablado con algunos; tal vez hayáis logrado aventajarnos en eso.
- Lo
intentamos, pero ninguno habla demasiado - explicó el de la UPI -. Se diría que
tienen órdenes de decir únicamente lo esencial. Afirman que vienen del futuro,
de dentro de quinientos años, y piden perdón por la molestia pero explican que
hacerlo era cuestión de vida o muerte. No es posible sacarles nada más. Steve,
¿hablará el Presidente a través de la televisión?
- Tal vez sí.
No puedo deciros cuándo. Os lo diré cuando se fije la hora.
- Señor Wilson
- preguntó el del «Times» -, ¿puede decirnos si el Presidente consultará a
Moscú, Londres u otro gobierno?
- Lo sabrá
cuando él haya hablado con el secretario de Estado.
- ¿Ha de hablar
con el secretario de Estado?
- Tal vez esté
haciéndolo ahora mismo. Dadme una hora y quizá tenga algo para vosotros. Ahora
sólo puedo aseguraros que os tendré al corriente cuando la situación se aclare.
- Señor
secretario de Prensa - dijo el de «Tribune» de Chicago -, supongo que el
Gobierno habrá tenido presente que sumar dos millones y medio de personas por
hora a la población mundial...
- En esto me
lleváis la delantera - interrumpió Wilson -. Mi última cifra era de algo más de
un millón por hora.
- En este
momento hay aproximadamente doscientos túneles, puertas, o como quieran
llamarlo - explicó el de «Tribune» -. Aunque no se multiplicasen más, ello
significa que en menos de cuarenta y ocho horas habrán aparecido en la Tierra
más de mil millones de personas. Mi pregunta es: ¿cómo podrá alimentar el mundo
a toda esa población adicional?
- El Gobierno
tiene muy presente el problema - respondió Wilson al de «Tribune» -. ¿Responde
eso a su pregunta?
- En parte,
señor. ¿Cómo piensan remediarlo?
- Eso tendremos
que consultarlo - dijo Wilson rígidamente.
- ¿Significa que
no quiere responder?
- Significa
que, por ahora, no puedo responder.
- Mi pregunta
será parecida - señaló el del «Times» de Los Angeles -. Teniendo en cuenta los
avances de la ciencia y la tecnología en un mundo de dentro de quinientos años,
¿se ha tenido en consideración...?
- No -
interrumpió Wilson -. Todavía no.
El
representante del «Times» de Nueva York se puso en pie.
- Señor Wilson
- dijo -, creo que por ahora nos alejamos del asunto. Más tarde quizá le sea
posible responder a preguntas sobre esta cuestión.
- Eso espero,
señor - repuso Wilson.
Se puso en pie
y contempló cómo regresaban al vestíbulo los representantes de la Prensa.
5
El ejército
había tropezado con dificultades.
El teniente
Andrew Shelby telefoneó al comandante Marcel Burns.
- Señor, no
puedo mantener reunidas a estas personas - informó -. Se los llevan.
- ¿De qué
demonios habla, Andy? ¿Se los llevan?
- Bueno, en
realidad no es que se los lleven. Pero la gente les da cobijo. Hay veinte o más
en una gran casa. Hablé con el propietario. «Oiga», le dije, «tengo órdenes de
mantener unidas a estas personas. No puedo permitir que se dispersen. Debo
reunirlos y trasladarlos a donde encuentren refugio y alimento». «Teniente»,
respondió el hombre, «no se preocupe de las personas que tengo aquí. Si lo que
hace falta son alimentos y refugio, quédese tranquilo. Son mis invitados y les
daré refugio y alimentos». Y no es el único. Eso fue sólo en una casa. También
están en otras casas de esa calle. Todo el vecindario los ha alojado. Y aún hay
más: la gente viene desde varios kilómetros a la redonda para recogerlos y
llevárselos y atenderlos. Se están dispersando por toda la región y no puedo
evitarlo.
- ¿Todavía
salen por esa puerta o como quiera llamarla?
- Sí, señor,
todavía salen. En ningún momento han cesado. Es como un gran desfile. Salen y
se van. Intento mantenerlos reunidos, señor, pero se alejan, se dispersan, todo
el vecindario los recoge y me resulta imposible seguirles el rastro.
- ¿Ha evacuado
a alguno?
- Sí, señor, a
los que consigo reunir.
- ¿Qué clase de
personas son?
- Gente normal,
señor, por lo que veo. No se diferencian de nosotros, aunque hablan con un
acento extraño, y visten de un modo raro. Algunos con túnicas. Otros con
calzones de ante. Otros con... diablos, llevan ropas de todas clases. Como si
estuvieran en un baile de máscaras. Pero son amables y obedecen. No crean
problemas. Pero son demasiados, más de los que puedo evacuar. Se dispersan,
pero no es culpa suya. Es que la gente los invita a sus casas. Son amistosos y realmente
amables, pero hay demasiados.
El comandante
suspiró:
- Bien,
continúe - dijo -. Haga lo que pueda.
6
Los pilotos de
la centralita de Judy seguían lanzando destellos. En la sala se agolpaban los
periodistas, impacientes. Wilson se acercó a la hilera de repiqueteantes
teletipos.
Global News
transmitía su quinto boletín:
WASHINGTON
(GN): Durante la tarde millones de visitantes que aseguran provenir de dentro
de quinientos años en el futuro han seguido llegando al mundo actual en una
corriente interminable y a través de más de 200 «túneles del tiempo».
En esferas
oficiales no se confirma la explicación de que provienen del futuro, aunque
ahora comienza a hallar cierta aceptación extraoficial, no tanto en Washington
como en ciertas capitales del extranjero. No obstante, y después de asegurar
que provienen del futuro, los refugiados ofrecen escasas explicaciones. De
fuentes confidenciales se asegura que dentro de pocas horas habrá más
información. Hasta el momento, dado lo confuso de la situación, nadie que pueda
ser estimado como líder o portavoz ha surgido de entre las multitudes que salen
de los túneles. Pero corren algunos rumores de que quizá este portavoz ha sido
ya identificado y pronto comunicará un mensaje. La distribución de los túneles
es mundial, lo cual ha sido confirmado desde todos los continentes.
Un cálculo
oficioso estima en unos dos millones por hora el número de personas que salen
de los túneles. A este ritmo...
- Steve - dijo
Judy -, está al teléfono Tom Manning.
Wilson regresó
a su escritorio.
- ¿Ya has
conseguido el mandamiento judicial? - preguntó Manning.
- Todavía no.
He querido darte tiempo.
- Bien, pídelo
cuando quieras. Nuestro abogado dice que puedes hacerlo.
- No creo que
lo necesite.
- En efecto, no
será necesario. Molly está en camino con Gale y su hija. Llegará dentro de unos
veinte minutos, aunque esto depende de la circulación, que empieza a ponerse
difícil allí. Llegan muchos mirones y gran cantidad de camiones del ejército.
- Tom, quiero
aclarar algo - agregó Wilson -. Comprendo que debías hacerlo. Tenías que
intentarlo.
- Steve, hay
más.
- ¿De qué se
trata, Tom?
- Gale habló
algo con Molly, no mucho. Le pidió que transmitiera una cosa que, según dijo,
no podía esperar.
- ¿Quieres
decírmelo?
- Pidió que apostáramos
piezas de artillería delante de todos los túneles del tiempo. Con obuses de
mucha potencia explosiva. Si algo sucede, hay que disparar directamente dentro
del túnel. Sin hacer caso de la gente que pueda estar allí, y de ser necesario,
seguir disparando.
- ¿Dijo qué
podría suceder?
- No lo
explicó. Simplemente dijo que ya nos daríamos cuenta, y que una explosión
derrumbaría el túnel, lo destrozaría, lo destruiría. ¿Me crees?
- Te creo.
- No voy a
difundirlo - agregó Manning -. No por ahora.
Wilson colgó y
utilizó el teléfono presidencial.
- Kim -
preguntó -, ¿cuándo puedo hablar?
- Está hablando
por teléfono ahora. Hay otras llamadas que esperan turno. Está reunido con
algunas personas. ¿Es importante lo tuyo, Steve?
- Es de la
mayor importancia. Debo verle.
- Ven. Te haré
pasar tan pronto como pueda.
- Judy - dijo Wilson -. Molly Kimball llegará por la puerta de atrás. Vendrá
con dos refugiados.
- Avisaré a
Conserjería - respondió Judy -. Y a Seguridad. ¿Qué hacemos cuando lleguen?
- Si no he regresado,
que hablen con Kim.
7
Sandburg,
secretario de Defensa, y Williams, secretario de Estado, estaban sentados en un
canapé frente al escritorio presidencial. Reilly Douglas, ministro de Justicia,
ocupaba una silla a un lado del escritorio. Saludaron con la cabeza a Wilson
cuando éste entró en la sala.
- Steve - dijo
el Presidente -, supongo que le trae algo muy importante - era casi un
reproche.
- Eso creo,
señor Presidente - respondió Wilson -. Molly Kimball ha acompañado hasta aquí a
uno de los refugiados que dice ser portavoz, al menos del grupo de Virginia.
Pensé que tal vez querría usted recibirle.
- Siéntese,
Steve - le invitó el Presidente -. ¿Qué sabe acerca de ese hombre? ¿Es
realmente un portavoz acreditado?
- Lo ignoro -
repuso Wilson -. Imagino que traerá algunas credenciales.
- De todos
modos - intervino el secretario de Estado -, habremos de escuchar lo que tenga
que decir. Sabe Dios que nadie ha sido capaz de explicarnos nada.
Wilson tomó
asiento al lado del ministro de Justicia.
- El hombre
envió un mensaje previo - explicó -. Pensó que era urgente. Nos pide que
coloquemos piezas de artillería cargadas con munición altamente explosiva
delante de las puertas, túneles del tiempo o como se llamen esos sitios por
donde sale la gente.
- Entonces,
¿hay algún peligro? - preguntó el secretario de Defensa.
Wilson meneó la
cabeza.
- No lo sé. No
dio más explicaciones. Sólo dijo que si algo ocurría en algún túnel debíamos
disparar directamente un obús, aunque hubiera gente dentro. No hacer caso de
las personas y disparar. Dijo que así se destruiría el túnel.
- ¿Qué podría
ocurrir? - inquirió Sandburg.
- Tom Manning
se limitó a transmitir el mensaje que le dio Molly. Dijo que el portavoz afirmó
que ya nos daríamos cuenta. Me parece que se trata de una precaución. Él
llegará dentro de pocos minutos y podrá explicárnoslo.
- ¿Qué os
parece? - preguntó el Presidente a los demás -. ¿Debemos recibir a este hombre?
- Considero que
sí - repuso Williams -. No hemos de pensar en el protocolo puesto que, dada la
situación, ignoramos cuál pudiera ser el protocolo. Aunque no sea quien dice
ser, quizá nos proporcione la información de que carecemos por ahora. No se
trata de reconocerle como embajador o representante oficial de estas personas.
Queda a nuestra discreción el aceptar o no sus explicaciones.
Sandburg
asintió seriamente.
- Considero que
debemos recibirle.
- No me gusta
el detalle de que lo traiga una agencia de Prensa - se opuso el ministro de
Justicia -. No son gente imparcial. Algún redactor querrá sacar provecho de
esta oportunidad.
- Conozco a Tom
Manning - aseguró Wilson -. Y también a Molly. No querrán explotarlo. Tal vez
lo intentarían si le hubiera declarado algo a Molly, pero no quiso hablar con
nadie. Afirmó que sólo hablaría ante el Presidente.
- Así debe
actuar un ciudadano responsable.
- Por lo que se
refiere a Manning y a Molly, supongo que sí - señaló Wilson -, aunque ellos no
opinaron lo mismo, seguramente.
- Al fin y al
cabo - dijo el secretario de Estado -, la entrevista no tendrá carácter oficial
salvo que lo decidamos así. No nos compromete nada de lo que él o nosotros
digamos.
- Me gustaría
saber algo más sobre la eventual voladura de los túneles - agregó el secretario
de Defensa -. Admito que me preocupa. Supongo que todo irá bien mientras sólo
salgan de ellos seres humanos. Pero, ¿qué haríamos si saliese otra cosa?
- Por ejemplo,
¿qué? - preguntó Douglas.
- Lo ignoro -
respondió Sandburg.
- Reilly,
¿tiene algo serio que objetar? - preguntó el Presidente al ministro de
Justicia.
- No demasiado
serio - dijo Douglas -. Simplemente ha sido la reacción de un abogado frente a
una posible irregularidad.
- Entonces,
considero que debemos recibirle - concluyó el Presidente -. ¿Sabe cómo se
llama?
- Maynard Gale
- contestó Wilson -. Le acompaña su hija. Alice.
El Presidente
asintió.
- ¿Tenéis
tiempo para tomar parte en la entrevista?
Los hombres
hicieron un gesto afirmativo.
- Quédese
usted, Steve - agregó el Presidente -. Usted ha sido el padre de la criatura.
8
La población había
sufrido hambre, pero ya no: durante la noche había ocurrido un milagro. A poca
distancia del pueblo, se abrió un agujero en lo alto del cielo, del que manó un
caudal inagotable de trigo. El tonto de la pierna coja - lisiado de mente y
cuerpo, libre como un pájaro - fue el primero en verlo mientras vagabundeaba
por ahí. Desvelado, arrastraba su pierna en busca de algún desperdicio que
robar y mascar, cuando contempló cómo caían los granos del cielo, a la luz de
la luna. Se asustó y quiso huir, pero su hambre atroz se lo impidió. No sabía
qué era, pero parecía algo nuevo, quizá comestible, y no pudo salir corriendo.
Asustado, se arrastró hasta el rimero que se había formado. Se llenó la boca,
mascó y se atragantó con el grano a medio masticar, ahogándose y tosiendo, pero
volvió a llenarse la boca tan pronto como pudo volver a respirar. Su estómago,
que no estaba acostumbrado a semejantes atracones, se sublevó: el tonto rodó
sobre el montón y quedó tendido en el suelo, mientras vomitaba todavía
débilmente.
Allí le
encontraron más tarde y lo quitaron de enmedio a puntapiés, porque ante aquel
milagro - descubierto por un aldeano que había ido a hacer sus necesidades - no
podían perder el tiempo con un tonto tullido que se había sumado al pueblo por
su cuenta y no pertenecía al lugar.
La población
despertó en seguida. Acudieron con cestas y ollas para llevarse el trigo, pero
sobraba para llenar todos los recipientes del pueblo. Los más decididos se
reunieron para hacer planes. Cavaron pozos para almacenar el cereal, aunque no
era modo de tratar aquella bendición, pensando sólo en esconderlo a la vista de
los forasteros. Pero la tierra estaba tan seca y árida que el trigo no podía
echarse a perder; por tanto lo tendrían enterrado hasta que se les ocurriese la
manera de almacenarlo.
Pero siguió
cayendo trigo del cielo y el suelo era duro y quebradizo, difícil de cavar. No
pudieron esconder la pila, que siguió creciendo más deprisa de lo que tardaban
ellos en enterrarla.
Por la mañana
llegaron los soldados, echaron a los habitantes del pueblo y empezaron a
llevarse el trigo en enormes camiones.
El milagro no
cesó; el trigo seguía cayendo del cielo, pero ahora ya no era preciso guardar
el secreto: no pertenecía únicamente al pueblo, sino que beneficiaba a muchas
personas más.
9
- Supongo que
usted quiere saber exactamente quiénes somos y de dónde venimos - empezó
Maynard Gale.
- Puede ser un
buen comienzo - admitió el Presidente.
- Somos
personas absolutamente normales y sencillas del año 2498, unos cinco siglos
después de vuestra época - explicó Gale -. El lapso entre vosotros y nosotros
es más o menos el mismo que entre los viajes de Cristóbal Colón y vuestra época
actual. Viajamos a través de lo que vosotros llamáis, de modo hipotético,
túneles del tiempo, aunque ese nombre es bastante exacto. Hemos viajado a
través del tiempo, pero no intentaré explicaros cómo se hace. De hecho, aunque
quisiera no podría. Sólo entiendo los principios generales, si es que los
entiendo. Como mucho, sería capaz de daros la explicación totalmente
insuficiente de un lego.
- Es decir, que
se trasladan a través del tiempo hasta la época actual - señaló el secretario
de Estado -. ¿Puedo preguntarle cuántos son los que van a hacer ese viaje?
- Si sale todo
bien, señor Williams, espero que lo hagan todos.
- ¿Quiere decir
toda la población? ¿Se proponen dejar el mundo de 2498 vacío de seres humanos?
- Es nuestro
más ferviente deseo.
- ¿Y cuántos
son?
- Más o menos
dos mil millones. Como notarán, nuestra población es algo inferior a la de
ustedes en su época actual; luego explicaré el porqué de esta...
- Pero, ¿por
qué? - interrumpió el ministro de Justicia -. ¿Por qué hicieron esto? Sin duda,
saben que la economía mundial no puede sustentar a nuestra población y a la de
ustedes. Aquí, en los Estados Unidos, y tal vez en algunos de los países más
favorecidos del mundo, podríamos hacer frente a la situación, aunque durante un
período limitado de tiempo. Como solución de emergencia, podemos refugiarlos y
alimentarlos, aunque eso mermará nuestros recursos. Pero en otras regiones de
la Tierra no podrían hacerlo ni durante una semana.
- Lo sabemos -
confesó Maynard Gale -. Hemos intentado tomar algunas medidas para aliviar la
situación. Esperando que sirva de ayuda, hemos enviado a través del tiempo trigo
y otros víveres a la India, a China y a algunas zonas africanas y
sudamericanas. Sabemos que estas provisiones no serán suficientes. Y también
comprendemos la dificultad causada a los habitantes de esta época. Deben
creerme cuando digo que no tomamos a la ligera nuestra decisión.
- Espero que no
- comentó el Presidente con acritud.
- Supongo que
en su época habrán tenido en cuenta algunas hipótesis sobre la existencia de
otros seres inteligentes en el universo y habrán llegado a la conclusión de
que, efectivamente, existen - prosiguió Gale -. Esto conduce a la pregunta de
por qué, si es así, ninguna de estas inteligencias nos ha buscado, por qué no
hemos sido visitados. Naturalmente, una posible contestación señala que el
espacio es muy extenso, que las distancias entre las estrellas son grandes y
que nuestro sistema solar se halla alejado en uno de los brazos galácticos,
lejos de la máxima densidad estelar del núcleo galáctico, que quizá sea donde
apareció por primera vez la inteligencia. También puede ser objeto de hipótesis
el tipo de personas, si así quieren llamarlas, que podrían visitarnos si
quisieran hacerlo. A este respecto supongo que la opinión predominante, aunque
no unánime, indicará que cuando una raza haya progresado hasta ser capaz de realizar
viajes interestelares, también debe haber alcanzado un desarrollo social y
ético superior, por lo que no sería una especie agresiva. Aunque esto pudiera
ser cierto, hay que admitir la posibilidad de excepciones. Pues bien: nosotros,
en nuestra época, hemos sido víctimas de una de esas excepciones.
- Entonces
¿afirma usted - resumió Sandburg - que han sido visitados, y por lo visto las
consecuencias son lamentables? ¿Por eso envió la advertencia sobre lo de las
piezas de artillería?
- ¿Todavía no
lo han hecho? Por lo que dice, entiendo que...
- No hemos
tenido tiempo.
- Le ruego que
preste atención, señor. Hemos estudiado la probabilidad de que algunos lograsen
atravesar nuestras defensas e invadir los túneles. Como es natural, tenemos
recursos poderosos y hemos dejado órdenes estrictas, que serán cumplidas por
hombres de confianza, de destruir todo túnel donde esto pudiera suceder; pero
siempre hay una posibilidad de que algo falle.
- Su
advertencia no fue bastante explícita. ¿Cómo podíamos saber lo que...?
- Lo notarían -
respondió Gale -. No les cabría ninguna duda. Hagamos un cruce entre un oso
gris y un tigre grande como un elefante. Dejemos que se mueva tan rápido que
apenas pueda distinguirse. Démosle dientes, garras y una cola larga y pesada
provista de púas venenosas. No es que se parezcan en nada a los osos y tigres,
ni siquiera a los elefantes...
- ¿Quiere decir
que no tienen otra cosa sino garras y dientes...?
- Usted está
pensando en armas. Ellos no necesitan armas. Son increíblemente rápidos y fuertes.
Les domina un irracional instinto sanguinario. Atacan con frecuencia. Se hacen
despedazar, pero siguen llegando. Son capaces de cavar bajo las fortificaciones
y echar abajo los más sólidos muros...
- Es increíble
- comentó el ministro de Justicia.
- En efecto -
admitió Gale -, pero digo la verdad. Los mantuvimos a raya durante cerca de
veinte años, pero era fácil prever cómo terminaría todo. Lo intuimos pocos años
después de que llegaran. Supimos que sólo teníamos una salvación: huir, y sólo
podíamos refugiarnos en el pasado. Ya no podemos contenerlos. Créanme,
caballeros: dentro de quinientos años la especie humana llegará a su fin.
- Así pues, ¿no
pueden seguirles a través del tiempo? - dijo el Presidente.
- Si se refiere
a si pueden adquirir nuestra técnica de los viajes a través del tiempo, estoy
bastante seguro de que no. No llegan a tanto.
- Hay un error
muy serio en su relato - intervino el secretario de Estado -. Usted describe a
esos invasores extraños como poco más que bestias feroces. Inteligentes, quizá,
aunque meramente animales. Ahora bien, para que la inteligencia pueda realizar
el nivel tecnológico necesario para construir lo que pudiéramos considerar como
un vehículo espacial, se necesitan miembros manipuladores: manos, tentáculos, algo
por el estilo.
- Los poseen.
- Pero usted
dijo...
- Lo siento -
respondió Gale -. Es imposible decirlo todo a la vez. Poseen miembros provistos
de garras; otros que terminan en algo parecido a manos, y también tentáculos
manipuladores. Su proceso evolutivo es bastante extraño. A lo que parece, y por
causas que ignoramos, durante su desarrollo evolutivo no reemplazaron una cosa
por otra, como ha ocurrido en la evolución de los seres terrestres.
Desarrollaron nuevos órganos y aptitudes, pero sin desprenderse de nada de lo
que ya poseían. Lo conservaron todo. Aprovecharon todos los elementos
evolutivos. Supongo que, si quisieran, podrían construir armas muy eficaces. A
menudo nos hemos preguntado por qué no lo hacen. Nuestros psicólogos creen
saber a qué se debe. Afirman que estos intrusos son una raza guerrera.
Disfrutan con la matanza. Tal vez desarrollaron su capacidad de viajar por el
espacio sólo para buscar nuevas víctimas. La matanza es una cuestión personal
para ellos, una experiencia intensamente personal, como en otro tiempo lo fue
la religión para la raza humana. Como es tan personal, debe hacerse
personalmente, sin ayudas mecánicas. Deben hacerlo con las garras, los
colmillos y la cola venenosa. Tal vez opinan sobre las ayudas mecánicas para
asesinar igual que un espadachín profesional de hace siglos pudo opinar sobre
las primeras armas de fuego: con desdén por un modo cobarde de luchar. Tal vez
necesitan reafirmar permanentemente su virilidad o su bestialidad, o quizá su
existencia independiente, y su único modo de hacerlo es mediante el asesinato
cometido personalmente. Su dignidad, su consideración hacia los demás, la
consideración de sus camaradas, podrían estar basadas en la calidad y la
cantidad de sus asesinatos. Cuando la lucha termina se comen a sus víctimas, o
tantas como pueden, pero, naturalmente, ignoramos si se trata de un modo de
subsistencia o de actos rituales. De hecho sabemos muy poco de ellos. Como
supondrán no nos podríamos poner en comunicación. Los hemos fotografiado y los
hemos estudiado muertos, pero esto es poco para una comprensión de esos seres.
No actúan en campañas. No parece que tengan un verdadero plan de batalla, ni
una estrategia. Si lo tuvieran, nos habrían exterminado hace mucho tiempo.
- Realizan
incursiones por sorpresa y se retiran. No intentan ocupar los territorios
invadidos, ni saquean. Por lo visto, su único objetivo es asesinar. A veces
hemos pensado que, deliberadamente, evitan el exterminio, como si fuéramos un
coto de caza, haciéndonos durar lo máximo posible para satisfacer su instinto
sanguinario.
Wilson
contempló a la muchacha que acompañaba a Gale y notó en su rostro una expresión
de terror.
- Ha dicho
veinte años - comentó Sandburg -. Contuvieron a estos seres durante veinte
años.
- Ahora lo
hacemos mejor - continuó Gale -. Al menos, lo hacíamos mejor antes de irnos.
Ahora tenemos armas. Al principio teníamos las manos vacías. La tierra no
conocía garras ni armas desde unos cien años atrás. Entonces llegó la nave
espacial. Nos habrían exterminado si hubieran hecho una guerra total pero, como
ya expliqué, no fue así. Por eso pudimos construir algunas defensas. Fabricamos
armas, algunas muy avanzadas, pero ni siquiera las armas con que cuentan
ustedes serían suficientes. Quizá las armas nucleares, aunque ninguna sociedad
en su sano juicio... - se interrumpió, algo incómodo, aguardó un instante y
luego prosiguió -. Naturalmente matamos muchos, pero no sirvió de nada. Parecía
haber tantos como siempre, si no más. Por lo que pudimos averiguar, sólo había
desembarcado una expedición. Aunque numerosa, por fuerza debió ser limitada; la
única interpretación posible sugiere que se trata de reproductores prolíficos y
que alcanzan la madurez en un tiempo increíblemente corto. No parece
preocuparles la muerte. Jamás huyen ni se ocultan. Una vez más, imagino que
esto se debe a su código bélico. Nada tan glorioso como morir combatiendo. Y
soportan muchas muertes. Maten a un centenar, dejen que uno se escape y esto
hace algo más que igualar la partida. Supongo que vivíamos dominados por el
miedo, como los viejos pioneros americanos cuando temían los ataques de los
indios. Si nos hubiéramos quedado, habrían acabado por anularnos. Aun cuando
fuese cierto que intentaban conservarnos, como quizás hicieron, al fin nos
habrían exterminado lo mismo. Por eso estamos aquí. Creo que la raza humana no
puede comprender a este tipo de seres. No conocemos nada con qué poder
compararlos. La tradicional comadreja sedienta de sangre que atacaba los
gallineros es una pálida imitación de lo que son ellos.
- Teniendo en
cuenta lo que acabamos de oír, quizá debamos hacer algo en seguida con respecto
a esas piezas de artillería - señaló el Presidente.
- Naturalmente,
carecemos de pruebas materiales... - comenzó el ministro de Justicia.
- Preferiría
actuar aun a falta de pruebas rigurosas - dijo Sandburg -, antes que tropezar
con uno de esos seres.
El Presidente
cogió el teléfono, y se dirigió al secretario de Defensa:
- Puede usar
este teléfono. Kim pasará la llamada.
- Cuando Jim
haya terminado - dijo el secretario de Estado -, tal vez utilice el teléfono.
Convendría avisar a los demás gobiernos.
10
La señorita
Emma Garside apagó la radio y guardó silencio, muy erguida en su silla,
sorprendida por la brillantez de la idea que acababa de ocurrírsele. No era
frecuente en ella (en realidad, nunca le había ocurrido antes) el sentirse de
aquel modo pues, aunque era una mujer orgullosa, al mismo tiempo procuraba ser
modesta en sus acciones y pensamientos. Ocultaba el motivo de su orgullo, y
sólo en algunas ocasiones lo comentaba de modo muy confidencial con la señorita
Clarabelle Smythe, su amiga más íntima. Aquel orgullo que se reservaba para sí
misma era su consuelo, aunque algo conturbado cuando se acordaba del
indiscutible cuatrero, y del otro hombre que fue ahorcado por un delito
bastante vil. Nunca había revelado esas dos inquietudes a su buena amiga
Clarabelle.
Aquella tarde
de domingo el sol entraba por las ventanas que daban al oeste, y caía sobre la
gastada alfombra donde dormía aovillado el viejo gato. En el jardín, en la
parte trasera de la sucia casa de aquella sucia calle, el tordo cantaba
descaradamente - tal vez meditaba una nueva incursión por su huerto de
frambuesas -, pero no le prestó atención.
Había costado
mucho dinero, pensó, mucho trabajo, algunas cartas y algunos viajes, pero había
valido la pena. Pues ninguna otra persona de la aldea podía remontarse en su
árbol genealógico tan lejos como ella: hasta la revolución y más lejos aún, a
los días de los ingleses y las pequeñas aldeas inglesas que yacían
profundamente sumergidas en el tiempo. Y pese a lo del cuatrero, lo del
ahorcado y otros antepasados de carácter algo dudoso y de linaje no
distinguido, predominaban los hidalgos provincianos y los tenaces hacendados,
incluso con un lejano asomo de castillo antiguo. Aunque, honradamente, nunca
pudo demostrar que lo del castillo fuese auténtico.
¡Y ahora,
pensó, ahora...! Había llevado la investigación sobre su familia hasta donde la
ingeniosidad humana y los archivos se lo permitieron. ¿Sería capaz ahora,
tendría valor para hacerlo en la dirección opuesta... hacia el futuro? Conocía
a todos sus antepasados, y ahora tenía la oportunidad de conocer a sus
descendientes. Si aquellas personas eran realmente lo que la radio daba a
entender que podían ser, la empresa indudablemente era realizable. Pero, al no
existir archivos, se habría de investigar por medio de entrevistas personales.
Era preciso localizar a los oriundos de la región de Nueva Inglaterra, hacerles
preguntas y quizás hablar con muchas personas antes de hallar una pista.
Querida, ¿tiene usted algún Garside, Lambert o Lawrence en su árbol
genealógico? Bien, si lo cree pero no lo sabe con certeza, ¿conoce a alguien
que pueda asegurarlo? Oh, sí, querida, por supuesto que es muy importante. No
sabría encarecerle lo importante que es.
Permaneció
inmóvil en la silla, mientras el gato dormía y el tordo cantaba, entregada al
extraño sentimiento familiar que había sido la razón de su vida durante tantos
años y que, con las nuevas perspectivas, podría servirle de aliciente durante
muchos más.
11
- Así pues -
dijo el Presidente, reclinándose en su sillón -, la Tierra, dentro de
quinientos años, será agredida por seres llegados del espacio. A los habitantes
de esa época les resulta imposible hacerles frente, y el único recurso con que
cuentan estriba en refugiarse en el pasado. ¿Es un resumen correcto de lo que
ha explicado?
Gale asintió.
- Sí, señor; me
parece que sí.
- Pero ahora
que está usted aquí... y que muchos de los suyos están aquí y cada vez llegan
más, ¿qué sucederá ahora? ¿Acaso no pudieron prever lo que iba a ocurrir?
- Tenemos
proyectos, pero necesitaremos alguna ayuda - respondió Gale.
- Me gustaría
saber por qué regresaron a nosotros - intervino el ministro de Justicia -. ¿Por
qué a esta época, precisamente?
- Porque
ustedes tienen la tecnología y los recursos que necesitamos - respondió Gale -.
Hicimos un exhaustivo análisis histórico y esta fecha en particular, con un
error de diez años por exceso o por defecto, era la que parecía más adecuada a
nuestros propósitos.
- ¿A qué tipo
de tecnología se refiere?
- A una
tecnología capaz de fabricar otras máquinas del tiempo. Tenemos los planos, las
condiciones y la mano de obra. Necesitaremos sus materiales y su paciencia...
- ¿Más máquinas
del tiempo? ¿Por qué?
- No nos
proponemos quedarnos aquí - explicó Gale -. Sería injusto. Provocaría una
tensión demasiado fuerte sobre la economía. De hecho, ya ha ocurrido. Pero
tampoco podíamos quedarnos en el futuro. Comprendan que debíamos partir.
- ¿A dónde
irán? - inquirió el Presidente.
- Muy atrás en
el tiempo - repuso Gale -. Hasta mediados del mioceno.
- ¿El mioceno?
- Una era
geológica. Comenzó aproximadamente hace veinticinco millones de años y duró
alrededor de doce millones.
- ¿Por qué al
mioceno? ¿Por qué veinticinco millones de años? ¿Por qué no diez, o cincuenta,
o cien millones?
- Por diversos
motivos - dijo Gale -. Lo hemos estudiado muy a fondo. En primer lugar, yo
diría que el motivo principal es que la hierba apareció en el mioceno. Los
paleontólogos creen que la hierba apareció a comienzos de esa era. Basan esta
hipótesis en el desarrollo de molares anchos en los animales de ese período. La
hierba contiene minerales abrasivos y desgasta los dientes. El desarrollo de
unos molares anchos y que crecieran durante toda la vida del animal sería una
solución a esto. Es el tipo de dientes adecuado para criaturas que se alimenten
sólo de hierbas. También hay indicios de que, durante el mioceno, el clima se
hizo más duro y las grandes selvas fueron reemplazadas por extensas praderas
donde pastaban inmensos rebaños de animales herbívoros. Según los
paleontólogos, eso se produjo a comienzos del mioceno, hace veinticinco
millones de años, pero nosotros hemos establecido la meta de nuestro viaje unos
veinte millones de años atrás, por si los paleontólogos hubiesen cometido algún
error, aunque no lo creemos.
- Si iban allí,
¿por qué se detienen aquí? - inquirió el ministro de Justicia -. Supongo que
sus túneles del tiempo, los que han empleado para llegar hasta nosotros, podían
transportarles más lejos.
- Es verdad,
señor, pero llevábamos prisa. Nuestro primer movimiento debía realizarse con la
mayor rapidez.
- ¿Qué tiene
que ver la prisa en todo esto?
- No podíamos
ir al mioceno sin utensilios ni herramientas, sin provisiones de semillas ni
animales para la agricultura. Naturalmente, teníamos de todo eso en nuestra
época, pero se habría tardado semanas en reunirlo y transportarlo hasta las
bocas de los túneles, cuya capacidad no es ilimitada, por otra parte. Cualquier
utensilio, saco de semillas o cabeza de ganado habría supuesto la
correspondiente demora en el traslado de los habitantes. Si hubiéramos tenido
tiempo y no nos hubieran perseguido los extraterrestres, lo habríamos hecho
así, yendo directamente al mioceno. Pero no pudimos organizarnos; los monstruos
habrían averiguado lo que ocurría y atacarían las bocas de los túneles cuando
descubrieran para qué servían. Por eso debíamos actuar con suma rapidez, para salvar
el máximo de personas. Por eso llegamos con las manos vacías.
- ¿Y espera que
nosotros les suministremos todas las cosas que necesitan?
- Reilly, me
parece que se está mostrando muy poco generoso - comentó el Presidente con
calma -. Nosotros no buscamos ni esperábamos esta situación, pero es un hecho y
debemos resolverla del modo más razonable y humanitario. Como nación, hemos
ayudado y seguimos ayudando a otros pueblos menos favorecidos. Naturalmente, lo
hacemos por política, pero también por la antigua costumbre norteamericana de
tender una mano a quien necesite ayuda. Supongo que las personas que salen de
los túneles situados en nuestro territorio son americanos auténticos, personas
como nosotros, descendientes nuestros, y me parece que no debemos negarnos a
hacer por ellos lo que hemos hecho por otros.
- Suponiendo
que todo esto sea verdad - señaló el ministro de Justicia
- Eso tendremos
que decidirlo - admitió el Presidente -. Supongo que el señor Gale no espera
que aceptemos sus explicaciones sin una investigación más detenida cuando nos
sea posible. Señor Gale, hay algo que me preocupa sobremanera. Usted dice que
piensan regresar a la época en que apareció la hierba. ¿Piensan lanzarse a
ciegas? ¿Qué sucedería si, cuando llegan, descubren que los paleontólogos
estaban equivocados con respecto a la hierba, o ignoraban otros factores que
podrían dificultar el establecimiento de ustedes allí?
- Aquí vinimos
a ciegas - respondió Gale -, pero era distinto. Contábamos con pruebas históricas
bastante buenas. Sabíamos lo que íbamos a encontrar. En cambio, no se puede
estar seguro cuando se trata de millones de años. Pero creemos tener datos
bastante aproximados. Nuestros físicos y otros científicos han inventado, al
menos teóricamente, un medio de comunicación a través de un túnel del tiempo.
Esperamos enviar un grupo de exploradores para que nos envíen un informe.
Todavía no he explicado que, por ahora, no podemos viajar en el tiempo sino en
una sola dirección. Podemos ir al pasado; no podemos movernos hacia el futuro.
De modo que, si enviamos exploradores y éstos encuentran que la situación es
insostenible, no tendrán más remedio que permanecer allí. Nuestro gran temor
sería tener que readaptar la finalidad de los túneles y enviar varias avanzadas
para abandonarlas después. Como es natural, esperamos que no sea necesario,
pero la posibilidad existe y, si no hay otro remedio, se hará. Señores, nuestro
pueblo está totalmente preparado para hacer frente a esta situación. En nuestra
época quedan hombres que vigilan las bocas de los túneles sin esperanzas de
poder viajar a través de ellos. Saben que llegará el momento de destruir todos
los túneles, y que ellos y todos los que no hayan pasado quedan condenados a
muerte en ese momento. No digo esto para moverles a compasión, sino para
convencerles de que estamos dispuestos a correr todos los peligros que sean
necesarios. Naturalmente, agradeceremos la ayuda que puedan prestarnos.
- Aunque
simpatizo con ustedes - intervino el secretario de Estado - y estoy dispuesto,
salvo cierto escepticismo natural, a creer lo que nos ha dicho, algunas
consecuencias que se desprenden de sus palabras me preocupan seriamente... Lo
que ocurre ahora mismo tendrá que pasar a la historia a su debido tiempo.
Parece razonable suponer que será parte de la historia que habrá de conocerse
en el futuro. De modo que, antes de comenzar ustedes debían saber cómo salió
todo. Debían saberlo.
- No - negó
Gale -, no lo sabíamos. No formaba parte de nuestra historia. Aunque les parezca
extraño, todavía no había sucedido...
- Pero si está
sucediendo - interrumpió Sandburg -, para ustedes debió suceder.
- Han abordado
un tema que yo no comprendo - contestó Gale -, el de los conceptos filosóficos
y físicos, cuyas extrañas relaciones, por lo que a mí se refiere, son
incomprensibles. Nuestros científicos dedicaron mucho tiempo a estudiarlos. Al
principio nos preguntábamos si teníamos derecho a modificar la historia, a
regresar al pasado e introducir factores que modificarían los acontecimientos.
Nos preguntamos qué efectos tendría esta modificación de la historia y qué
sucedería con la historia ya existente. Pero aseguran que no ejercerá efecto
alguno sobre la historia que ya existe. Sé que todo esto debe parecerles
imposible y reconozco que ni yo mismo lo comprendo en todos los aspectos.
Cuando nuestros antepasados avanzaban hacia el futuro, la raza humana recorrió
este camino y lo que está sucediendo ahora no aconteció entonces. De modo que
la raza humana avanzó hacia nuestro futuro y llegaron los extraterrestres.
Ahora regresamos para huir de los extraños y está sucediendo esto; la historia
queda modificada y a partir de este momento nada será igual. La historia ha
sido alterada, pero no por la nuestra, la que condujo al momento que abandonamos.
Es la historia de ustedes la que ha sido alterada. Nuestra acción les conduce a
otra senda del tiempo. No podemos saber si los intrusos atacarán también en
esta otra senda del tiempo, si bien los indicios señalan que ellos...
- Todo esto es
absurdo - comentó Douglas, lacónico.
- Créanme -
pidió Gale -, no son tonterías. Los hombres que lo resolvieron eran sabios
prestigiosos y reconocidos.
- No podemos
decidir esto ahora - dijo el Presidente -. Puesto que ya está hecho, podemos
aplazarlo un día más. Al fin y al cabo, lo hecho, hecho está y debemos
aceptarlo. Hay otra cosa que me desconcierta.
- Por favor,
dígalo, señor - pidió Gale.
- ¿Por qué
regresar veinte millones de años? ¿Por qué tan lejos?
- Deseamos ir
lejos para que nuestra irrupción en ese período terrestre no influya en la
evolución de la humanidad. Probablemente no permaneceremos mucho tiempo aquí.
Nuestros historiadores afirman que el hombre, con el estado actual de nuestra
tecnología, no puede subsistir más de un millón de años en la Tierra, quizá
mucho menos. En un millón de años, o en un plazo muy inferior, todos habremos
desaparecido de la Tierra. En nuestra propia época estábamos a pocos siglos de
poder construir naves espaciales, si no nos hubiéramos visto amenazados. En
pocos miles de años habríamos perfeccionado los medios para viajar por el
espacio y probablemente habríamos abandonado la Tierra. Cuando el hombre esté
en condiciones de abandonar la Tierra, probablemente lo hará. Denos un millón
de años y, sin duda, ya no estaremos allí.
- Pero ustedes
dejarán huellas allá - señaló Williams -. Consumirán los recursos naturales.
Extraerán carbón y hierro, petróleo y gas. Harán...
- Muy poco
hierro; tan poco que no se notará. Dado lo poco que teníamos en nuestra época,
hemos aprendido a ser muy frugales. Y no usamos combustibles fósiles.
- Necesitarán
algún tipo de energía.
- Tenemos la
energía de fusión atómica - señaló Gale -. Nuestra economía les resultaría muy
sorprendente. Ahora fabricamos cosas duraderas. No para diez o veinte años,
sino para siglos. La obsolescencia ya no es un factor de nuestra economía. Por
tanto, la producción del año 2498 no llega ni al uno por ciento de lo que hoy
fabrican ustedes.
- Eso es
imposible - exclamó Sandburg.
- Tal vez,
según los métodos actuales - admitió Gale -. Pero no según los nuestros.
Tuvimos que reformar nuestro estilo de vida. No nos quedaba otra alternativa.
El expolio de los recursos naturales durante los pasados siglos nos condujo a
la pobreza. Teníamos que arreglarnos con lo que nos quedaba, e inventamos la
manera de hacerlo.
- Si es verdad
que el hombre permanecerá en la Tierra menos de un millón de años - dijo el
Presidente -, no comprendo por qué tienen que retroceder veinte millones de
años. Podrían viajar sólo cinco y ya estaría bien.
Gale meneó la
cabeza.
- Entonces
quedaríamos demasiado cerca de los precursores de la humanidad. Es verdad que
el hombre, tal como lo conocemos, apareció hace menos de dos millones de años,
pero los primeros primates aparecieron hace aproximadamente setenta millones de
años. Naturalmente, seremos unos intrusos para los primeros primates, aunque
confiamos en no perjudicarles, y de todos modos no podemos retroceder más, pues
ello nos situaría en la época de los dinosaurios, período nada favorable. No
sólo por los dinosaurios, sino por otras razones. El período crítico para la
humanidad, o sea la aparición de los antepasados del australopiteco, no pudo
ocurrir hace menos de quince millones de años. No estamos muy seguros de estas
cifras. Casi todos nuestros antropólogos creen que si regresáramos tan sólo
diez millones de años, probablemente sería suficiente. Pero queremos estar
seguros. Y nada impide que nos internemos más profundamente en el tiempo. De
ahí los veinte millones. Y también hay otra razón. Queremos dejarles un hueco
suficiente.
Douglas se puso
de pie de un salto.
- ¿A nosotros? - chilló.
El Presidente
alzó la mano para imponer silencio.
- Espere, Reilly. Escuchemos hasta el final.
- Creemos que
no sería mala idea. Piensen en esto: dentro de quinientos años se produce la
invasión del espacio exterior. Aunque, como los hemos colocado en otra senda
del tiempo, tal vez no ocurrirá, nuestros sabios creen, están casi seguros de
que sí. ¿Por qué habrían de continuar hasta tropezar con ese problema? ¿Por qué
no regresar con nosotros? Tienen un plazo de quinientos años. Podrían
aprovecharlo. Podrían regresar, no con prisas como nosotros, sino tomándolo con
calma. ¿Por qué no evacuar la Tierra y retornar a un nuevo principio? Sería un
nuevo comienzo para la raza humana. Nuevas tierras que explotar...
- ¡Es una
locura! - gritó Douglas -. Si nosotros, sus antepasados, nos fuéramos, ustedes
no estarían allí para comenzar y...
- Olvida lo que
ha dicho sobre una senda de tiempo distinta - señaló Williams.
Douglas se
sentó.
- Me lavo las
manos - concluyó -. No quiero tener nada que ver con esto.
- No podemos
regresar con ustedes - dijo Sandburg -. Somos demasiados y...
- Con nosotros,
no. Como nosotros. Juntos seríamos demasiados. Hoy por hoy, ustedes ya son demasiados.
Ahora tienen la oportunidad de reducir la población a cantidades más
razonables, si lo desean. Nosotros retornaremos veinte millones de años. La
mitad de ustedes podría hacerlo a diecinueve millones; la otra mitad, a
dieciocho. Cada grupo estaría separado por un millón de años. No nos
molestaríamos unos a otros.
- Hay un
inconveniente - señaló Williams -. No seríamos como ustedes. Causaríamos un
efecto desastroso sobre la humanidad. Agotaríamos el carbón, el hierro...
- No -
interrumpió Gale -, si tuvieran nuestra filosofía, nuestra ciencia, nuestra
tecnología...
- ¿Ustedes nos
darían todo eso? La energía de fusión...
- Si
regresaran, tendríamos que hacerlo - respondió Gale.
El Presidente
se puso en pie y dijo:
- Considero que
por ahora es suficiente. Hay mucho que hacer. Señor Gale, agradecemos su visita
y la de su hermosa hija. Me gustaría saber si tendremos el privilegio de volver
a conversar con usted.
- Sin duda -
afirmó Gale -. Será un placer. Deberían hablar con otros hombres y mujeres que saben
mucho más que yo sobre muchos aspectos que les conviene conocer.
- ¿Les gustaría
ser mis huéspedes? - preguntó el Presidente -. Me alegraría hospedarlos.
Alice Gale
habló por primera vez. Palmoteó encantada:
- ¿Quiere decir
aquí, en la Casa Blanca?
El Presidente
sonrió.
- Sí, querida,
en la Casa Blanca. Nos alegraría hospedarla.
- Debe
disculparla - intervino su padre -. Sucede que la Casa Blanca es una de sus
aficiones personales. Se ha dedicado a ella; lo ha leído todo sobre la Casa
Blanca. Su historia, su arquitectura, todo.
- Eso es un
gran cumplido para nosotros - concluyó el Presidente.
12
La gente
continuaba saliendo por la puerta. La policía militar los hacía circular a
derecha o izquierda - a fin de despejar la boca del túnel para los que empujaban
desde atrás, avanzando en filas apretadas - y contenía a las multitudes de
curiosos que se agolpaban en torno. Una voz estridente daba órdenes y cuando
callaba podía oírse el débil rumor de una radio que alguien había dejado
encendida en uno de los centenares de coches aparcados en la calle, algunos en
doble fila y otros - con olímpico desprecio a los derechos de la propiedad
ajena - estacionados en los jardines. Camiones militares y autocares recorrían
la calle, se detenían para cargar una salida de refugiados y luego se alejaban
con estrépito. Pero las personas salían del túnel más aprisa de lo que se
tardaba en evacuarlas, y la multitud se hacía cada vez más numerosa y
embotellaba las calles.
El teniente
Andrew Shelby telefoneó al comandante Marcel Burns:
- Apenas
podemos hacer nada, señor. ¡Cristo, nunca vi tanta gente! Sería más fácil si
pudiéramos alejar a los mirones; hacemos lo que podemos pero no quieren irse y
aquí faltan refuerzos para un trabajo de este tipo. Hemos cortado todo el
tráfico civil del sector y ordenado por radio a la gente que no se acerque,
pero no hacen caso y los accesos están embotellados. No quiero pensar lo que
pasará cuando se haga de noche. ¿Dónde están los técnicos que debían instalar
los reflectores?
- Están en camino
- respondió Burns -. No abandone su puesto, Andy, y haga lo que pueda. Es
preciso evacuar a esa gente de allí.
- Necesito más
camiones - informó el teniente.
- Se los
enviaré cuando pueda - replicó el comandante. Y otra cosa: le envío una
patrulla armada.
- No
necesitamos armas. ¿Para qué las queremos?
- Lo ignoro -
repuso el comandante -. Son órdenes; nadie me ha explicado a qué van.
13
- No me diga
que se ha tragado ese cuento - protestó Douglas -. Es demasiado descabellado. Parece
algo salido de un relato de ciencia ficción. Le aseguro que nos ha tomado el
pelo.
Serenamente,
Williams dijo:
- Entonces,
¿tampoco es verdad que sale gente de los túneles del tiempo? Debe haber alguna
explicación. Quizá Gale sea un poco fantasioso, pero su relato no es del todo
absurdo. Admito que me cuesta un poco...
- Y sus
credenciales... - objetó el ministro de Justicia - , o mejor dicho, su
documentación: «ombudsman» de la comunidad de Washington. Una especie de
asistencia social; ni siquiera es empleado de un Gobierno...
- Quizá no
tengan un Gobierno de verdad - señaló Williams -. Comprenda que dentro de cinco
siglos las cosas habrán cambiado.
- ¿Qué opina,
Steve? - intervino el Presidente -. Usted lo trajo.
- Una pérdida
de tiempo - terció Douglas.
- Si quiere que
me haga responsable de esa historia, naturalmente, me abstengo - respondió
Wilson.
- ¿Qué dijo
Molly? - inquirió Sandburg.
- En realidad,
nada. Simplemente me lo entregó. Estoy seguro de que él no quiso franquearse
con ella, pero se dejó sonsacar una descripción del mundo del que provienen. A
Molly le pareció convincente.
- ¿Global News
intentó asegurarse la exclusiva? - preguntó Douglas.
- Claro que sí.
Cualquier agencia de noticias o cualquier periodista que valga el pan que come
habría hecho lo mismo; lo contrario sería una negligencia inexcusable. Pero
Manning no presionó demasiado. Sabía tan bien como yo que...
- ¿No llegó a
un acuerdo? - inquirió Douglas.
- Usted ya sabe
que no - respondió el Presidente.
- Lo que
necesito ahora - intervino Wilson -, es saber qué debo decirle a la Prensa.
- Nada - dijo
Douglas -. Absolutamente nada.
- Saben que he
estado aquí. Saben que se prepara algo. No se conformarán así por las buenas.
- No es preciso
que se enteren.
- Claro que sí
- aseguró Wilson -. No se puede tratar a la Prensa como a un enemigo. Ellos
cumplen una función definida. El pueblo tiene derecho a saber lo que ocurre. La
Prensa suele colaborar con nosotros y lo hará esta vez, pero no podemos
ignorarla. Debemos darles algo y más vale que sea la verdad.
- Podríamos
decirles que según nuestras informaciones esta gente podría ser, como dicen,
del futuro, pero que necesitamos tiempo para comprobarlo - propuso Williams -.
De momento, no podemos decir más; necesitamos estudiar la cuestión.
- Querrán saber
a qué vienen - agregó Sandburg -. Steve debe tener preparada alguna respuesta.
No podemos enviarlo con las manos vacías. Además, pronto sabrán que hemos
emplazado armas delante de los túneles.
- Sería el
pánico si supieran por qué se hizo - dijo Williams -. O cundiría una protesta
mundial si creyeran que recurrimos a las armas para clausurar los túneles.
- ¿Por qué no
nos limitamos a decir que los habitantes del futuro temen una gran catástrofe y
huyen para salvar el pellejo? - propuso el Presidente -. Sobre las armas,
supongo que será preciso decir algo. No podemos permitir que nos pillen en
falso. Bastará declarar que se trata de una precaución habitual.
- Pero sólo si
lo preguntan - agregó Sandburg.
- Bien - dijo
Wilson -, pero esto no es todo. Hay otras cuestiones: ¿Hemos consultado a los
demás países? ¿Y qué me dice de la ONU? ¿Se emitirá más tarde un comunicado
oficial?
- Es obligado
mencionar los contactos con otros gobiernos - respondió Williams -, puesto que les
transmitimos la... advertencia relativa a las armas.
- Procure
sacudírselos cuanto antes, Steve - terminó el Presidente -. Hay mucho que
hacer. Dígales que más tarde convocaremos otra conferencia.
14
DE MOLLY
KIMBALL
WASHINGTON
(Global News): Las personas que salen de los túneles son refugiados del tiempo.
Esto fue
confirmado a última hora de hoy por Maynard Gale, uno de los refugiados. No se
han facilitado explicaciones sobre los motivos de esta huida desde quinientos
años después de nosotros. El portavoz afirmó que las circunstancias de la huida
sólo podían ser reveladas a la autoridad competente. Agregó que procuraría
establecer contacto con tal autoridad. Se identificó como «ombudsman» de la
comunidad de Washington en su época futura y encargado de las relaciones con el
Gobierno Federal al llegar aquí.
Ha sido posible
conseguir sorprendentes declaraciones acerca de la sociedad en que vive o,
mejor dicho, vivía: un mundo en el que no habrá naciones y donde la noción de
guerra habrá desaparecido.
Será una
sociedad sencilla, dijo, necesariamente frugal a causa de los problemas
ecológicos que nosotros estamos creando. Ya no es una sociedad industrial. Su
producción importa aproximadamente el uno por ciento de la nuestra. Lo que se
fabrica es duradero. Se abandonará la obsolescencia planificada poco después de
nuestra época, explicó, debido al agotamiento de los recursos naturales, como
durante años nos ha sido anunciado por economistas y ecólogos.
Gale ha
declarado que la desaparición del carbón y de los combustibles fósiles hará
depender el mundo futuro de la energía nuclear. Agregó que ese tipo de energía
será el único sustento del delicado edificio económico futuro.
Dentro de 500
años el mundo estará totalmente programado y la mayor parte de la población
vivirá en ciudades «elevadas». Media docena de torres, algunas de un kilómetro
y medio de altura, constituirán una ciudad. Los solares habrán desaparecido,
despejando extensas superficies para la agricultura. Las ciudades estarán
construidas en gran parte con chatarra recuperada que poco después de nuestra
época habría sido utilizada para rellenar terrenos, y se gobernarán por
computadoras, de un modo casi totalmente automático.
Gale afirmó que
desaparecerán las desigualdades actuales. No habrá ricos, pero tampoco existirá
la abyecta pobreza que hoy oprime a millones de seres. Evidentemente, esto
supone un cambio en el estilo de vida así como en los valores morales. La vida
será más sencilla, más amable y menos competitiva. No habrá acaparadores en ese
mundo de dentro de 500 años...
15
La multitud se
manifestaba en el parque Lafayette, pacífica y silenciosa - como tantas
manifestaciones de masas al correr de los años -; miraban hacia la Casa Blanca
sin exigir ni esperar nada. No era más que una inútil muestra de solidaridad
ante la crisis nacional. Dominaba la multitud, como siempre, el presidente
Jackson sobre su corcel encabritado; tanto el caballo como el jinete, amigos de
los pájaros, ostentaban la pátina del tiempo.
Nadie sabía en
realidad lo que significaba la crisis, o si era una verdadera crisis. Todavía
ignoraban cómo se había producido o qué consecuencias podía representar para
ellos, aunque algunos lo habían meditado a fondo desde sus particulares puntos
de vista y estaban dispuestos a compartir sus opiniones con los vecinos, con
gran insistencia en ocasiones.
En la Casa
Blanca empezaba a amontonarse un aluvión de mensajes: llamadas de los miembros
del Congreso o de correligionarios del partido, llenas de sugerencias y
consejos; consultas de hombres de negocios e industriales inquietos; cartas de
pobres diablos que ofrecían soluciones radicales.
La unidad móvil
de la televisión avanzó y se dispuso a trabajar, filmando a la multitud del
Lafayette frente a la Casa Blanca, bajo el resplandor del sol estival, mientras
al fondo un periodista improvisaba su reportaje ante el micrófono.
Algunos
turistas despistados recorrían la avenida, un poco confusos al verse así
metidos en una acción histórica; las ardillas de la Casa Blanca saltaban la
cerca para sentarse en la acera, con un gesto gracioso, pidiendo más migajas a
los transeúntes.
16
Alice Gale se
acercó a la ventana para ver por el lado de la Avenida Pennsylvania a la
multitud que se manifestaba en el parque. Se ciñó el cuerpo con emocionado
éxtasis, casi dudando de que no fuera un sueño. Allí estaba ella, en el
Washington del siglo veinte, en la histórica residencia donde habían vivido
tantos hombres legendarios, y en el mismo dormitorio que había alojado a muchas
testas coronadas.
Testas
coronadas, pensó. Qué expresión tan rara, casi medieval. Pero tenía cierto
tono, cierta elegancia que su época no había llegado a conocer.
Había logrado
entrever el monumento a Washington mientras ella y su padre eran trasladados a
la Casa Blanca. Fuera tenían una estatua de Lincoln sentado, con los brazos
apoyados en el sillón, y su rostro rudo y de grandes patillas con aquella
expresión de grandeza, dolor y comprensión que inspiraba un silencio respetuoso
a tantos millares de visitantes mientras subían la escalera para encontrarse
con él.
Al otro lado
del pasillo, su padre ocupaba el dormitorio de Lincoln, con su maciza cama
victoriana y los sillones tapizados en terciopelo. Recordó que, en realidad,
Lincoln nunca había dormido allí.
Era como
revivir la Historia; una Historia resucitada. Y era algo magnífico, que siempre
recordaría, por muchas vicisitudes que pudieran ocurrirle. Sería un recuerdo
para conservar durante el mioceno. ¿Y cómo sería el mioceno?, se preguntó con
un ligero estremecimiento. ¿Lo alcanzarían alguna vez, si las personas de este
siglo accedían a ayudarles?
Pero, en todo
caso, ella siempre podría decir: una vez dormí en la Alcoba Real.
Se alejó de la
ventana y contempló con renovada admiración la inmensa cama de cuatro columnas
con su dosel y su colcha rosa y blanca, el secreter-librería de caoba situado
entre las ventanas, la mullida alfombra blanca.
Sabía que era
una muestra de egoísmo el pensar en ello cuando tantos habitantes del mundo, en
aquellos instantes, se hallaban perdidos y sin hogar, sin saber si recibirían
buena acogida, preguntándose tal vez cómo cenarían y dónde dormirían esa noche.
Sin embargo, no logró sentir ningún remordimiento.
17
- ¿Terry? Habla
Sam Henderson - dijo el Presidente por teléfono.
- Me alegro de
oírle, señor Presidente - respondió Terrance Roberts al otro lado de la línea
-. ¿En qué puedo serle útil?
El Presidente
rió entre dientes.
- Quizá pueda
hacer mucho, aunque ignoro si querrá. ¿Se ha enterado de lo que pasa?
- Algo raro -
respondió el dirigente sindical -. He oído muchos rumores. ¿Ustedes los de
Washington han logrado sacar algo en limpio?
- Un poco -
contestó el Presidente -. Por lo visto es verdad que estas personas vienen del
futuro. Se les ha presentado una catástrofe y la única escapatoria consistía en
regresar a través del tiempo. Todavía desconocemos muchos detalles y...
- ¿Regresar a
través del tiempo, señor Presidente?
- Lo sé, parece
imposible. Aún no he hablado con nuestros físicos, aunque pienso hacerlo, y
supongo que me dirán que es imposible. Pero uno de los que salieron por el
túnel del tiempo jura que es así. Aceptaría cualquier otra explicación, si la
tuviera. Pero las circunstancias me obligan a aceptar la idea, al menos por
ahora.
- ¿Quiere decir
que regresan todos los de allá? ¿Cuántos son?
- Supongo que
unos dos mil millones.
- Señor
presidente, ¿qué vamos a hacer con ellos?
- Bien, Terry,
en realidad era eso lo que deseaba consultarle. Parece ser que no piensan
quedarse. Quieren regresar aún más atrás en el tiempo... aproximadamente unos
veinte millones de años. Pero necesitan ayuda; quieren construir nuevos túneles
del tiempo y tendrán que llevarse algunas herramientas...
- Nosotros no
sabemos construir túneles del tiempo.
- Ellos nos
enseñarán a hacerlo.
- Costaría
mucho, tanto en mano de obra como en materiales. ¿Van a pagarlo?
- Lo ignoro. No
se me ocurrió preguntárselo. Supongo que no. Pero me parece que no hay más
remedio. No podemos permitir que se queden aquí. Tal como están las cosas, ya
somos demasiados.
- Me parece,
señor Presidente, que ya adivino lo que va a pedirme - comentó Terrance
Roberts.
El Presidente
se echó a reír.
- No sólo a
usted, Terry. También a los empresarios. De hecho, a todos, pero antes he de
asegurarme de su colaboración. ¿Le molestaría venir para hablar del asunto?
- Iré; dígame
cuándo podrá recibirme. Aunque por ahora no le garantizo nada. He de
consultarlo, hablar con los demás muchachos. ¿Qué se propone usted
exactamente?.
- No estoy del
todo seguro. Necesitaré que me ayuden a decidirlo. Salta a la vista que no
podemos cumplir la tarea con los recursos actuales. El Gobierno no puede asumir
sin ayuda el coste que esto supondría... y no hablo únicamente de los túneles.
Por ahora ignoramos cuánto pueden costar. Pero tendríamos que proporcionar recursos
para el trasplante de toda una civilización, y eso costará mucho dinero. Al
contribuyente no podemos sacárselo, conque tendremos que pedir ayuda a otros
sectores. Los trabajadores tendrán que ayudar, la industria tendrá que ayudar.
Estamos ante una emergencia nacional, y esto exige algunas medidas
extraordinarias. Ni siquiera sabemos por cuánto tiempo más podemos alimentar a
estas personas y...
- No estamos
solos en esto - intervino Roberts -; el problema es mundial.
- Exacto. Los demás
países también habrán de contribuir. Si fuese posible, crearíamos algún
organismo internacional, pero eso requiere tiempo y no lo tenemos. De momento,
al menos, debe ser una acción nacional.
- ¿Ha
consultado al Gobierno de alguna otra nación?
- A Gran
Bretaña y Rusia - respondió el Presidente -. Con otras lo haremos luego, aunque
no sobre esto. Cuando tengamos una o dos ideas claras, averiguaremos lo que
piensan los demás. Uniremos nuestras ideas, las intercambiaremos. Pero no
podemos perder mucho tiempo. Cualquier cosa que hagamos debe comenzar en
seguida y hacerse con la mayor rapidez.
- ¿Está seguro
de que los viajeros podrán explicarnos lo de los túneles? ¿Sabrán hacerlo de
modo que nuestros científicos e ingenieros comprendan sus principios y su tecnología?
Señor Presidente, ¡esto es una locura! ¡Los obreros americanos construyendo
túneles del tiempo! Me parece un sueño o una broma pesada.
- Sospecho que
no es ninguna de las dos cosas - puntualizó el Presidente -. Terry, estamos
metidos en un lío. Y no sé hasta qué punto puede ser arriesgado. Supongo que
dentro de uno o dos días conoceremos la historia completa y sabremos realmente
a qué nos enfrentamos. Ahora sólo le pido que medite la cuestión. Piénselo y ya
le diré cuándo puede venir. Por ahora sería inútil; antes hemos de solucionar
algunas cosas. Le llamaré cuando sepa algo más.
- Cuando
quiera, señor Presidente - respondió Roberts -. Avíseme y acudiré.
El Presidente
colgó y llamó a Kim por el intercomunicador.
- Dígale a
Steve que pase - dijo cuando ella abrió la puerta.
Se reclinó en
la silla, cruzó las manos detrás de la nuca y contempló el techo. Hacía menos
de cinco horas, pensó, se había echado a dormir la siesta, con la esperanza de
pasar una tarde de domingo tranquila. No disfrutaba de muchas tardes libres y,
cuando se le presentaban, las apreciaba como un tesoro. Apenas cerró los ojos,
se le había venido el mundo encima. ¿Qué hacer? ¿Cómo acertar? Sin
proponérselo, un hombre podía cometer errores, pero, en una situación como
aquella, evidentemente, no podía permitírselos.
Steve Wilson
llamó a la puerta. El Presidente bajó las manos y se irguió en el asiento.
- ¿Ha recibido
a la Prensa, Steve?
- No, señor.
Están a punto de derribar la puerta, pero no los he dejado entrar. No me
atrevía a salir con lo poco que me dieron. Esperaba que...
- De acuerdo -
cortó el Presidente - Ha hecho bien en retrasarlo. Póngales al corriente de
todo, salvo dos cosas. No debe decir por qué emplazamos las armas. Eso lo
explicará como una precaución de rutina, según habíamos convenido. Y no se le
ocurra mencionar que Gale propuso que les acompañásemos a través del tiempo.
- Entonces
tampoco puedo decir por qué abandonan el futuro. ¿Nada sobre los monstruos?
El Presidente
meneó la cabeza.
- Diga que la
razón no ha quedado clara y que continuará el interrogatorio.
- No les
gustará - señaló Wilson -, pero supongo que será suficiente. ¿Qué hay de la
televisión? He avisado a las emisoras que tal vez esta tarde hará usted una
declaración ante las cámaras.
- ¿Está bien a
las diez? Quizá sea un poco tarde, pero...
- Está bien.
- Entonces,
prepárelo. Dígales que no hablaré más de diez o quince minutos.
- Prepararé un
texto para que lo lea.
- Steve, usted
está muy ocupado. Que lo hagan Brad y Frank.
- Necesitarán
saber a quiénes se ha consultado.
- Hablé con
Sterling de Londres, y con Menkov de Moscú. Diga que Menkov se ha entrevistado
con el equivalente ruso de Gale y obtuvo en líneas generales el mismo relato
que nosotros. Cuando hablé con Sterling, en Londres aún no sabían nada. Diga
también que pienso hablar hoy mismo con otros jefes de Estado.
- ¿Piensa
convocar una reunión de gabinete? Sin duda, me harán esta pregunta.
- He visto a
todos los miembros del gabinete durante las últimas horas. Desde que esto
comenzó, ahora es la primera vez que no está ninguno de ellos en esta oficina.
Estaré en conferencia con los del Capitolio, naturalmente. ¿Se le ocurre algo
más, Steve?
- Probablemente
harán muchas más preguntas, pero creo que con esto basta; es imposible preverlo
todo.
- ¿Qué opina de
Gale, Steve? Me refiero a su opinión personal. ¿Qué le parece?
- Es difícil
responder - repuso Wilson -. Supongo que aún no me he formado una opinión. Pero
no veo qué ganaría no diciendo la verdad o, al menos, la verdad que él conoce.
De cualquier modo que se mire la cuestión, están en un grave aprieto y esperan
que los ayudemos. Es posible que nos hayan ocultado algo; tal vez no sea todo
como Gale lo explicó, pero me parece que es verdadero en conjunto. Aunque
resulte difícil de comprender, me siento inclinado a creerle.
- Espero que
tenga razón - dijo el Presidente -. Si nos equivocáramos, íbamos a quedar como
unos tontos.
18
El automóvil
enfiló el camino sinuoso hasta la elegante mansión separada de la calle por un
extenso parque. Se detuvo ante el pórtico y el chofer bajó para abrir la puerta
trasera. El anciano salió con dificultad, tanteando con su bastón. Apartó con
impaciencia la mano del chofer cuando éste quiso ayudarle.
- Todavía soy
capaz de bajar solo del coche - jadeó cuando lo hubo conseguido al fin, algo
tembloroso y vacilante -. Espéreme aquí. Tal vez tarde un poco, pero espéreme
aquí.
- A sus
órdenes, senador - respondió el chofer -. Señor, esa escalera... parece algo
empinada.
- Usted espere
aquí - ordenó el senador Andrew Oakes -. Regrese a su puesto. El día que yo no
pueda subir esa escalera, me iré a casa y dejaré que algún joven ocupe mi
escaño. Pero ese momento aún no ha llegado - continuó resoplando -. Todavía no.
Quizá dentro de uno o dos años, pero no ahora. Depende de cómo me encuentre.
Anduvo hacia la
escalera, golpeando rítmicamente con su bastón. Franqueó el primer escalón y se
detuvo allí un momento antes de atacar el segundo. A medida que subía, miraba
hacia ambos lados, contemplando el paisaje con desafío, como si esperase una
ovación por la hazaña. Lo cual era del todo innecesario, ya que allí no había
nadie salvo el chofer, que estaba sentado al volante y fingía ignorar la
progresión del anciano por la escalera.
La puerta se
abrió al llegar hasta las columnas del pórtico.
- Me alegro de
verle, senador - dijo Grant Wellington -, aunque no era necesario que se
molestase. Yo podría haber ido a su casa.
El senador se
detuvo, plantándose ante su anfitrión con gesto de tozudez.
- Hace buen día
para dar un paseo en coche - observó - y usted dijo que estaría solo.
Wellington
asintió.
- La familia
está en Nueva Inglaterra y es el día libre de los criados. Estaremos a solas.
- Bien - dijo
el senador -. En mi casa nunca se sabe; la gente entra y sale, los teléfonos
suenan sin cesar. Así es mejor.
Trastabilló en
el zaguán.
- A la derecha
- le informó Wellington mientras cerraba la puerta.
El anciano
entró en el estudio, arrastró los pies por la alfombra y se dejó caer en un
inmenso sillón situado junto a la chimenea. Dejó cuidadosamente a su lado el
bastón, apoyándolo en el suelo, y contempló las estanterías cubiertas de
libros, el lujoso escritorio, el cómodo mobiliario y los cuadros de las
paredes.
- Vive usted
muy bien, Grant - comentó -. A veces, eso me preocupa. Demasiado bien, tal vez.
- ¿Quiere decir
que no seré capaz de luchar, que tendré miedo de ensuciarme las manos?
- Algo así,
Grant. Pero procuro convencerme de que estoy equivocado. Usted ha luchado lo
suyo en sus tiempos, en el mundo de los negocios - señaló los cuadros -. No sé
si fiarme de un hombre que es propietario de un Renoir.
- ¿Qué le
parecería un trago, senador?
- A esta hora
de la tarde - respondió el senador con énfasis - cae bien un trago de bourbon.
Es una gran bebida el bourbon. Típicamente americana. Tiene personalidad. Creo
que usted prefiere el escocés.
- Con usted -
opuso Wellington -, bebo bourbon.
- ¿Se ha
enterado de lo que pasa?
- Vi algo por
televisión.
- Nuestro
hombre podría pillarse los dedos o algo por el estilo - comentó el senador -. Podría
meterse en un verdadero apuro.
- Se refiere a
Henderson, ¿verdad?
- Me refiero a
todos. Son cosas que pueden ocurrir.
Wellington le
sirvió bebida al senador y regresó al bar para llenar su propio vaso. El
senador se arrellanó en el sillón, acariciando el vaso. Tomó un trago e infló
las mejillas en señal de aprobación.
- Para ser
aficionado al escocés, tiene una buena marca de bourbon - comentó.
- Me guío por
usted - respondió Wellington, regresó y se sentó en un sofá.
- Supongo que
el inquilino del número 1600 debe tener mucho en qué pensar - prosiguió el
senador -. Tal vez más de lo que es capaz de abarcar. Hay que tomar una
cantidad tremenda de decisiones. Sí, señor, demasiadas.
- No le envidio
- dijo Wellington.
- Es lo peor
que puede pasarle a un hombre - comentó el senador -. Y el año que viene hay
elecciones. Él lo sabe, y eso no le facilita los asuntos. El problema es que
ahora se ve obligado a decir y hacer cosas. No hay más remedio.
- Si quiere
aconsejarme que por mi parte me abstenga de hacer ni decir nada, hace muy bien
- puntualizó Wellington -. No intente ser diplomático, senador. No le va.
- En fin, no sé
- respondió el senador -. No se puede ir por lo derecho y ordenarle a un hombre
que mantenga la boca cerrada.
- Si los
intrusos realmente proceden del futuro...
- ¡Pues claro
que son del futuro! ¿De dónde podrían venir si no?
- Entonces no
hay error posible con ellos - respondió Wellington -. Son nuestros
descendientes. Hacen lo que una pandilla de niños cuando vuelven corriendo a
casa después de hacerse daño.
- Tal vez -
respondió el senador -, aunque no es eso precisamente lo que quería decir. No
me refiero a esa gente, sino al viejo Sam, de la Casa Blanca. Al verse obligado
a actuar, probablemente cometerá errores. A nosotros nos toca estar atentos y
estudiar esos errores. Podremos denunciar algunos, y otros no. Tal vez haga
algunas cosas que debamos apoyar. No nos conviene parecer demasiado
intransigentes. Por ahora la cuestión es no comprometernos. Usted y yo sabemos
que muchas personas no quieren que el viejo Sam sea candidato este próximo
verano y quiero decir, si no me equivoco, que nuestro candidato será usted.
Algunos chicos creerán que las acciones de ese hombre les dan una oportunidad,
se impacientarán y no sabrán tener el pico cerrado. Le aseguro, Grant, que la
gente no recordará quién fue el primero, sino quién tuvo más razón.
- Naturalmente,
agradezco su interés - dijo Wellington -, pero siento que se haya molestado por
nada. No me proponía hacer ninguna clase de declaraciones. Por ahora ni
siquiera sé si hay alguna postura que merezca ser defendida.
El senador
levantó su vaso vacío.
- Si no le
importa, agradecería otro traguito.
Wellington
sirvió otro traguito y el senador se apoltronó en el asiento.
- La postura a
defender exigirá un análisis largo y detenido - dijo -. Todavía no se ve con
claridad, pero las opciones no tardarán en salir al paso, y habrá que
estudiarlas y escogerlas con sumo cuidado. Lo que usted ha dicho acerca de que
esos intrusos son nuestros descendientes me parece muy bien. Naturalmente, un
hombre como usted, con largos y gloriosos antecedentes familiares, no puede
pensar de otro modo. Pero no olvide que hay mucha gente con antecedentes
familiares poco o nada gloriosos; a ellos, que forman la mayoría de la noble y
gloriosa nación americana, no les importarán un comino sus descendientes. Al
contrario, pensarán que son un estorbo. Actualmente muchas familias ya tienen
graves problemas con sus vástagos inmediatos. Varios millones de intrusos han
atravesado los túneles, siguen saliendo y, aunque podemos levantar las manos
llenos de compasión y preguntarnos cómo los atenderemos, la verdadera reacción
surgirá cuando estos millones de recién llegados empiecen a influir en la
economía. De repente podrá escasear la comida y otras cosas; los precios
subirán, habrá problemas de alojamiento y de paro obrero, y faltarán los
recursos. Lo que ahora no pasa de ser una conversación sobre economía, dentro
de muy poco se convertirá en algo más serio, y todos los hombres y mujeres de
este gran país nuestro sentirán las consecuencias, y entonces se armará la de
San Quintín. Para entonces, un hombre como usted debe tener elegida su postura,
estudiándola, desde todos los ángulos antes de hacerlo.
- Santo Dios -
murmuró Wellington -. Con lo que está ocurriendo, con nuestra población futura
que huye hacia nuestra época, y nosotros aquí sentados, intentando hallar una
postura política segura y favorable...
- La política -
puntualizó el senador - es un asunto muy complicado y sobre todo práctico. Hay
que ser duro; no puede uno permitirse el lujo de tener emociones. Debe tenerlo
presente: jamás se emocione por nada. Desde luego puede aparentar emociones; a
veces eso impresiona a los electores. Pero antes de conmoverse debe tenerlo
todo solucionado de antemano. Emociónese si eso ha de causar buen efecto, pero
nunca se deje llevar de verdad.
- No suena bien
lo que usted dice, senador. Deja un ligero mal sabor de boca.
- Seguro; lo sé
- afirmó el senador -. Conozco ese mal sabor de boca. Procure olvidarlo, no le
digo más. Naturalmente, es bueno ser un gran estadista y una persona
humanitaria; pero antes de ser un estadista hay que ser un sucio político.
Primero hay que ganar las elecciones, y eso no se logra sin ensuciarse un poco.
Dejó el vaso sobre
una mesita junto al sillón, buscó el bastón a tientas, lo encontró y se
incorporó.
- Recuerde que
antes de decir cualquier cosa debe advertirme. He pasado por esto antes, muchas
veces. Supongo que se me podría calificar como un perro de presa político, y
pocas veces fallo. En el Senado nos enteramos de algunas cosas. Tenemos algunos
canales secretos realmente buenos. Como cuando esté a punto de pasar algo lo
sabré, tendremos tiempo de estudiarlo.
19
La conferencia de
prensa había salido bien. Se había preparado la aparición del Presidente por
televisión. El reloj de pared marcaba algo más de las seis. Los teletipos
seguían repicando quedamente.
Wilson le dijo
a Judy:
- Será mejor
que lo dejemos por hoy. Es hora de cerrar.
- ¿Y tú?
- Me quedaré un
rato. Llévate mi coche. Tomaré un taxi y lo recogeré delante de tu casa.
Se llevó la
mano al bolsillo, sacó las llaves y se las arrojó.
- Cuando
llegues - dijo Judy -, sube a tomar algo. Estaré despierta y esperándote.
- Quizá sea
tarde.
- Si es
demasiado tarde, ¿para qué vas a molestarte en regresar a tu casa? La última
vez te dejaste en la mía el cepillo de dientes.
- No tengo
pijama - dijo.
- ¿Desde cuándo
necesitas pijama?
Le sonrió
perezosamente.
- Vale - dijo
-. Sólo el cepillo, nada de pijama.
- Tal vez pueda
resarcirme por lo de esta tarde - agregó Judy.
- ¿Lo de esta
tarde?
- Lo que te
dije, recuerda. Lo que pensaba hacer.
- ¡Ah!, eso.
- Sí, eso.
Nunca lo hemos hecho así.
- Eres una
desvergonzada. Vete ya.
- La cantina
enviará café y bocadillos al salón de Prensa. Si eres amable te dejarán algunas
migajas.
Wilson se sentó
y la miró mientras salía.
Caminaba con
seguridad, pero al mismo tiempo con una delicadeza que le intrigaba y
desconcertaba, como si fuese un hada que deliberadamente quisiera parecer una
criatura terrestre.
Amontonó los
papeles del escritorio y los apiló a un lado.
Cuando hubo
terminado se sentó y se puso a escuchar los extraños rumores del lugar. En una
lejana oficina sonaba el teléfono. Más lejos se oía el sonido de unos pasos.
Alguien escribía a máquina en el salón y, justo al lado, las máquinas del
teletipo seguían repiqueteando. Era como una pesadilla, se dijo. Todo el asunto
era una locura. Ninguna persona sensata lo creería. Túneles del tiempo e
intrusos del espacio: era como las necedades que los jóvenes veían por
televisión. ¿Sería un engaño, una alucinación colectiva?, se preguntó. Al día
siguiente, cuando saliera el sol, ¿habría desaparecido todo regresando el mundo
a la vieja rutina familiar?
Echó hacia
atrás la silla y se levantó. En la centralita abandonada por Judy parpadeaban
un par de luces, pero no se molestó en contestar. Recorrió el pasillo y ganó la
salida. En el parque, el calor estival se había disipado, y largas sombras
proyectadas por los árboles se extendían sobre el césped. Los planteles se
presentaban en toda su gloria: rosas, heliotropos, geranios, nicotianas,
colombinos y margaritas. Se detuvo y miró hacia donde se erguía el monumento a
Washington en su clásica blancura.
Oyó pasos a su
espalda y se volvió. Se le había acercado una joven vestida con una túnica
blanca que llegaba hasta sus pies calzados con sandalias.
- Qué agradable
sorpresa, señorita Gale - dijo algo confuso.
- Espero no haber
cometido una incorrección - repuso -. Nadie me detuvo. ¿Se puede estar aquí?
- Claro que sí.
Como huésped...
- Deseaba ver
el jardín. He leído tanto sobre él...
- Entonces,
¿nunca había estado aquí?
Dudó antes de
responder:
- Sí, he
estado. Pero no era lo mismo. No se parecía en nada a esto.
- Bien -
comentó -. Todo cambia, supongo.
- Sí, así es -
admitió ella.
- ¿Algo va mal?
- No, creo que
no - volvió a dudar -. Veo que no me comprende. Y me parece que no hay ninguna
razón para no decírselo.
- ¿El qué?
¿Algo sobre este lugar?
- Verá usted -
respondió -. En mi época, dentro de quinientos años, no existen jardines, ni
Casa Blanca.
La miró
fijamente.
- Por lo que
veo, no me cree - agregó -. No importa. Allá no tenemos naciones... sino una
gran nación, aunque esto tampoco sea absolutamente exacto. No hay naciones ni
ninguna Casa Blanca. De ella sólo quedan paredes ruinosas y rotas, y un trozo
de cerca oxidada que sobresale del suelo y puede hacer tropezar. No hay parque
ni macizos de flores. ¿Lo entiende ahora? ¿Comprende lo que significa todo esto
para mí?
- ¿Pero cómo?
¿Cuándo?
- Aún falta
mucho tiempo - explicó -. Como un siglo, o quizá más. Y ahora tal vez no
ocurra. Ahora están en otra senda del tiempo.
La delgada
muchacha permanecía allí, con su casta túnica blanca recogida en la cintura,
hablando de distintas sendas del tiempo y de un futuro en el que la Casa Blanca
no existiría. Desconcertado, Wilson meneó la cabeza.
- ¿Qué sabe de
eso de las sendas del tiempo? - preguntó -. Recuerdo que su padre lo mencionó,
pero como había tantas cosas...
- Hay que
estudiar las ecuaciones para entenderlo del todo - repuso -. Creo que muy pocos
hombres lo entienden de verdad. Pero en el fondo es muy sencillo. Es una
situación de causa y efecto, y si modificamos la causa o, mejor dicho, las
diversas causas, como tuvimos que hacer para venir aquí...
Wilson hizo un
gesto de impotencia con la mano.
- Todavía no
puedo creerlo - explicó -. No sólo lo de la senda del tiempo, sino todo lo
demás. Esta mañana pensaba ir a un picnic. ¿Sabe qué es un picnic?
- No sé lo que
es - respondió -. Ahora estamos empatados.
- Algún día la
llevaré de picnic.
- Así lo espero
- dijo -. ¿Es algo divertido?
20
Bentley Price regresó
a casa algo atolondrado pero triunfante, pues había logrado pasar la barricada
montada por los militares después de discutir con ellos, había apartado un jeep
del camino y avanzado a bocinazos por dos calles atestadas de refugiados y
espectadores, que se apiñaban en la zona a pesar de todos los esfuerzos de la
policía militar por dispersarlos. La entrada estaba medio bloqueada por un
coche pero consiguió rodearlo, arrancando al hacerlo un rosal.
Era de noche;
el día había sido ajetreado y Bentley ardía en deseos de meterse en cama; pero
antes debía sacar del coche sus cámaras y accesorios pues, como había tantos
forasteros en el barrio, no sería prudente dejarlos en el coche como solía. Un
coche cerrado con llave no disuadiría a quien estuviese realmente decidido a
robar. Se colgó las tres cámaras al hombro, y estaba sacando la pesada bolsa de
accesorios del coche, cuando reparó con indignación en lo que habían hecho con
el jardín de Edna.
Había un cañón
en el centro, con las ruedas profundamente hundidas en la tierra, y a su
alrededor se hallaba la dotación. El emplazamiento estaba fuertemente iluminado
por un gran reflector colgado de las ramas de un árbol. Las flores habían
sufrido verdaderos estragos.
Bentley se
adelantó sin dudarlo, apartando a un desconcertado artillero, y se detuvo como
un boxeador dispuesto para la pelea frente a un joven que ostentaba galones de
oficial.
- ¡Habráse
visto! - exclamó Bentley -. Irrumpir aquí en ausencia del propietario...
- ¿Es usted el
propietario, señor? - preguntó el capitán de la dotación.
- No -
respondió Bentley -. No soy el propietario, pero sí el responsable. Estoy a
cargo de la casa y...
- Lo sentimos,
señor - se excusó el oficial -. Pero debíamos cumplir órdenes.
Bentley le
gritó:
- ¿Tenía
órdenes de montar ese trasto en medio del macizo de flores de Edna? No me diga
que se le ordenó colocarlo en medio de un macizo de flores; ni más lejos ni más
cerca, sino exactamente en medio del macizo que tantos desvelos cuesta a la
dueña de este jardín...
- No es eso -
repuso el oficial -. Se nos ordenó cubrir la boca del túnel del tiempo y, para
hacerlo, necesitábamos una línea de tiro despejada.
- Eso es
absurdo - dijo Bentley -. ¿Por qué han de cubrir el túnel por donde sale esa
pobre gente?
- Lo ignoro -
respondió el oficial -. Nadie nos lo explica; se limitan a ordenarlo, y estoy
decidido a cumplir, con o sin macizo, y guste o no al propietario.
- Me parece que
usted no es un caballero, como dicen que debe ser - se acaloró Bentley - un
oficial y un caballero. Ningún caballero emplazaría un cañón en medio del
jardín, y ningún oficial apuntaría a un grupo de refugiados y...
Un grito agudo
cortó la noche; Bentley se volvió y comprobó que algo terrible ocurría en el
interior del túnel. Aún salía gente, pero no avanzaban en grupos ordenados como
antes. Corrían, forcejeaban por salir y, por encima de ellos y pisándolos,
apareció una cosa horrible que Bentley no pudo distinguir bien de momento. Tuvo
una visión fugaz de dientes asquerosos y mandíbulas babosas, de fuertes pezuñas
sobresaliendo de patas macizas y peludas, de un poder y una ferocidad
terribles. Automáticamente, sus manos cogieron la cámara y la alzaron hasta sus
ojos.
A través del
visor descubrió que las bestias eran dos, una casi al final del túnel y otra
que la seguía. Vio los cuerpos de las personas volando como muñecos
destrozados, y otros aplastados bajo las patas destructoras de los monstruos. Y
también vio tentáculos retorcidos, como si aquellos seres fuesen algo
intermedio entre felinos y pulpos.
A sus espaldas
sonaron voces de mando y, casi a su lado, el cañón escupió una llamarada que
iluminó las casas, los patios y los jardines. Una explosión le arrojó
fulminantemente al suelo y, mientras caía y rodaba, pudo ver algo de lo que
ocurría. De repente, el túnel estalló con una explosión casi inmediata a la
primera, aunque más ensordecedora y terrible. Vio personas muertas y un
monstruo muerto que humeaba como si lo hubieran asado. Aunque éste yacía sobre
el césped bajo el gran roble, donde había estado la boca del túnel, el otro
monstruo seguía vivo. Entre éste, el cañón y los soldados se formó una horrible
mezcolanza y la gente huía lanzando gritos de pánico.
Bentley se puso
en pie con dificultad, echó una rápida mirada a su alrededor y vio que los
hombres de la dotación yacían muertos, destrozados y pisoteados. El cañón
estaba tumbado, humeando todavía por la boca. De la calle llegaba un fuerte
griterío, y por un instante pudo adivinar algo grande y oscuro, que avanzaba
con gran rapidez, destruyendo la esquina de un patio. Una cerca de estacas
puntiagudas estalló en una lluvia de astillas blancas cuando la cosa oscura se
abrió paso a través de ella.
Corrió hacia la
casa y entró por la puerta de la cocina, cogió el teléfono y marcó casi a
ciegas, rogando que la línea estuviera libre.
- Global News -
respondió una voz ronca -. Habla Manning.
- Tom,
habla Bentley.
- Sí, Bentley,
¿qué pasa ahora? ¿Dónde estás?
- En casa. En
la de Joe. Y tengo noticias.
- ¿Estás
sobrio?
- Bueno, he
tomado un par de tragos en un lugar que yo me sé. Es domingo y ninguno de los
sitios de costumbre está abierto. Y al regresar a casa me encuentro en el patio
una pieza de artillería, en medio de las flores de Edna...
- Diantre -
dijo Manning -, eso no es noticia. Por algún motivo, hace un par de horas
emplazaron cañones frente a la boca de todos los túneles.
- Pues he
averiguado el motivo.
- Eso está bien
- comentó Manning.
- Sí, un
monstruo atravesó el túnel y...
- ¡Un monstruo!
¿Qué clase de monstruo?
- No lo sé - respondió
Bentley -. No pude verlo con claridad. Pero eran dos y el cañón mató a uno,
pero el otro escapó. Todos los soldados han muerto y el cañón está inutilizado.
La gente huyó entre gritos y el monstruo ha escapado. Le vi romper una cerca de
estacas puntiagudas...
- Oye, Bentley
- le interrumpió Manning -, no hables tan deprisa. Habla despacio y contéstame.
Has visto un monstruo que escapaba. Hay un monstruo suelto...
- Te lo juro.
Mató a los soldados y quizás a otras personas. El túnel está cerrado y hay un
monstruo muerto allí afuera.
- Ahora háblame
del monstruo. ¿Qué clase de monstruo era?
- No puedo
describirlo, pero tengo fotos - contestó Bentley.
- Del muerto,
supongo.
- No, del vivo
- puntualizó Bentley con voz cargada de desdén -. Jamás me ocuparía de un
monstruo muerto habiendo uno vivo.
- Oye, Bentley.
¿Estás en condiciones de conducir?
- Claro que sí.
Conduje hasta aquí, ¿o no?
- De acuerdo.
Enviaré a alguien. Y tú... quiero que vengas a toda prisa con tus fotos. ¡Ah!, Bentley...
- ¿Sí?
- ¿Seguro que
no te equivocas? ¿De veras hay un monstruo?
- Seguro -
respondió Bentley armándose de paciencia -. Sólo tomé uno o dos tragos.
21
Steve Wilson
entró en la sala de Prensa para tomar café y bocadillos. Quedaban allí unos
doce periodistas.
- ¿Algo nuevo,
Steve? - preguntó Carl Anders, de la AP.
Wilson meneó la
cabeza.
- Todo parece
tranquilo. Si sucediera algo importante, debería ser el primero en saberlo.
- ¿Y nos lo
dirías?
- Claro que sí
- respondió Wilson, malhumorado -. ¿O es que no he jugado limpio con vosotros?
- ¿Y qué nos
cuentas de esos cañones?
- Una mera
precaución de rutina. ¿Quedan bocadillos o los habéis terminado todos?
- En aquel
rincón, Steve - respondió John Gates, del «Post» de Washington.
Wilson tomó dos
bocadillos y una taza de café. Mientras cruzaba la sala, Gates le hizo sitio en
el canapé donde estaba sentado. Wilson se sentó y dejó el plato y la taza sobre
la mesita que se hallaba delante del canapé.
Anders ocupó una
silla cercana. Henry Hunt, del «Times» de Nueva York, se sentó al otro lado de
Wilson.
- Ha sido una
jornada muy larga, Steve - comentó. Wilson mordió el bocadillo.
- Y difícil -
explicó.
- ¿Qué estará
ocurriendo ahora mismo? - preguntó Anders.
- Quizá muchas
cosas. No sé nada y nada puedo decir.
- ¿Se te ha
comido la lengua el gato? - se burló Gates.
- Claro que no,
pero no puedo deciros nada. Ya conocéis las normas. Si dijese algo nuevo, sería
con carácter extraoficial.
- Desde luego,
desde luego - aseguró Anders -. Tú también has sido periodista y sabes cómo son
esas cosas.
- Lo sé, en
efecto - aseguró Wilson.
- Estaba
preguntándome - intervino Hunt - cómo alguien, aunque sea el Presidente, puede
saber lo que debe hacerse en una situación así, sin precedentes. Nunca ha
ocurrido nada que se le parezca ni remotamente. Por lo corriente, las crisis
van acercándose poco a poco; las ves venir y te hallan medio preparado. Pero
esta vez no. La crisis estalló sin previo aviso.
- Eso pensaba
yo - comentó Anders -. ¿Cómo hallar una orientación?
- Hay que
apechugar con el caso - respondió Wilson -. No puedes ignorarlo. Procuras no
equivocarte y averiguar de qué se trata. En un asunto así debes mostrarte un
poco escéptico y esto no permite actuar con la rapidez necesaria. Has de
consultar a muchas personas, averiguar lo que ocurre a tu alrededor y sacar
alguna conclusión. Y rezar, supongo. No como en la iglesia, claro está, pero
rezar...
- ¿Eso hizo el
Presidente? - preguntó Anders.
- No he dicho
eso. Sólo trataba de imaginarme el panorama.
- ¿Qué crees
tú, Steve? - preguntó Gates -. Dinos tu opinión, no la del Presidente.
- Es difícil
contestar - dijo Wilson -. Todo ha ocurrido con demasiada rapidez. Hace un
momento me preguntaba si no sería una pesadilla y si no desaparecería de la
noche a la mañana. Naturalmente, sé que no ocurrirá eso, por más que trastorne
nuestras ideas. He acabado por creer que estas personas provienen realmente del
futuro. Pero aunque no fuera así, aquí están y hemos de ocuparnos de ellas. En
realidad, no importa de dónde vengan.
- Tú,
personalmente, ¿aún lo dudas?
- No, creo que
no. Su explicación es lógica. ¿Por qué iban a mentir? ¿Qué ganarían con ello?
- Sin embargo,
dijiste...
- Espera un
momento. No quiero que empieces a especular sobre mis palabras. Sería poco
realista. Hablábamos entre amigos, ¿recuerdas? Era sólo una conversación
particular.
La puerta de la
sala de Prensa se abrió y Wilson levantó la mirada. Brad Reynolds se detuvo en
el umbral. Su rostro mostraba una expresión preocupada.
- Steve - dijo
-, hemos de hablar.
- ¿Qué pasa? -
preguntó Hunt.
Por la puerta
abierta se colaba el timbre de un teletipo, que avisaba la recepción de un
boletín.
Wilson se puso
en pie con tal brusquedad, que empujó la mesita y volcó su taza. El líquido
inundó la mesa y empezó a gotear sobre la alfombra.
Cruzó corriendo
la sala y cogió del brazo a Reynolds.
- ¡Uno de los
monstruos ha logrado escapar! - estalló Reynolds -. Lo ha comunicado la Global.
Lo dijeron por radio.
- ¡Por Dios! -
exclamó Wilson. Miró de reojo a los periodistas y comprendió que lo habían
oído.
- ¿Qué es eso
de los monstruos? - gritó Anders -. No nos dijiste nada de eso.
- Más tarde -
repuso brutalmente Wilson. Empujó a Reynolds para sacarle de la sala de Prensa y
cerró de un portazo.
- Creí que
Frank y tú estabais redactando la alocución televisiva - dijo -. ¿Cómo es
que...?
- La radio -
respondió Reynolds -. Lo oímos por radio. ¿Qué haremos con la alocución? No
puede presentarse ante la televisión sin mencionar esto, y sólo falta una hora.
- Ya veremos -
aseguró Wilson -. ¿Lo sabe Henderson?
- Frank fue a
decírselo. Yo vine a verte a ti.
- ¿Sabes cómo
fue? ¿Dónde ocurrió?
- En Virginia.
Dos monstruos salieron por el túnel. El cañón se cargó a uno, pero el otro pasó.
Dio muerte a los soldados y...
- ¿Quieres
decir que uno anda suelto?
Reynolds
asintió, compungido.
22
Tom Manning se
volvió ante su escritorio y metió una hoja en blanco en la máquina de escribir.
Escribió:
TERCER MONSTRUO
LEDE
WASHINGTON, D.
C. (Global): Esta noche una bestia desconocida anda suelta por la Tierra. Nadie
sabe dónde está. Se ha escapado de un túnel del tiempo de Virginia y
desapareció después de dar muerte a la dotación de la pieza de artillería que
estaba emplazada frente al túnel precisamente para tratar de impedir lo que
sucedió. Otro monstruo murió bajo el fuego del cañón.
Informaciones
no confirmadas aseguran que varias personas, además de los soldados, fueron
muertas por el monstruo del túnel.
Algunos
testigos afirman que la bestia era grande y de movimientos increíblemente
rápidos. Nadie logró verla bien. «Se movía con demasiada rapidez para
distinguirla», ha declarado uno de los testigos. Desapareció pocos instantes
después de salir del túnel. Se ignora dónde puede hallarse ahora.
- Señor Manning
- dijo alguien a su lado.
Manning levantó
la mirada. Era un botones de la agencia.
- Las fotos del
señor Price - dijo el muchacho, entregándoselas.
Manning miró la
primera y soltó un bufido.
- ¡Jesús! -
exclamó en voz alta.
Era la clase de
foto que un publicitario espabilado habría deseado para anunciar una película
de horror, pero en más auténtico. La criatura saltaba, quizá sobre los
artilleros, y respiraba una sensación de tremenda fuerza y agilidad. La
película ultrarrápida de Bentley la había captado en toda su ferocidad: la boca
llena de colmillos, las pezuñas resplandecientes entre los pelos de su pata
levantada, el collar de retorcidos tentáculos alrededor de su cuello cuadrado y
grueso. Los ojos tenían un brillo maléfico y el pelo del lomo parecía erizado.
Su misma forma era perversa; más que bestial, era tan anormal que provocaba un
estremecimiento, no de horror sino de terror alucinante, insensato e
irracional.
Manning se
volvió de nuevo hacia el escritorio, sobre el cual dejó las fotos. Con un gesto
las desplegó en abanico, como si abriera un mazo de cartas. Todas producían
horror. Algunas mostraban la gente que huía: sombras oscuras escurriendo el
bulto a toda prisa. Otra, no tan clara como Manning hubiera querido, reproducía
la hecatombe frente a donde había estado el túnel, con el monstruo muerto entre
cuerpos humanos pisoteados.
- Condenado
Price - dijo Manning con énfasis -. Olvidó tomar una instantánea del monstruo
entre los soldados.
23
- No podemos cancelar
la alocución televisada - informó Wilson al Presidente -. El asunto está muy
feo, y será peor si la cancelamos. Podríamos arreglarlo en pocas palabras.
Decir que lo de Virginia es demasiado reciente y no se tienen comentarios.
Asegurar que se ha iniciado la persecución. Que ya lo estamos cercando...
- Pero no es
así - le interrumpió el Presidente -. Ni siquiera sabemos dónde diablos está.
No hemos recibido ninguna noticia al respecto. Recuerde que según Gale podían
moverse con mucha rapidez. Viajando de noche, la bestia podría refugiarse en
las montañas de Virginia occidental para esperar a que se haga de día.
- Por eso es
más importante que nunca hablarle al pueblo - intervino Frank Howard, que había
preparado con Reynolds el texto de la alocución -. Todo el país estará alarmado
y debemos evitar que cunda el pánico.
- Le aseguro
que ahora me importa poco tranquilizar al país - afirmó el Presidente -. ¿No
comprende que no estamos ante un conflicto corriente? Es mucho más grave.
Desconozco la gravedad del peligro, pero sé que existe un peligro. Que baje
Gale y nos dé su opinión. Sabe más que nosotros.
- Comprenda,
señor, que el país espera oír sus palabras - señaló Wilson -. Necesitan alguna
garantía, pero si no podemos dársela, al menos diga que nos ocupamos del
problema. Bastará que le vean y le oigan para dar a entender que no todo se ha
ido a pique. Necesitan una demostración de que el Gobierno se ha enterado de lo
que ocurre...
Se oyó el
zumbido del teléfono presidencial.
- Diga -
respondió el Presidente.
- Una llamada
urgente para el señor Wilson. ¿Puedo pasarla?
El Presidente
cogió el auricular y se lo pasó a Wilson.
- Habla Henry -
dijo la voz de Hunt -. Disculpa la interrupción, pero creí que debías saberlo.
Un túnel se ha quebrado en Wisconsin. Es una información de la AP.
- ¿Dices que se
quebró? No es como en Virginia. ¿No salió nada?
- Por lo visto,
no. La noticia dice que se quebró. Desapareció, dejó de estar allí.
- Gracias,
Henry. - Se dirigió al Presidente -: Se ha cerrado un túnel. Lo cortaron o
desapareció. Supongo que lo haría la gente del otro lado. Gale dijo que había
dejado hombres dispuestos a destruir los túneles si algo salía mal,
- Lo recuerdo -
asintió el Presidente -. Los invasores deben estar cerca. Es desagradable
pensarlo. Se necesita mucho valor para sacrificarse así. A lo que parece, los
que vigilaban el túnel de Virginia no pudieron hacer lo mismo.
- Hablemos del
discurso, señor - rogó Reynolds -. Se acerca la hora.
- De acuerdo.
Supongo que no habrá más remedio. Hagan lo que puedan, pero no mencionen para
nada que lo hayamos rastreado y cercado.
- Habrá que
decirles la verdad - observó Wilson -. Es necesario admitir que existen esos
monstruos, y explicarle al pueblo que son ellos los que persiguen a la gente de
los túneles.
- Exigirán que
sean cerrados los túneles - intervino Reynolds.
- Que lo hagan
- dijo el Presidente -. No hay manera de cerrarlos, salvo a cañonazos, y no
podemos disparar sin más ni más contra unos refugiados... nuestros refugiados.
- Tal vez no
sea necesario, dentro de poco - intervino Howard -. Uno de los túneles se ha
cerrado por sí solo. Quizás ocurra lo mismo con otros. Tal vez con todos,
dentro de pocas horas.
- Espero que no
- opinó el Presidente -. No importa lo que suceda ni los problemas que puedan
presentarse, pero yo espero que se salven todos esos seres humanos.
Kim asomó la
cabeza por la puerta.
- El señor Gale
está aquí, señor.
- Hágale pasar.
Gale entró en
la sala. Se aproximó con alguna vacilación, pero luego se irguió y no se detuvo
hasta llegar junto al escritorio.
- Lo siento
muchísimo, señor - se disculpó - No acierto a manifestarle la condolencia que
sentimos mi pueblo y yo. Creímos que nuestras precauciones serían suficientes.
- Siéntese, por
favor, señor Gale - dijo el Presidente -. Ahora puede ayudarnos. Le
necesitamos.
Gale tomó
asiento en el sillón.
- Se refiere a
los seres extraterrestres. Quiere saber más cosas sobre ellos. Quise explicarle
más cosas esta tarde, pero había tanto que decir, y cómo iba yo a figurarme...
- Acepto su
palabra; ustedes tomaron sus precauciones lo mejor que pudieron. Ahora
necesitamos su ayuda para localizar a esa bestia. Hemos de conocer sus
costumbres, saber a qué nos enfrentamos. Debemos cazarla.
-
Afortunadamente - dijo Reynolds -, sólo hay una. Cuando la hallemos...
- Lo malo es
que son hermafroditas - interrumpió Gale.
- ¿Qué
significa eso?
- Que se
reproducen espontáneamente. Cualquier adulto puede poner huevos fertilizados, y
en gran cantidad. Una vez puestos, las crías no necesitan cuidados; mejor
dicho, no reciben cuidados y...
- Entonces -
dijo el Presidente -, hay que matarlo antes de que comience a poner huevos.
- Exacto -
concedió Gale -, aunque temo que ya sea demasiado tarde. Por lo que sabemos de
ellos, el animal debió aovar pocas horas después de salir del túnel. Sería la
mejor solución para él. Sobre todo, no crean que esos extraterrestres son nada
más que unos monstruos. Poseen una inteligencia muy desarrollada. Sus procesos
mentales y físicos se fundan en la agresión, o al menos así lo suponemos, pero
eso no significa que sean estúpidos. Esta bestia, sabiendo que es el único
individuo de su especie en este momento, y que quizá no reciba refuerzos, habrá
comprendido que el futuro de la especie en este sector del tiempo podría depender
de ella. Y no sólo eso, sino que su organismo, de acuerdo con lo que sabemos,
también se adaptará a la situación encaminando todas sus fuerzas a producir
tantos huevos como pueda. Además, al comprender que luego va a ser perseguida y
muerta, dispersará los huevos para evitar que sean destruidos. Buscará sitios
aislados y deshabitados donde hacer los nidos, los ocultará con cuidado y los
emplazará en lugares poco accesibles. Como comprenden, no sólo lucha por sí
misma sino por la especie. Quizá lo haga sólo por la supervivencia de la
especie.
Sus cuatro
oyentes guardaban silencio, anonadados. Por último, el Presidente se sobrepuso
y habló:
- Entonces,
¿cree que no podremos encontrarla antes de que inicie la puesta?
- Creo que no
hay ninguna probabilidad - opinó Gale -. Quizás haya puesto ya algunos, y
seguirá haciéndolo. Supongo que debería darle algún consejo, aunque sólo fuese
por reducir mi culpa y la de mi pueblo. Pero sería peor no decirle la verdad.
Lo siento muchísimo, señor.
- Imagino que
se habrá encaminado a las montañas - dijo el Presidente -. Pero esa teoría se
funda en que yo sé que hacia el oeste hay montañas.
- Ella también
lo sabrá - dijo Gale -. Sus conocimientos geográficos de esta zona son tan
exactos como los nuestros. En quinientos años la geografía apenas habrá
variado.
- Suponiendo
que se haya dirigido hacia las montañas, para matarla tendremos que evacuar la
zona - dijo el Presidente.
- ¡Está
pensando en la bomba atómica! - exclamó Wilson -. Aniquilar la zona con bombas.
No puede hacer eso, señor. Sólo como último recurso, y aún así la potencia
destructiva tendría que ser enorme, y la precipitación radiactiva...
- No se
precipite en sus conclusiones, Steve. Estoy de acuerdo con usted... sólo como
último recurso y tal vez ni aun así.
- Quiero decir
algo - pidió Gale -. No subestimen la inteligencia ni la ferocidad del enemigo.
Aun cuando se vea en desventaja, es un asesino. Aunque bajo las presentes
circunstancias, tal vez prefiera evitar el enfrentamiento, huir y no luchar,
salvar la vida para asegurar el mayor margen posible a la supervivencia de la
especie. Pero si lo cercan, devolverá el golpe. No le importa morir. No tienen
miedo a la muerte.
El Presidente
asintió con gravedad.
- Agradezco sus
palabras, pero deseo exponer algo por mi parte.
- Lo que quiera
- respondió Gale.
- Nos dijo que
ustedes podían enseñarnos a construir los túneles.
- Es verdad -
afirmó Gale.
- Esta es la
cuestión - prosiguió el Presidente -. Lo que hagamos, debe hacerse pronto. De
lo contrario puede producirse una peligrosa situación social y económica, por
no hablar de la política. Estoy seguro de que me comprende. Lo del monstruo nos
deja menos tiempo del que pensábamos. Por eso me parece importante que
recibamos instrucciones y hablemos pronto con personas que sepan ayudarnos.
- Señor
Presidente - intervino Reynolds -, nos quedan menos de dos horas para preparar
su alocución.
- Es verdad -
dijo el Presidente -. Lamento haberlos entretenido. Steve, por favor, tenga a
bien quedarse un momento.
- Gracias, señor
- saludó Howard y siguió a Reynolds hacia la salida.
- Bien, ¿dónde
estábamos? - preguntó el Presidente -. ¡Ah, sí! Decía que necesitamos ponernos
a trabajar en los túneles. Creo que algunos de nuestros físicos e ingenieros
podrían venir y hablar con los suyos.
- Señor, ¿eso
significa que nos ayudará?
- En efecto,
señor Gale, aunque por ahora no puedo formular un compromiso definitivo. Me
parece que no hay otra solución. Es imposible tenerlos aquí para que se sumen a
nuestra población. Será el hundimiento económico. Lo más urgente, pues, será
hablar con sus físicos y averiguar qué se necesita: qué instalaciones, qué
maquinarias, cuánta mano de obra. Mientras no lo sepamos no se podrá organizar
nada. Además, habrá que estudiar los emplazamientos.
- Nosotros lo
hemos resuelto - señaló Gale -. Nuestros geólogos han realizado un estudio a
fondo de los estratos del mioceno. Existe el peligro de que algún túnel
desemboque en el mar, en medio de un lago o en una zona volcánica. Los terrenos
estables fueron señalados en mapas. Como es natural, no podemos estar del todo
seguros, pero nuestros científicos han apurado al máximo sus conocimientos.
- Entonces,
dejémoslo - decidió el Presidente -. Pero hemos de saber por dónde comenzar.
- Los hombres
que necesita fueron de los primeros en pasar - respondió Gale -. Estarán donde
hayan concentrado a la gente que salió del túnel de Virginia.
- En Fort Myer
- dijo el Presidente -. La mayoría fueron trasladados allí. El ejército instaló
unos refugios inflables.
- Puedo darle
sus nombres - dijo Gale -, pero será preciso que yo acompañe al representante
de su Gobierno para ponerle en contacto con ellos. De lo contrario, se negarían
a venir. Comprenda nuestra situación, señor. No podíamos arriesgarnos a que
cayeran en manos de personas no autorizadas.
El Presidente
frunció el ceño.
- No quiero que
se vaya, aunque por supuesto puede salir de aquí si lo desea. No crea que le
retenemos. Pero podríamos necesitar sus consejos en cualquier momento. Por
ahora, disponemos de poca información. Claro que usted ya nos ha ayudado
bastante, pero podrían surgir situaciones...
- Lo comprendo
- resumió Gale -. Que vaya Alice. La conocen, y si llevara una nota mía en un
papel con membrete de la Casa Blanca...
- Sería la
solución, si ella no tiene inconveniente - comentó el Presidente -. Me gustaría
saber si Steve querría acompañarla.
- Cómo no,
señor. Pero no dispongo de mi coche aquí. Se lo llevó Judy.
- Tome un coche
con chofer de la Casa Blanca. Quizá sea mejor que le acompañe un agente del
servicio secreto. Puede parecer una precaución absurda, pero no es cuestión de
exponerse - alzó la mano y se la pasó por la cara -. Quiera Dios, señor Gale,
que usted y yo, que su pueblo y el nuestro, podamos colaborar. Nuestro trabajo
no ha hecho sino comenzar; será muy difícil. Habrá obstáculos de todas clases y
oposiciones frenéticas. ¿Tiene buena espalda y capacidad de aguante?
- Creo que sí -
respondió Gale.
24
El visitante
del ministro de Justicia era un antiguo y querido amigo. Habían sido compañeros
de curso en Harvard y desde entonces no habían dejado de frecuentarse. Reilly
Douglas no ignoraba que debía su cargo, en buena parte, a las recomendaciones
de Clinton Chapman y al peso político de su amistad; aquel hombre dirigía uno
de los grupos industriales más poderosos del país y cotizaba con generosidad
para el partido.
- Como sé que
estarás muy ocupado - le dijo Chapman a Douglas - y teniendo en cuenta las
circunstancias, no te haré perder tiempo.
- Me alegro de
ver un rostro amigo - dijo Douglas -. No me importa confesarte que no estoy de
acuerdo con lo que está pasando. No porque sea un error, sino porque nos
precipitamos demasiado. El Presidente se ha tragado al pie de la letra la
historia del viaje a través del tiempo y, aunque por ahora no veo ninguna otra
explicación, me parece que convendría estudiar la cuestión más a fondo antes de
comprometernos.
- Bien -
respondió Chapman -, estoy de acuerdo contigo... totalmente de acuerdo. Esta
tarde he hablado con algunos de mis físicos. Como ya sabes, entre nuestras
diferentes empresas reunimos un respetable equipo de investigadores. Pues, como
decía, hace un rato me reuní con algunos de ellos para estudiar a fondo este
asunto de los túneles del tiempo...
- Y te dijeron
que era imposible.
- No
precisamente - puntualizó Chapman -. Nada de eso. Nadie sabe cómo se hacen,
pero me dijeron, y esto me sorprendió, que el problema de la dirección en que
discurre el tiempo, y por qué ocurre así, ha sido tema de estudio y polémicas
científicas desde hace varios años. Hablaron de muchas cosas que no entendí y
emplearon palabras que no había oído nunca. Vectores de tiempo y condiciones
límite, por ejemplo; y parece que los vectores de tiempo de que hablan pueden
analizarse desde diversos puntos de vista: el estadístico, el biológico, el
termodinámico y otros que he olvidado. Hablaron sobre desfases de ondas y
causalidad y discutieron mucho sobre ecuaciones de campo simétricas con
respecto al tiempo. Al fin, parece que se pusieron de acuerdo en que, si bien
con los conocimientos actuales no parece realizable, de hecho nada indica que
no se pueda hacer. Parece que la puerta está entreabierta. Si alguien le diera
un empujoncito a la puerta, quizá sería factible.
- Quieres decir
que dentro de cien años, más o menos...
Chapman
asintió.
- Creo que eso
quisieron decir. Aunque intentaron explicármelo, no sirvió de mucho. Me falta
formación para entender lo que me explicaron. Estas personas tienen su propia
jerga Y, por lo que se refiere a personas como tú y como yo, es como un idioma
del que ignorábamos hasta la misma existencia.
- Conque podría
ser cierto - resumió Douglas -, según lo que está ocurriendo, debe ser verdad.
No cabe otra explicación. Empero opino que no debíamos movernos antes de saber
si es verdad. Personalmente, me resulta muy difícil creerlo.
- ¿Qué piensa
hacer exactamente el Gobierno? - preguntó Chapman -. Tengo entendido que
construirán nuevos túneles y enviarán al pueblo del futuro más atrás en el
tiempo. ¿Saben cuánto va a costar y cuánto tiempo podría llevar? O...
- No tienen ni
idea - contestó Douglas -. Ni una cifra, ni indicio alguno de lo que todo esto
supone. Pero si puede hacerse algo, hay que hacerlo. Esa gente del futuro no puede
seguir aquí, desde luego. De un modo u otro, hemos de quitárnoslos de encima.
- Sospecho que
será muy caro - dijo Chapman -. Y habrá jaleo cuando se conozca el coste. La
opinión pública está muy sensibilizada en eso de los impuestos y un caso así
podría justificar una contribución obligatoria.
- Algo estás
insinuando, Clint.
- Sí, eso creo.
Podrías llamarlo una jugada.
- Siempre
fuiste buen jugador - afirmó Douglas -. Hasta tienes cara de jugador de póquer.
- Costará mucho
dinero - dijo Chapman.
- Dinero del
contribuyente - señaló Douglas.
- Lo sé. Dinero
del contribuyente. Y eso podría significar que perderemos las elecciones del
año próximo. Sabes que siempre he sido muy generoso en las contribuciones a la
campaña y que rara vez he pedido favores. Ahora tampoco voy a hacerlo. Pero,
bajo determinadas condiciones, estaría dispuesto a hacer lo que podríamos
llamar una contribución algo más jugosa. No sólo a favor del partido, sino en
pro del país.
- Eso sería muy
generoso de tu parte - respondió Douglas, no muy seguro de si le agradaba el
giro que estaba tomando la conversación.
- Naturalmente,
me faltan algunos números y algunos datos - prosiguió Chapman -, pero, a menos
que el coste supere mis posibilidades, creo que podría encargarme de la
construcción de los túneles, siempre contando con que sea posible construirlos.
- ¿A cambio de
qué?
- A cambio de
un contrato en exclusiva para la construcción de los túneles y su explotación -
respondió Chapman.
Douglas frunció
el ceño.
- No sé. No
estoy seguro de si sería legal un acuerdo de este tipo. Intervienen factores de
orden internacional...
- Si te tomaras
interés, podrías encontrar un recurso - interrumpió Chapman -. Estoy seguro.
Eres un gran abogado, Reilly.
- Hay algo que
no comprendo. No entiendo de qué te serviría la exclusiva. ¿Para qué quieres
los túneles?
- Cuando todo
esto haya terminado, la gente sentirá enorme curiosidad hacia la idea de viajar
en el tiempo - explicó Chapman -. Es un modo totalmente nuevo de viajar. Se
podrán vivir aventuras que antes estaban vedadas.
- ¡Pero eso es
una barbaridad!
- No tanto como
crees. Imagina cuánto estaría dispuesto a pagar un cazador a cambio de una
partida de caza por épocas prehistóricas. Las universidades querrán enviar
grupos de paleontólogos a la Era de los Reptiles con objeto de estudiar y
fotografiar los dinosaurios. Los historiadores clásicos venderían su alma por
regresar y averiguar qué ocurrió realmente en el sitio de Troya...
- Y la Iglesia
- agregó Douglas con cierto sarcasmo - pediría una entrada de palco para
presenciar la Crucifixión.
- Eso también -
convino Chapman -. Como tú indicas, surgirían situaciones que podrían resultar
algo dudosas. Sería preciso dictar normas y reglamentos, así como tomar algunas
precauciones para no modificar el curso de la historia, pero...
- No sirve - le
interrumpió Douglas sin rodeos -. Nos han dicho que el viaje en el tiempo sólo
funciona en una dirección hacia el pasado. Cuando retrocedes, no puedes volver,
no puedes regresar al futuro.
- No estoy tan
seguro de esto - señaló Chapman -. Será lo que te han dicho, y tal vez sea
cierto por ahora. Pero esta tarde los físicos me aseguraron que, si es posible
moverse en el tiempo, debe poder hacerse en ambos sentidos. Lo afirmaron sin
lugar a dudas. Dijeron que se podía solucionar, que no admitían el flujo
temporal en un solo sentido. Si puedes ir al pasado, indudablemente puedes ir
hacia el futuro, e incluso debería ser ésa la dirección preferente. Así están
las cosas.
- No puedo
aceptarlo, Clint.
- Piénsalo.
Espera a ver cómo se resuelven los asuntos y tenme al corriente. Si funcionase,
habría una buena tajada para ti.
25
- Ahora va a
explicarme qué es un picnic - dijo Alice Gale -. Esta tarde me dijo que pensaba
ir de picnic.
El agente del servicio
secreto intervino en la conversación.
- ¿Steve la ha
invitado a un picnic? Será mejor que no vaya...
- Ni siquiera
sé qué es un picnic, señor Black - respondió.
- Es algo
bastante sencillo - explicó Wilson -. Se mete comida en una cesta, se va uno a
un parque o un bosque y merienda allí.
- Eso lo
hacíamos en nuestra época - dijo -, pero no lo llamábamos picnic. Creo que no
le dábamos ningún nombre. Nunca supe que se llamara de algún modo en especial.
El coche bajó
despacio por el camino hacia la salida. El conductor se mantenía muy digno y
erguido. El coche se detuvo y se acercó a la ventanilla del conductor un
soldado. Había otros militares junto a la puerta.
- ¿Qué pasa? -
inquirió Wilson -. No se me ha informado de esto.
Black se
encogió de hombros.
- Alguien ha
dado la alarma y se ha montado el dispositivo de seguridad. Está atestado de
militares. Hay morteros diseminados por el parque y qué sé yo.
- ¿Lo sabe el
Presidente?
- No estoy
seguro - respondió Black -. A lo mejor no se lo han dicho.
El soldado
cedió el paso, la puerta se abrió y el coche salió. Rodaron silenciosamente por
la calle, en dirección al puente.
Wilson miró por
la ventanilla.
- ¿Dónde está
la gente? - inquirió -. Domingo por la noche, en plena temporada turística, y
no hay nadie en la calle.
- ¿No ha oído
las noticias? - dijo Black.
- Claro que sí.
- Están todos
escondidos en sus casas. Temen que el monstruo se los coma.
- Teníamos
lugares hermosos para ir de picnic - comentó Alice Gale -. Muchísimos bosques,
muchos lugares desiertos. Más lugares solitarios que ustedes. Hay mucha gente
ahora, aunque esto me gusta. Hay tantas personas, tantas cosas para ver.
- Parece que le
gusta - comentó Wilson.
- Sí, claro que
me gusta, aunque al mismo tiempo me hace sentirme culpable. Mi padre y yo
deberíamos estar con nuestro pueblo. Pero, volviendo a nuestra época, se vivía
bien hasta que llegaron los extraterrestres, e incluso después, cuando aún eran
pocos. Sólo en los últimos años se volvieron contra nosotros. Pero creo que
siempre nos preocupó su presencia. Jamás hablábamos de otra cosa; en realidad,
no podíamos olvidarlos. Creo que han estado en mi recuerdo durante toda mi
vida. Finalmente llegaron a ser una obsesión. Mirábamos por encima del hombro
para ver si estaban allí. Hablábamos de ellos y los estudiábamos...
- ¿Dice que los
estudiaron? - la interrumpió Wilson -. ¿Puede explicarme cómo lo hicieron?
¿Quiénes pudieron hacerlo?
- Los biólogos,
naturalmente - respondió -. A veces se apoderaban del cadáver de un
extraterrestre. Y también los psicólogos y los psiquiatras. Los
evolucionistas...
-
¿Evolucionistas?
- Claro, los
evolucionistas. La evolución de estos seres era muy rara. Parecían capaces de
controlar sus procesos evolutivos. Creo que mi padre lo explicó en parte. Por
lo visto, durante la historia de la evolución, ellos no renunciaron a ninguna
ventaja evolutiva. No se comprometieron cambiando una cosa por otra.
Conservaron lo que tenían y necesitaban, y le agregaron todo lo que podían
adquirir. Naturalmente, significa que son animales adaptables. Pueden
reaccionar prácticamente frente a cualquier condición o situación...
- Se diría que
usted... bueno, no usted misma, quizá, sino su pueblo... parece que admiran a
estos animales - comentó Black.
La joven meneó
la cabeza.
- Los odiábamos
y les temíamos. Y con razón, puesto que finalmente nos obligaron a huir. Pero,
sí; supongo que sentíamos como una respetuosa admiración, aunque no nos gustaba
confesarlo. Creo que nadie se atrevió a decirlo hasta ahora.
- En seguida veremos
a Lincoln - anunció Wilson -. Naturalmente, usted sabrá quién es.
- Sí - afirmó
-. Mi padre ocupa el dormitorio de Lincoln.
El monumento se
alzaba suavemente iluminado contra la negrura del cielo. La figura sedente
parecía más meditativa que nunca, en su sillón de mármol.
El coche
continuó y el monumento quedó atrás.
- Si nos da
tiempo - propuso Wilson -, en los próximos días visitaremos algunos lugares. A
lo mejor ya los conoce. Pero como dijo que la Casa Blanca...
- Y también el
monumento - se adelantó Alice -. Sólo queda una ruina, menos de la mitad. Los
bloques de piedra se están desmoronando.
- ¿Cómo es eso?
- preguntó Black.
- En la época
de donde proceden ellos, Washington estará destruida - explicó Wilson -. La
Casa Blanca será un yermo.
- Eso es
imposible. No lo comprendo. ¿Por una guerra?
- No fue una
guerra - respondió Alice Gale -. Es difícil de explicar aunque se domine el
tema, y yo apenas lo conozco... he leído muy poco sobre ello. Quizás un colapso
económico sea la mejor definición. Probablemente hubo también una decadencia
del sentido moral. Hubo una época de inflación incontenible que alcanzó cotas
absurdas, acompañada de un creciente escepticismo, de una pérdida de confianza
en el Gobierno, que contribuyó al fracaso de éste y abrió un abismo cada vez
mayor en los recursos y en la comprensión entre ricos y pobres. Hubo un auge
tremendo y después una caída, y no sólo en este país, sino en todas las grandes
potencias. Cayeron una tras otra. La economía se hundió, el Gobierno se derrumbó
y las masas se echaron a la calle. Las multitudes ciegas atacaban, no algo
determinado, sino a todo y a todos. Les ruego que me perdonen por explicarlo
tan mal.
- ¿Y eso es lo
que nos espera? - preguntó Black.
- Ahora no -
repuso Wilson -. Ya no; al menos, no necesariamente. Ahora estamos en otra
senda del tiempo.
- Te explicas
tan mal como ella - afirmó Black -. Ninguno de los dos ha dicho una sola
palabra sensata.
- Lo siento,
señor Black - se disculpó Alice.
- No se
preocupe - dijo Black -. No soy un intelectual, sino un policía un poco
instruido. Steve puede decírselo.
26
El reverendo
doctor Angus Windsor era una buena persona. Vivía en estado de gracia y cumplía
con sus obras de caridad. Era pastor de una iglesia arraigada en la riqueza, en
una larga historia y en cierta distinción, pero ello no le impedía acudir allí
donde las necesidades fuesen mayores: no en su parroquia, por supuesto, pues en
ella pocas necesidades había. Se le veía en los barrios pobres y estaba
presente cuando los jóvenes manifestantes caían bajo la lluvia de cachiporras
esgrimidas por la policía. Cuando se enteraba de que una familia necesitaba
alimentos, se presentaba con una bolsa del mercado y antes de irse procuraba
encontrar en sus bolsillos unos dólares de los que pudiera desprenderse. Era un
visitante asiduo de las prisiones, y muchos ancianos solitarios abandonados
para morir en el asilo conocían su paso majestuoso, sus hombros caídos, su
larga cabellera blanca y su rostro sereno. Algunos parroquianos influyentes de
su congregación murmuraban que su afición a la publicidad - que a veces parecía
perseguirle - no dejaba de ser impropia en persona de su condición, pero él
seguía su camino sin hacer caso de estas críticas. Se refería que, en cierta
oportunidad, había comentado con un viejo y querido amigo que era barato el
precio pagado por el privilegio de hacer el bien. Nunca se supo bien si con
esto aludía a la publicidad o a la crítica.
Por eso, y
aunque ya era de noche, a los periodistas no les extrañó verle aparecer en el
jardín donde había estado el túnel invadido por los monstruos.
Los periodistas
se agruparon alrededor del anciano.
- ¿Qué le trae,
doctor Windsor? - le preguntó uno.
- He venido a
ofrecer a estas pobres almas el modesto consuelo que esté en mi mano dispensar
- respondió el doctor Angus -. Tuve algunas dificultades con los militares. Por
lo visto no dejan entrar a nadie. Pero veo que ustedes pasaron.
- Algunos hemos
parlamentado y nos dejaron entrar. Otros dieron un rodeo de un par de
kilómetros y se han colado.
- El Señor
intercedió por mí - agregó el doctor Angus - y me dejaron pasar la barricada.
- ¿Cómo
intercedió Él por usted?
- Ablandó sus
corazones y así fue como me dejaron pasar. Ahora he de hablar con estos
pobrecillos.
Apuntó a los
grupos de refugiados diseminados por los patios y la calle.
El monstruo
muerto yacía de espaldas, alzando al aire sus patas armadas de garras; los
fláccidos tentáculos desparramados por el suelo parecían serpientes. La mayoría
de los cadáveres humanos que habían quedado en la boca del túnel ya habían sido
evacuados. Quedaban algunos, montículos de oscuridad sobre el césped, cubiertos
con mantas. El cañón estaba en el mismo lugar donde fue derribado.
- El ejército
ha llamado a unos especialistas para trasladar el monstruo - dijo uno de los
periodistas -. Quieren echarle una ojeada.
Los reflectores
colgados de los árboles lanzaban un resplandor fantasmal sobre la zona donde
había estado la boca del túnel. El grupo electrógeno tosía y repiqueteaba en la
oscuridad. Menudeaban idas y venidas de camiones. De vez en cuando se oían
órdenes lanzadas a través de altavoces.
El doctor
Windsor, con instinto adquirido en larga práctica, localizó infaliblemente el
grupo más numeroso de refugiados, que se agrupaban en una esquina alrededor de
un farol macilento. Muchos permanecían en pie, pero algunos estaban sentados en
los bordillos y pequeños grupitos se habían diseminado por los jardines
contiguos.
El doctor
Windsor se acercó a un grupo de mujeres. Siempre prefería las mujeres; eran más
receptivas que los hombres a su cristianismo de fórmula particular.
- He venido -
comenzó, procurando no dar excesiva solemnidad a su tono - a ofreceros el
consuelo del Señor. En momentos como éste, siempre debemos dirigirnos a Él.
Las mujeres le
miraron con algún desconcierto. Algunas retrocedieron instintivamente.
- Soy el
reverendo Windsor, de Washington - les informó -. Voy adonde me llaman. Estoy
al lado de los necesitados. Por eso os digo si vais a orar conmigo.
Una mujer alta
y esbelta, pero con aspecto de abuela, se puso a la cabeza del grupo.
- Por favor,
váyase - pidió.
El doctor
Windsor, sorprendido, hizo un amplio gesto con las manos.
- No entiendo -
dijo -. Sólo intentaba...
- Sabemos lo
que intentaba - le respondió la mujer -. Muchas gracias. No ignoramos que su
intención era buena.
- No estará
hablando en serio - dijo el doctor Windsor, ya algo corrido -. No creerá que
sólo con su palabra impedirá a los demás...
Un hombre se
abrió paso a través del grupo y tomó del brazo al pastor.
- Vamos, abuelo
- dijo -. Déjelo correr.
- Pero esta
mujer...
- Ya sé. Oí lo
que dijo. Todos opinamos lo mismo.
- No logro
entenderlo.
- No es
necesario que lo entienda. Ahora, por favor, váyase.
- ¿Me echan?
- A usted no, señor.
No tenemos nada contra usted. Rechazamos el principio que representa.
- ¿Rechazáis el
cristianismo?
- No sólo el
cristianismo. Durante la Revolución Lógica del siglo pasado fueron abolidas
todas las religiones. Nuestro ateísmo es tan inconmovible como su fe. No le
imponemos nuestros principios. ¿Tendrá la amabilidad de no imponernos los
suyos?
- ¡Esto es
increíble! - exclamó el reverendo doctor Windsor -. No puedo creer lo que oigo.
No lo creeré. Aquí hay algún error... Sólo intentaba unirme con vosotros en una
plegaria.
- Nosotros ya
no rezamos, señor párroco.
El doctor
Windsor se volvió y anduvo trastabillando hasta la calle, al encuentro de los
periodistas curiosos que le habían seguido. Meneó la cabeza, desconcertado. Era
increíble. No podía ser cierto. Inconcebible. Blasfematorio.
Después de
tantos años de angustia humana, después de tanto buscar la verdad, después de
tantos santos y mártires... no se podía llegar a aquello...
27
El general Daniel
Foote, comandante de Fort Myer, les aguardaba en su despacho con otros tres
hombres.
- No debían
venir solos - le dijo a Wilson -. Se lo expliqué al Presidente, pero no quiso
escucharme. Ofrecí una escolta y rechazó la idea. Dijo que no quería que el
coche llamara la atención.
- Había poco
tráfico - explicó Wilson.
El comandante
meneó la cabeza.
- Vivimos horas
inciertas - comentó.
- General
Foote, deseo presentarle a la señorita Alice Gale. Su padre es la persona que
se puso en contacto con nosotros.
El general
respondió:
- Celebro
conocerla, señorita Gale. Estos tres caballeros me han hablado de su padre.
Señor Black, me alegro de que nos acompañe.
- Gracias,
señor - repuso Black.
- Concédanme el
privilegio de presentar a mi gente - dijo Alice -. El doctor Nicholas
Hardwicke, el señor Wilson, el señor Black. El doctor Hardwicke es una especie
de Albert Einstein de nuestra época.
El hombre
robusto, desgarbado y parecido a un oso, correspondió con una sonrisa:
- Querida, no
debes elogiarme demasiado. Me exigirían más de lo que puedo hacer. Caballeros,
celebro esta oportunidad de conocerles. Era hora de ponernos a trabajar en este
asunto que para ustedes debe representar bastantes molestias. Me alegro de que
hayan reaccionado tan pronto. Su Presidente debe ser un hombre extraordinario.
- Eso creemos -
afirmó Wilson.
- El doctor
William Cummings - prosiguió Alice -. El doctor Hardwicke era nuestro vecino,
pero el doctor Cummings vivía en la región de Denver. Mi padre y los demás
creyeron conveniente que tomara parte con el doctor Hardwicke en la reunión con
los científicos de esta época.
Cummings era un
hombre bajito, calvo, con cara arrugada y expresión de duende.
- Mucho gusto -
dijo -. Deseo expresarles mi sentimiento por lo que sucedió en el túnel.
- Y, por
último, el doctor Abner Osborne - concluyó Alice -. Es amigo de mi familia
desde hace mucho tiempo.
Osborne abrazó
a la muchacha.
- Estos
caballeros - explicó - son físicos, pero yo soy un ser inferior; soy geólogo.
Querida, ¿cómo está tu padre? Le busqué al llegar, pero no pude encontrarle.
El comandante
de Fort Myer tiró a Wilson de la manga y se llevó a un lado al secretario de
Prensa.
- Dígame lo que
sepa acerca del monstruo - solicitó el general Foote.
- No hemos
tenido más noticias. Creemos que se dirigió hacia las montañas.
Foote asintió.
- Supongo que
tienen razón. Nos faltan informaciones exactas y nos sobran rumores, en su
mayoría procedentes del oeste: Harpers Ferry, Strasburg, Luray. Deben ser
falsos, pues es imposible que se desplace con tanta rapidez. ¿Está seguro de
que sólo había uno?
- Es usted
quien debería saberlo - respondió Wilson concisamente -. Sus hombres estaban
allí. Según se nos comunicó mataron a uno. El otro escapó.
- Sí, sí, lo sé
- dijo Foote -. Tenemos el cadáver.
El general
estaba nervioso, pensó Wilson, inquieto. ¿Sabría algo que la Casa Blanca
ignorase?
- ¿Tiene algo
que decirme, general?
- No, en
absoluto - repuso.
El muy hijo de
puta, se dijo Wilson. Sólo se proponía sonsacar algo de la Casa Blanca. Algo
que pudiera comentar más tarde, en el casino de oficiales.
- Me parece que
será mejor empezar - agregó Wilson.
Salieron y
subieron al coche, Black al lado del conductor, y Wilson y Osborne atrás.
- ¿No le
extraña la presencia de un geólogo en el grupo? - comentó Osborne.
- Lo he pensado
- señaló Wilson -. Esto no significa que no sea bienvenido.
- Creímos que
tal vez querrían preguntarnos algo acerca del mioceno - agregó Osborne.
- ¿Quiere
decir, por si decidimos ir allí? Por si retornamos como ustedes, ¿verdad?
- Es una manera
de decirlo.
- ¿Significa
que estaban seguros de que algunos monstruos pasarían? ¿De que pasarían tantos
como para obligarnos a irnos?
- Claro que no
- respondió el geólogo -. Estábamos convencidos de que no pasaría ninguno.
Tomamos nuestras precauciones. No comprendo lo que ocurrió, y no creo que este
único monstruo...
- Pero no está
seguro.
- Tiene razón.
Son seres monstruosos e inteligentes. Muy hábiles. Algunos de nuestros biólogos
podrían darle más explicaciones.
- Entonces,
¿por qué opina que debemos regresar al mioceno?
- Se acercan a
un punto peligroso - repuso Osborne -. Nuestros historiadores podrían
explicárselo mejor que yo, aunque los síntomas están a la vista. Ya sé que han
sido desplazados a una senda del tiempo distinta y recorrerán una evolución
diferente de la nuestra. Pero también es posible que el cambio se haya
producido demasiado tarde.
- ¿Se refiere
al colapso económico y social? Alice nos explicó que Washington desaparecerá al
llegar su época, y supongo que también Nueva York, Chicago, y todas las
demás...
- Ustedes están
en crisis - dijo Osborne -. Se han excedido del punto de equilibrio. Creo que
ya es demasiado tarde para detenerse. Tienen una economía incontrolable; la
desmoralización social es cada día mayor y...
- ¿Y retornar
al mioceno sería la solución?
- Representaría
un nuevo comienzo.
- No estoy tan
seguro - opinó Wilson.
Black
intervino:
- Es la hora de
la alocución del Presidente. ¿Enciendo la radio?
Sin esperar
respuesta, conectó el aparato. El Presidente ya estaba hablando:
- ...poco lo
que puedo deciros. Por eso mismo seré breve. Todavía nos hallamos en plena
tarea de recopilación de datos y os haríamos un flaco servicio si quisiéramos
ir más lejos. Estad seguros de que el Gobierno hablará con franqueza. Os
tendremos al corriente de lo que consigamos averiguar. Esto es lo que sabemos
por ahora: en el futuro, aproximadamente dentro de quinientos años, nuestros
descendientes serán atacados por una raza extraterrestre. Durante cerca de
veinte años podrán detenerlos, pero comprenderán que no se les podrá frenar por
un tiempo indefinido. Se impondrá una retirada. Por fortuna, habrán inventado
la manera de viajar a través del tiempo, y eso harán, regresando a nuestra
época. No piensan permanecer aquí; piensan retroceder aún más en el tiempo tan
pronto como les sea posible. Pero necesitan nuestra ayuda para hacerlo. No sólo
para construir nuevos túneles del tiempo, sino para proveerse de materias
primas que les permitan comenzar de nuevo. Por razones económicas que fácilmente
se comprenden, las naciones del mundo actual no podemos negarnos a ayudarles.
Además, estamos moralmente obligados a hacerlo. Son los hijos de nuestros
hijos, varias generaciones después. Son de nuestra misma carne y de nuestra
misma sangre, y no podemos negarles nuestro auxilio. Las modalidades de esa
ayuda se hallan en estudio. Existen problemas que deben ser resueltos y lo
serán. No hay que perder tiempo, y nuestra colaboración habrá de ser
incondicional. Exigirá el sacrificio y la dedicación de todos vosotros. Habrá
muchos detalles que necesitaréis conocer, se os ocurrirán muchas preguntas. De
todo daremos cuenta y se os responderá plenamente; esta noche no hay tiempo
para detallarlo. Hace pocas horas que comenzó todo; ha sido una jornada muy difícil.
La voz era
confiada, vibrante, sin muestras de flaqueza... y sin embargo, pensó Wilson,
aquel hombre estaría sintiendo cierto grado de flaqueza. Pero seguía siendo el
político veterano y astuto de siempre. Aún sabía hablar con acento de
convicción, tranquilizar al país. Erguido en su asiento, Wilson experimentó un
repentino sentimiento de orgullo.
El Presidente
seguía hablando:
- Como sabéis,
dos extraterrestres cruzaron el túnel en Virginia. Uno fue muerto y el otro escapó.
Debo confesar que desconocemos su paradero. Estamos tratando de localizarlo y
destruirlo y, aunque quizá sea difícil, lo conseguiremos. Os ruego que no os
alarméis demasiado por la presencia de un extraterrestre suelto. Sólo es uno de
los muchos problemas que se nos plantean esta noche, y con vuestra ayuda lo
resolveremos todo.
Se interrumpió
y Wilson se preguntó si habría terminado, aunque el Presidente no había
pronunciado ninguna fórmula de despedida.
La voz volvió a
vibrar:
- Tengo que
decir algo desagradable y, aunque así sea, se que lo comprenderéis. Hace pocos
minutos he firmado un decreto estableciendo el estado de sitio. Por
consiguiente, se declara un período no hábil a efectos comerciales y bancarios.
Esto significa que ningún banco ni institución financiera abrirá sus puertas,
quedando suspendidas las operaciones hasta nuevo aviso. Asimismo, todas las
transferencias de acciones, valores, bonos u otros efectos, quedarán también
canceladas hasta nueva orden. Se congelarán precios y salarios. Naturalmente,
tal situación es intolerable y no puede mantenerse mucho tiempo. Se trata de un
decreto de excepción que dejará de estar en vigor cuando el Congreso y demás
organismos gubernamentales puedan publicar las normas restrictivas oportunas
según la situación. Confío en que estaréis a nuestro lado mientras dure la
emergencia. Sólo después de meditarlo largamente he llegado a la conclusión de
que esto era necesario.
Wilson exhaló
un prolongado suspiro, dándose cuenta de que hasta ese momento había contenido
la respiración.
¡Menudo lío
iban a formarle, tanto el país como el cuerpo de Prensa de la Casa Blanca! Por
Dios, Steve, podías avisarnos. Podías haberlo dicho. Y nadie le creería cuando
asegurase que ni él mismo lo sabía.
Era una medida
lógica; lo extraño era que a nadie se le había ocurrido; él mismo debió pensar
en ello. Pero no lo hizo. Se preguntó si el Presidente lo habría consultado con
alguien, y supuso que no. Disponía de poco tiempo y tenía que ocuparse de otras
cuestiones.
El Presidente
se despedía de sus oyentes.
- Buenas
noches, señor Presidente - le saludó Wilson, y luego se preguntó porqué los
demás le miraban tan extrañados.
28
La oficina de
la sala de Prensa estaba a oscuras, salvo la débil iluminación procedente de
los teletipos alineados junto a la pared. Wilson se acercó a su escritorio y se
sentó. Quiso encender la lámpara, pero en seguida desistió. No necesitaba luz,
y la oscuridad era reconfortante. Se repantigó en la silla; por primera vez en
muchas horas no tenía nada que hacer, aunque sentía un indefinible desasosiego.
El Presidente
se habría acostado hacía rato, pensó. Era cerca de medianoche, mucho más tarde
de su hora habitual de acostarse, y además había perdido la siesta de la tarde.
Samuel Henderson, pensó, se estaba haciendo viejo, demasiado viejo para un
asunto así. Le había parecido agotado y ojeroso durante la ceremonia de
presentación de los científicos refugiados a los miembros de la Academia
Nacional.
- ¿Oyó mi
discurso, Steve? - le había preguntado el Presidente cuando se retiraron los
demás.
- Lo oí en el
coche.
- ¿Qué opina?
¿Estará el país con nosotros?
- Al principio,
no. No de manera voluntaria. Pero cuando lo piensen, creo que no les quedará
más remedio que aceptarlo. Wall Street protestará...
- De momento, Wall
Street es lo que menos me preocupa - replicó el Presidente.
- Vaya a
acostarse, señor Presidente. Ha sido una jornada larga y ardua.
- En seguida -
admitió el Presidente -. Pero antes he de hablar con Hacienda, y Sandburg ha
llamado preguntando si podía venir.
En seguida,
había dicho, pero probablemente pasarían horas antes de que pudiese acostarse.
Los científicos
discutían en algún lugar, en algún salón secreto. Fuera, en la inmensidad de la
nación - de hecho, en todo el mundo - la gente del futuro llegaba por los
túneles. Mientras tanto, en las montañas, hacia el oeste, el monstruo acechaba
en la oscuridad.
Era increíble;
todo había sucedido con demasiada rapidez. La gente no había tenido tiempo de
acostumbrarse. Dentro de pocas horas, el mundo despertaría a un nuevo día, que
sería totalmente distinto del anterior en muchos sentidos, distinto a cualquier
día de toda la historia humana, y conocería problemas y dificultades que nunca
se habían conocido.
La luz se
colaba por las rendijas de las puertas que daban a la sala de Prensa. Algunos
periodistas continuarían allí, aunque no trabajando. No se oían las máquinas de
escribir. Recordó que no se había comido los bocadillos. Había puesto dos en un
plato y al primer mordisco, Brad Reynolds había entrado avasalladoramente. Al
recordarlo se dio cuenta de que estaba hambriento. Aún quedarían algunos
bocadillos, aunque ya estarían secos, pero por alguna razón prefirió quedarse a
oscuras, a solas, sin tener que aguantar la conversación de nadie.
Pensó que tal
vez debería leer los boletines de los teletipos. Siguió sentado, sin ganas de
moverse, pero luego se puso en pie y cruzó la sala acercándose al grupo de
teletipos. Los de la AP primero, decidió. La vieja y segura Associated Press.
Nunca sensacionalista, y casi siempre verídica. La tira de papel había salido
de la máquina y se amontonaba al pie de la misma.
Estaba picando
una nueva noticia...
WASHINGTON
(AP): Esta noche, en las montañas situadas al oeste de la capital, se ha iniciado
la búsqueda de un monstruo que escapó de un túnel del tiempo de Virginia hace
pocas horas. Se han recibido numerosas informaciones de testigos oculares, pero
ninguna ha podido ser confirmada; hay razones para suponer que muchas proceden
de imaginaciones febriles o atemorizadas. Fuerzas del ejército y de los cuerpos
de orden público se han desplegado por la zona, pero existen pocas esperanzas
de lograr algún resultado positivo antes del amanecer...
Wilson tiró del
papel, dejándolo caer y enroscarse luego a sus pies mientras leía rápidamente:
LONDRES,
INGLATERRA (AP): Al amanecer, el Gobierno aún seguía reunido en la residencia
del primer ministro. A lo largo de toda la noche se han producido entradas y
salidas constantes...
NUEVA DELHI,
INDIA (AP): Durante las últimas diez horas han seguido saliendo personas y
trigo de los túneles del futuro. Ambas cosas presentan dificultades...
NUEVA YORK, N.
Y. (AP): Durante la noche se multiplicaron los síntomas de que al amanecer
podrán estallar manifestaciones y motines no sólo en Harlem, sino en todas las
zonas de la ciudad ocupadas por minorías. El temor a que el gran número de
refugiados del futuro ocasione una reducción en las cuotas de alimentos y otras
prestaciones de la seguridad social podría dar lugar a manifestaciones
multitudinarias. Han sido cancelados todos los permisos a los agentes de la
autoridad y se ha notificado al departamento de policía que su personal debe
prepararse para intervenir durante las veinticuatro horas del día...
WASHINGTON, D.
C. (AP): La decisión del Presidente ordenando la suspensión de actividades
comerciales y la congelación de precios y salarios ha sido comentada en muy
distintos tonos...
Moscú, Madrid,
Singapur, Brisbane, Bogotá, El Cairo, Kiev y luego:
NASHVILLE,
TENN, (AP): El reverendo Jake Billings, famoso predicador evangelista, ha
convocado hoy una cruzada para «reintegrar el pueblo del futuro a los brazos de
Cristo».
La proclama fue
lanzada desde su parroquia al enterarse de que un grupo de refugiados
procedentes del túnel del tiempo de Falls Church, actualmente cerrado, habían
rechazado la asistencia del reverendo doctor Angus Windsor, famoso eclesiástico
de Washington, D. C. Los refugiados adujeron que habían vuelto la espalda no
sólo al cristianismo, sino a todas las religiones.
«Han venido a
nosotros en busca de ayuda», declaró el reverendo Billings, «pero no es esa
clase de ayuda la que deben recibir. En vez de contribuir a hundirles más en el
tiempo, debemos socorrerlos para que retornen a la hermandad en Cristo. Huyen
del futuro para salvar sus vidas, pero ya han perdido algo más valioso que la
vida. Ignoro cómo se produjo su abjuración del cristianismo, pero sé que es
nuestro deber indicarles el camino de la virtud y la salvación. Ruego a todos
los cristianos que se unan a mí para orar por ellos.»
Wilson dejó
caer el largo pliego de papel y regresó al escritorio. Encendió la luz,
descolgó y llamó a la centralita.
- Jane... ya
conozco tu voz. Habla Steve Wilson. Hazme el favor de llamar a
Nashville, al reverendo Billings. Sí, Jane, sé qué hora es. Ya sé que estará
durmiendo; habrá que despertarle. No, ignoro su número. Gracias, Jane.
Muchísimas gracias.
Se arrellanó en
la silla, maldiciendo en voz baja. Por la tarde, mientras hablaba con el
Presidente, había mencionado a Jake Billings y prometió telefonearle, pero se
le había olvidado por completo. ¿Quién demonios habría imaginado lo que iba a
ocurrir?
Windsor, pensó.
Había que ser un viejo chismoso, un tonto entrometido como Windsor para armar
semejante jaleo. Primero lo armaba y luego, cuando se las daban en los dos
carrillos, se iba llorando a los periodistas para contarles lo que le pasaba.
Era lo único
que nos faltaba, pensó. Que todos los Windsor y los Billings del país se
pusieran en pie, rasgándose las vestiduras, y exigieran una cruzada. Una
cruzada, se dijo malhumorado, era lo menos indicado en aquellos momentos. Ya
había bastantes problemas sin que los voceros de púlpito se sumaran a la
confusión.
El teléfono
tintineó. Alzó el auricular y Jane dijo:
- Aquí tiene su
comunicación con el reverendo Billings, señor.
- Hola - saludó
Wilson -. ¿Hablo con el reverendo Billings?
- Dios le
bendiga - respondió la voz profunda y solemne -. ¿En qué puedo servirle?
- Jake, habla Steve Wilson.
- ¿Wilson?
¡Ah!, sí, el secretario de Prensa. Debí adivinar que eras tú. No me dijeron
quién llamaba, sino que era desde la Casa Blanca.
El muy cabrón,
pensó Wilson. Se ha llevado una decepción. A lo mejor creyó que era el
Presidente.
- Cuánto tiempo
sin vernos, Jake - comentó.
- Sí - afirmó
Billings -. ¿Cuánto? ¿Diez años?
- Más bien
quince - puntualizó Wilson.
- Ya lo creo -
jaleó Billings -. Los años tienen esa costumbre de...
- Te llamo - le
interrumpió Wilson - para hablar de esa cruzada que estás montando.
- ¿Cruzada?
¡Ah!, ¿te refieres a lo de lograr que la gente del futuro retorne al buen
camino? Celebro tu llamada. Necesitamos que todo el mundo colabore. Ha sido una
suerte que regresaran a nuestra época, cualesquiera que fueren sus razones.
Cuando pienso que dentro de quinientos años la raza humana abandonará la fe
tradicional, la fe que nos ha servido de guía tantos siglos, me estremezco. Me
alegro mucho de que estés de nuestra parte...
- Te equivocas,
Jake.
- ¿Qué quieres
decir con eso?
- Que no estoy de
vuestra parte, Jake. Eso es lo que quiero decir. Te he llamado para pedirte que
anules esa estúpida cruzada.
- Pero no
puedo...
- Sí que
puedes. Ya tenemos bastantes problemas sin esa cruzada tan inoportuna. Harás un
mal servicio al país si insistes. Nos sobran problemas y no necesitamos más. En
nuestra situación, no estamos para demostraciones de celo por parte de Jake
Billings. Es una cuestión de vida o muerte, no sólo para los refugiados sino
para todos nosotros.
- Me parece,
Steve, que te expresas con demasiada brutalidad.
- Si lo hago -
respondió Wilson -, es porque me molesta lo que estás haciendo. Hablo en serio,
Jake. Tenemos una misión: conseguir que los refugiados se vayan a donde quieren
antes de arruinar nuestra economía. Y, mientras tanto, no nos faltarán
protestas: por parte de la industria, de los obreros, de los acogidos a la
seguridad social, de los políticos que aprovecharán la ocasión para criticarnos
a mansalva. Con todo eso, no podemos hacer caso de tus monsergas. ¿Quién te ha
dado a ti vela en este entierro? Te estás metiendo con gente del futuro, de un
sector del tiempo a donde, normalmente, no llega tu responsabilidad. Los
refugiados han venido aquí, indudablemente, pero los molinos de viento que tú
atacas serán edificados mucho después de que tú y yo hayamos muerto.
- Los caminos
del Señor son impenetrables - señaló Billings.
- Oye - le
interrumpió Wilson -, bájate del púlpito. Quizá puedas convencer a otro, pero
no a mí. Tú no me impresionas, Jake, nunca lo lograste.
- Steve, ¿estás
hablando en nombre del Presidente?
- Si me
preguntas si él me ordenó que hiciera esta llamada, la respuesta es que no.
Seguramente no se ha enterado aún de lo que hiciste. Pero cuando se entere, le
va a molestar. Estuvimos hablando de ti hace un rato. Sospechábamos que
tratarías de explotar la situación. Naturalmente, no podíamos prever lo que iba
a pasar, pero tú siempre lo aprovechas todo. Quedamos en que yo te llamaría
para frenarte. Pero han ocurrido tantas cosas, que se me olvidó.
- Entiendo tu
actitud - dijo Billings, conciliador -. Creo que incluso la apruebo. Pero tú
no. Tenemos puntos de vista distintos. Para mí, la idea de que la raza humana
vaya a convertirse en una gente sin Dios constituye un fracaso personal. Va
contra todo lo que me han enseñado, contra todo aquello por lo que he vivido,
por lo que he luchado.
- Puedes dormir
tranquilo - señaló Wilson -. Esto no ocurrirá. El porvenir de la raza humana
concluye de aquí a quinientos años.
- Pero
retornarán atrás en el tiempo...
- Esperamos que
lo hagan - le interrumpió Wilson con severidad -. Retornarán si personas como
tú no nos impiden llevarlo a cabo.
- Si regresan -
protestó Billings -, comenzarán de nuevo. Nosotros vamos a facilitarles lo que
necesitan para comenzar de nuevo. Construirán una civilización sin Dios en una
tierra y en un tiempo nuevos. Más adelante podrían explorar el espacio, hacia
otras estrellas, y lo haría una gente sin Dios. No podemos permitirlo, Steve.
- Tal vez tú no
puedas. A mí no me importa, y a otras muchas personas tampoco. Estás ciego si
no ves que el origen, las raíces de su rechazo de la religión, están en el
tiempo presente. A lo mejor es eso lo que te joroba en realidad. Te habrás
preguntado si no habrás tenido parte de culpa en que eso llegue a ocurrir.
- Quizá sea así
- admitió Billings -. No se me había ocurrido. Pero, aunque fuese cierto, nada
cambiaría. Debo cumplir con mi obligación.
- ¿O sea que
estás decidido a continuar, incluso sabiendo lo que significa para todos
nosotros? Quieres acaudillar a la gente montado en tu gran caballo blanco...
- Debo hacerlo,
Steve. Mi conciencia...
- ¿Lo pensarás?
¿Puedo volver a telefonearte?
No tenía
sentido continuar la discusión. No valía la pena tratar de hacer entrar en
razón a aquel fanático. Wilson recordó que le conocía desde su época de
estudiante. Ya debía figurarse que era inútil tratar de hacerle comprender un
punto de vista que no fuera el suyo.
- Sí, vuelve a
llamar si quieres - repuso Billings -. Pero no cambiaré de opinión. Sé lo que
debo hacer. No podrás convencerme de lo contrario.
- Buenas
noches, Jake. Siento haberte despertado.
- No lo
hiciste. Supongo que esta noche no dormiré. Me alegro de haber oído tu voz,
Steve.
Wilson colgó y
se recostó en el sillón para descansar. Pensó que si hubiera actuado con más
tacto, sin precipitarse tan impetuosamente, tal vez habría logrado algo. Pero
lo dudaba. Era imposible razonar con aquel hombre; siempre lo había sido. Si le
hubiera llamado por la tarde, cuando lo comentó con el Presidente, quizás
habría evitado la iniciativa de Billings, aunque también dudaba de esto. Se
dijo que la empresa era inabordable desde el principio. El propio Billings era
inabordable.
Miró la hora.
Eran casi las dos. Cogió el teléfono y marcó el número de Judy. La muchacha
respondió con voz soñolienta.
- ¿Te he
despertado?
- No; te
esperaba. Es muy tarde, Steve. ¿Qué ha pasado?
- Tuve que ir a
Myer para recoger a algunos refugiados, unos científicos. Están aquí para
discutir con los de la academia. No he podido escaparme, Judy.
- ¿No saldrás?
- Debo
permanecer en contacto. Están ocurriendo muchas cosas.
- Por la tarde
no podrás mantenerte en pie.
- Voy a
acostarme en un diván de la sala y descansaré.
- Podría ir yo
y montar guardia.
- No es
necesario. Ya me llamarán si me necesitan. Acuéstate y quédate hasta media
mañana si quieres. Puedo arreglármelas.
- ¿Steve?
- ¿Sí?
- Las cosas no
marchan, ¿verdad?
- Todavía es
demasiado pronto para saberlo.
- Vi al
Presidente por televisión. Se va a armar. Nunca nos hemos visto en nada parecido.
- No, desde
luego.
- Tengo miedo,
Steve.
- Yo también -
dijo Wilson -. De día será distinto. Cuando amanezca lo veremos de otro modo.
- Tengo
presentimientos horribles - prosiguió Judy -. Corno si la tierra firme fuese a
temblar bajo mis pies. Me he acordado de mi madre y mi hermana, que están en
Ohio. Hace muchísimo tiempo que no veo a mamá.
- Telefonéale,
habla con ella. Te sentirás mejor.
- Lo he
intentado muchas veces, pero las líneas están ocupadas. Todos hablan por
teléfono. Como la víspera de vacaciones. Todo el país está alterado.
- Pues yo acabo
de poner una conferencia.
- Claro, como
estás en la Casa Blanca te dan línea en seguida.
- Puedes llamar
mañana. Mañana todo habrá vuelto a la normalidad.
- Steve,
¿seguro que no puedes venir? Te necesito.
- Lo siento,
Judy, lo siento de veras. Algo me dice que debo permanecer aquí. No sé por qué,
pero así es.
- Entonces nos
veremos mañana.
- Intenta
dormir.
- Tú también.
Intenta olvidar esto y descansar. Lo necesitarás. El día será difícil.
Se despidieron
y Wilson colgó. Se preguntó por qué se había quedado. En aquel momento no hacía
ninguna falta, aunque en el fondo no podía estar seguro de ello. El infierno
podía estallar de un momento a otro.
Necesitaba dormir,
se dijo, pero por algún motivo no lograba conciliar el sueño. Estaba demasiado
excitado, demasiado tenso. El sueño se presentaría más tarde, cuando no hubiera
posibilidad de acostarse. Salió afuera y rodeó el edificio hasta llegar al
jardín delantero. La noche era apacible, anunciando un día de bochorno. La
ciudad estaba en silencio. Se oía un motor lejano, pero la avenida estaba
desierta. Las columnas del pórtico daban una nota de claridad en la noche. El
cielo estaba despejado, tachonado de estrellas. Una luz roja parpadeó en lo
alto y se oyó el apagado ronquido de los motores.
Una sombra se
destacó entre el arbolado.
- ¿Ocurre algo,
señor? - preguntó una voz.
- No -
respondió Wilson -. Salí a tomar el fresco.
Vio que era un
soldado, con un rifle terciado sobre el pecho.
- Tenga cuidado
- aconsejó -. Alguno de los hombres podría ponerse nervioso.
- No se
preocupe - aseguró Wilson -. Voy a entrar.
Se detuvo a
escuchar el silencio de la ciudad y trató de sondear la paz de la noche. No era
lo mismo, se dijo; había algo raro. A pesar del silencio, había cierta tensión
que se percibía casi como un contacto.
29
Un ruido
despertó a Elmer Ellis de su profundo sueño, Se sentó en la cama, desorientado
al principio. De la mesita de noche le llegó el tic-tac del despertador, y a su
lado Mary, su esposa, se alzó sobre los codos.
Ella preguntó
con voz soñolienta:
- ¿Qué pasa,
EImer?
- Las gallinas
- respondió, dándose cuenta entonces de lo que le había despertado.
Volvió a oírse
el ruido. Eran cacareos asustados y revoloteos de las gallinas. Apartó las
mantas y puso los pies tan bruscamente en el suelo frío que se hizo daño.
Buscó a tientas
los pantalones, se los puso y metió los pies en los zapatos, sin perder tiempo
en atarse los cordones. El alboroto seguía.
- ¿Dónde está
Tiger? - preguntó Mary.
- Maldito perro
- gruñó -. Habrá salido a cazar zarigüeyas.
Salió del
dormitorio y pasó a la cocina. Buscó a tientas la escopeta y la descolgó. Sacó
un puñado de cartuchos del morral y se los guardó en el bolsillo, menos dos que
metió en las recámaras.
Unos pasos de
pies descalzos se le acercaron.
- Coge la
linterna, Elmer. No verías nada sin ella.
La noche era
oscura como boca de lobo. Encendió la linterna para alumbrar los escalones del
porche. En el gallinero seguía el cacareo y no había señales de Tiger.
Pasaba algo
raro. Aunque al principio creyó que el perro había ido a cazar zarigüeyas,
ahora caía en la cuenta de que no podía ser cierto. Tiger nunca salía a cazar
solo. Estaba demasiado viejo y reumático, y adoraba su jergón bajo el porche.
- Tiger - llamó
en voz baja.
El perro le
contestó con un gemido apagado.
- ¿Qué diablos
te pasa? - preguntó Elmer -. ¿Qué hay allá fuera, muchacho?
De repente tuvo
miedo... más miedo que nunca. Incluso más que aquella vez, cuando cayó en una
emboscada del Vietcong. Un miedo diferente, como si se hubiera alargado una
mano fría para sujetarle y él supiera que no podría zafarse.
El perro volvió
a gemir.
- Ven, muchacho
- dijo Elmer -. ¡Busca!
Tiger no salió.
- Como quieras -
añadió Elmer -. Quédate si lo prefieres.
Cruzó el
corral, alumbrándose con la linterna, y se acercó a la puerta del gallinero.
El cacareo era
más fuerte que antes, espantado y frenético.
Recordó que
debía reparar el gallinero y tapar los agujeros. Tal como se hallaba, a
cualquier zorra le sería fácil entrar. Aunque, si se trataba de una zorra, era
extraño que aún estuviera allí. Una zorra habría escapado al primer resplandor,
al primer sonido de la voz humana. Tal vez fuese una comadreja, o un visón. Quizás
un mapache.
Se detuvo junto
a la puerta, con pocas ganas, de entrar. Pero ya no podía volverse atrás, o
tendría que morirse de vergüenza. ¿De qué tenía miedo?, se preguntó. Era por lo
de Tiger, pensó, Tiger estaba tan asustado que le contagió parte del miedo.
- Maldito perro
- murmuró. Se irguió, quitó el seguro y abrió la puerta de par en par.
Levantando la
escopeta con la derecha, apuntó la linterna con la izquierda.
Lo primero que
vio en el círculo de luz fueron plumas... plumas que volaban por el aire. Luego
gallinas que corrían, cacareaban y aleteaban y, entre ellas... Con un grito,
Elmer Ellis dejó caer la linterna; simultáneamente se llevó la escopeta al
hombro y disparó a ciegas dentro del corral, primero el cañón derecho y luego
el izquierdo. Los dos disparos fueron tan seguidos que parecieron una sola
explosión. Entonces se le echaron encima a través de la puerta abierta.
Parecían
cientos, apenas entrevistos a la luz de la linterna caída en el suelo; pequeños
monstruos horribles como los que se ven en las pesadillas. Sin darse apenas
cuenta de lo que hacía, cogió la escopeta con ambas manos por los cañones para
utilizarla como una cachiporra, e hizo un desesperado molinete cuando ellos se
acercaron.
Unas mandíbulas
se clavaron en su tobillo y algo pesado le golpeó en el pecho. Unas garras le
rasguñaron la pierna izquierda desde la cadera hasta la rodilla. Supo que iba a
caer y que, cuando estuviera en el suelo, acabarían con él.
Se desplomó de
rodillas y mientras uno le mordía el brazo y él intentaba rechazarlo, otro le
despedazaba la espalda. Cayó a un lado y agachó la cabeza, resguardándose con
el brazo libre y encogiendo las rodillas para hurtar el estómago.
Eso fue todo.
Sus agresores soltaron la presa. Levantó la cabeza y los vio como sombras
fugaces moviéndose en la oscuridad. La luz de la linterna caída cayó un
instante sobre ellos, y por primera vez pudo ver realmente qué clase de seres
habían invadido el corral. Gritó, presa de un pánico cerval.
Luego todos
huyeron dejándole a solas. Intentó levantarse, pero le fallaron las piernas y
volvió a caer pesadamente. Se arrastró hacia la casa, clavando las uñas en el
suelo para ayudarse. Notó humedad en un brazo y una pierna, y empezaba a sentir
un dolor ardiente en su espalda.
Había luz en la
cocina. Tiger salió de debajo del porche y se arrastró hacia él, gimiendo, con
la barriga pegada al suelo. Mary, en camisón, bajaba corriendo la escalera.
- Llama al
sheriff - le gritó Elmer, jadeando por el esfuerzo -. ¡Telefonea al sheriff!
Ella cruzó el
patio corriendo y se arrodilló a su lado. Quiso ayudarle a levantarse.
Elmer la
rechazó.
- ¡Llama al
sheriff! No pierdas el tiempo.
- ¡Estás
herido! Vas lleno de sangre.
- Estoy bien -
le respondió con impaciencia -. Se han ido. Pero hay que avisar a los demás. Tú
no lo has visto, no sabes cómo son.
- Primero
entrarás y llamaremos al médico.
- Primero al
sheriff - la corrigió -. Luego al médico.
Mary se puso en
pie y corrió hacia la casa. Elmer intentó avanzar, recorrió algunos metros y
luego se desmayó. El perro se arrastró a su encuentro y se puso a lamerle la
cara.
30
Cuando todos
quedaron reunidos alrededor de la mesa de conferencias, el doctor Samuel Ives
inició la discusión.
- A pesar de la
solemnidad de esta ocasión que nos reúne en plena noche, esta reunión
constituye para nosotros un acontecimiento sensacional. Durante toda nuestra
vida profesional, a la mayoría de nosotros nos ha preocupado el problema
fundamental de la irreversibilidad del tiempo. Dos de nosotros, el doctor
Asbury Brooks y yo, hemos dedicado muchas horas a su estudio. Creo que el
doctor Brooks no se ofenderá si digo que hemos adelantado poco o nada en
nuestro examen de esta cuestión fundamental. Aunque un lego podría negar la
validez de tal estudio, al entender el tiempo como un concepto filosófico más
que físico, es innegable que las leyes físicas que conocemos están en función
de esta cosa algo misteriosa que denominamos tiempo. Puesto que es necesario
definir de una manera satisfactoria los conceptos que utilizamos, tanto en
nuestra vida cotidiana como en nuestras investigaciones dentro de las diversas
disciplinas científicas, hemos de preguntarnos cuáles podrían ser las
ecuaciones físicas que expliquen la expansión del universo, la teoría de la
información y los vectores de tiempo termodinámicos, electromagnéticos,
biológicos y estadísticos. En la descripción de cualquier fenómeno físico, la
variable «tiempo» es un parámetro fundamental. Nos hemos preguntado si existe
el tiempo como magnitud absoluta, o si es una característica de las condiciones
límite. Algunos de nosotros creemos que la explicación auténtica podría ser la
segunda, según la cual el factor tiempo quedó definido al azar desde el origen
del universo, y ha persistido desde entonces. Creo que ninguno de vosotros
ignora que nuestro pensamiento con respecto al tiempo se halla necesariamente
afectado por las nociones intuitivas acerca del sentido en que discurre el
tiempo. Quizá sea ésta una de las causas que nos impiden comprender y formular
una teoría sobre lo que llamamos tiempo - miró a los tres hombres del futuro,
sentados enfrente -. Les ruego que disculpen esta digresión preliminar teniendo
en cuenta que, comparada con lo que ustedes saben, puede parecer algo estúpida.
Creo que interesa exponer nuestras propias opiniones y plantear una
perspectiva. Dicho esto, opino que les toca el turno de hablar, y les aseguro
que serán escuchados con la mayor atención. ¿Quién desea hacer uso de la
palabra?
Hardwicke y
Cummings cambiaron una mirada interrogante. Luego, aquél empezó:
- Lo haré yo.
Deseo manifestarles que todos apreciamos la buena voluntad de ustedes al acudir
a esta reunión intempestiva. Sospecho que les defraudaremos, ya que sabemos
poco más que ustedes sobre la naturaleza fundamental del tiempo. Nos hemos planteado
las mismas preguntas que ustedes y no hemos hallado respuestas válidas...
- Pero ustedes
son capaces de viajar a través del tiempo - interrumpió Brooks -. Esto implica
que saben algo sobre ello. Deben poseer al menos ciertos datos fundamentales...
- Hemos
descubierto que nuestro universo no es único - señaló Hardwicke -. Al menos dos
universos coexisten en el mismo espacio, pero son tan fundamentalmente
distintos que ninguno de ambos puede ser observado desde el otro, en
condiciones normales. Por ahora no describiré cómo detectamos este otro
universo ni lo que sabemos de él. Sin embargo, no se trata de un universo
contraterrenal y, por lo que sabemos, su existencia no implica ningún peligro.
Sólo diré que el primer indicio de su existencia surgió durante un estudio de
ciertas partículas raras. No es que éstas formen parte del otro universo, pero
bajo determinadas condiciones obedecen a ciertas leyes, aún no bien estudiadas,
del universo complementario. Ambos universos difieren totalmente. El otro está definido
por partículas e interacciones que guardan poca relación con las partículas e
interacciones del nuestro aunque, como ya he señalado, existen algunas
influencias. Pero bajo una probabilidad tan reducida, que sólo mediante un azar
excepcional podía ser detectada. Por fortuna, nuestros investigadores
tropezaron con ese azar excepcional. También fue prácticamente por azar cómo
llegamos a saber algo más sobre el segundo universo. A veces me pregunto si el
azar, a falta de un término más exacto, no podría ser un factor digno de
estudio, al objeto de calcular con más aproximación sus parámetros. Como digo,
descubrimos algo más sobre el otro universo, algo muy sencillo pero que, si se
piensa a fondo, resulta un concepto devastador. Descubrimos que el vector de
tiempo del segundo universo es de sentido opuesto al que define nuestro
universo. Indudablemente, en ese universo se mueve desde su pasado hacia su
futuro, pero en relación con el nuestro se mueve desde nuestro futuro hacia
nuestro pasado.
- Hay una cosa
que no entiendo - intervino Ives -. Estudiaban ustedes problemas muy complejos,
pero en cuestión de veinte años pudieron resolverlos hasta el punto de...
- No es tan
notable como parece - repuso Cummings -. Se trazó un programa de urgencia para
conseguir el viaje a través del tiempo, pero antes de comenzar ya disponíamos
de esos conocimientos que ha resumido el doctor Hardwicke. Siguiendo el cómputo
de ustedes, el segundo universo será descubierto antes de cien años a contar
desde ahora. Lo investigamos durante casi cuatro siglos, hasta que finalmente
aprendimos a utilizar el vector tiempo del segundo universo. De hecho, casi
todos los progresos importantes para la posibilidad de utilizar el decurso
opuesto del tiempo en el segundo universo habían sido realizados ya. Lo único
que hicimos fue dar el impulso definitivo a los trabajos. Supongo que habría
sido posible hallar el método antes, incluso antes de la invasión de los
extraterrestres, si hubiéramos tenido un motivo. Pero, exceptuando la
curiosidad científica, no lo teníamos. En condiciones normales, el viaje a
través del tiempo no es interesante si uno sólo puede desplazarse en un solo
sentido y no se conoce el medio de regresar.
- Cuando
llegamos a la conclusión de que nuestra única oportunidad para sobrevivir era
retroceder en el tiempo, gran parte de la tarea estaba ya realizada - intervino
Hardwicke -. Durante toda la historia de la investigación científica, han
existido sectores de la población que han negado el valor de la investigación
pura. ¿Para qué sirve?, preguntan. ¿En qué nos ayudará? ¿A qué podemos
aplicarla? Considero que nuestra situación es un ejemplo perfecto del valor de
la investigación fundamental. Los estudios realizados sobre el segundo universo
y su acontecer temporal en sentido opuesto fueron investigación pura, inversión
de medios y esfuerzos en algo que no parecía presentar oportunidades rentables.
Pero no fue así, ya que ofreció a la raza humana la oportunidad de salvarse.
- Según lo
entiendo - dijo Brooks -, ustedes utilizaron el sentido opuesto del tiempo del
otro universo para llegar hasta aquí. De algún modo, sus túneles del tiempo
captan el devenir opuesto; ustedes entran en su época actual y salen en nuestra
época actual. Pero para ello han de acelerar enormemente el paso del tiempo y
ser capaces de controlarlo.
- Eso fue lo
más difícil - comentó Hardwicke -. No en teoría, pues la teníamos solucionada,
sino en la aplicación. En realidad, resultó increíblemente sencillo, aunque al
principio parecía complicado.
- ¿Cree que está
al alcance de nuestra tecnología actual?
- Estamos
convencidos de ello - respondió Hardwicke -. Por eso escogimos esta época
determinada. Debíamos elegir un objetivo que comprendiera hombres capaces de
entender y aceptar la teoría y otros, los ingenieros, aptos para construir el
material necesario. También tuvimos en consideración otros factores.
Necesitábamos alcanzar una época que por su clima moral e intelectual estuviera
dispuesta a proporcionarnos la ayuda necesaria. Esa época debía caracterizarse
además por una productividad económica tal, que pudiera desprenderse de los
elementos y utensilios que precisaríamos para rehacer nuestra vida en el
mioceno. Tal vez hayamos sido injustos al esperar tanto de ustedes. Tenemos una
justificación. Si no hubiéramos regresado a este u otro sector del tiempo, la
raza humana desaparecería dentro de quinientos años a contar desde ahora. Tal
como están las cosas, les hemos trasladado a diferente senda del tiempo,
fenómeno que si lo desean podemos discutir luego. Ahora existe la posibilidad,
aunque no la seguridad, de que puedan continuar hacia su futuro sin que se
produzca la invasión de los extraterrestres.
- El doctor
Osborne no ha participado hasta ahora en esta discusión - señaló Ives -. ¿Tiene
algo que decir?
Osborne meneó
la cabeza.
- Todo esto
excede de mi competencia, caballeros. No soy físico, sino un geólogo aficionado
a la paleontología. Me he limitado a acompañarles. Si luego alguno de ustedes
desea hablar sobre el mioceno, que es nuestro destino final, podremos hacerlo.
- A mí me
gustaría oírle ahora - dijo Brooks -. Tengo entendido que ustedes proponen que
la población actual de la Tierra regrese también al mioceno. Supongo que esto
podría interesar a los más aventureros. Muchas personas lamentan el no haber
nacido en la época de los grandes descubrimientos geográficos. La posibilidad
de retornar a una época donde la mayoría de las limitaciones actuales podrían
dejar de existir, les resultaría muy atractiva. Deseo saber si va a informarnos
acerca de lo que cabe esperar del mioceno.
- Si así lo
desea - respondió Osborne -, no tengo inconveniente. Como es lógico, no
podremos descartar una parte de conjeturas, aunque ciertos hechos están
suficientemente demostrados. El motivo principal de escoger el mioceno reside
en que durante esa época apareció por primera vez la hierba sobre la Tierra.
Tenemos razones para creerlo, pero no voy a exponerlas ahora. En primer lugar,
fue en esta época cuando aparecieron verdaderos herbívoros con dentadura
adaptada a la ingestión de hierbas. Al comienzo de dicha era, los herbívoros
por lo visto se multiplicaron rápidamente. El clima era bastante árido, aunque
según nuestros cálculos las lluvias son suficientes para la agricultura. La
mayor parte de las grandes selvas fue reemplazada por sabanas que sustentaban
inmensos rebaños. Sabemos algo de estos herbívoros, aunque supongo que debieron
existir más especies, de las que no poseemos fósiles. Habría gran número de
oreodontes, animales del tamaño del carnero, que pudieron ser parientes lejanos
de los camellos, y también camellos, aunque mucho más pequeños que los
actuales. Esperamos encontrar pequeños caballos, con una alzada como la del
«pony», y algunos rinocerontes. En cierto momento del mioceno, probablemente al
principio, los elefantes pasaron a América del Norte por el istmo de Bering.
También habría animales de cuatro colmillos, más pequeños que los elefantes
actuales. Uno de los más peligrosos sería el cerdo gigante, grande como un buey
y con un cráneo de un metro veinte de longitud. No sería muy agradable toparse
con él. Con tan numerosas especies herbívoras, podemos esperar que el mioceno
tenga una proporción de carnívoros, tanto caninos como felinos. Probablemente
conoceremos a los viejos antepasados del tigre de dientes de sable. Esto no es
más que un ligero repaso. Hay muchísimas más cosas. Sea como fuere, creemos que
el mioceno fue una época de desarrollo evolutivo bastante rápido, con aparición
de nuevos géneros y especies; época caracterizada, quizá, por una tendencia de
los animales a aumentar de tamaño. Podría haber algunos supervivientes del
oligoceno, incluso del eoceno. Algunos mamíferos quizá resulten agresivos.
Podía haber serpientes e insectos venenosos... aunque no estoy del todo seguro.
De hecho, tenemos pocas certezas en ese aspecto.
- Según sus
cálculos, no obstante, sería posible vivir - intervino Brooks -. El hombre
podría desenvolverse.
- Seguro -
afirmó Osborne -. Los grandes bosques de eras anteriores cedieron terreno a las
praderas y, aun quedando bosques suficientes para uso del hombre, grandes
terrenos despejados admitirían el arado. Habría hierba para alimentar el
ganado. Los terribles diluvios que caracterizaron algunas de las eras
anteriores, habrían disminuido. Al principio, el hombre podría vivir de la
tierra. Habría suficiente caza, nueces, granos, frutas, raíces. La pesca sería
buena. No sabemos tanto como quisiéramos acerca del clima, pero algunas pruebas
indican que sería más uniforme que el actual. Probablemente los inviernos no
tan fríos. Como los veranos serían igual de cálidos y los comprenderá, esto no
puede afirmarse con seguridad.
- Comprendo -
dijo Brooks -. Pero, de cualquier modo, están decididos a hacerlo, ¿verdad?
- No tenemos
otra opción - repuso Osborne.
31
Steve Wilson
entró en la sala de Prensa. La lámpara del escritorio aún estaba encendida,
trazando un círculo de luz en la habitación a oscuras. Los teletipos
repiqueteaban junto a la pared. Casi las tres, pensó. Necesitaba descanso.
Aunque consiguiera dormir, le quedaban cuatro horas a lo sumo antes de volver
al trabajo.
Mientras se
acercaba a su escritorio, Alice Gale se levantó del sillón, donde le esperaba
sentada a oscuras. Aún llevaba su túnica blanca. Steve pensó que quizás era lo
único que tenía, pues la gente del futuro llevaba poco equipaje.
- Le esperaba,
señor Wilson - dijo -. Confiaba en que regresaría. Mi padre quiere hablar con
usted.
- Cómo no -
dijo Wilson -. Buenos días, señor Gale.
Gale salió de
entre la oscuridad y dejó un maletín sobre el escritorio.
- Estoy algo
confuso - explicó -. Mi situación es un poco difícil y no quiero cometer ningún
error. Dígame si puede escucharme y darme un consejo. Usted parece un hombre
que sabe cómo actuar.
Wilson se
detuvo, expectante. Notó que la situación, como había dicho Gale, se prestaba a
cometer errores, y supo que iban a plantearle un asunto espinoso. Guardó
silencio.
- Comprendemos
que nuestra llegada significa una carga terrible para los gobiernos y los
pueblos del mundo actual - empezó Gale -. Hicimos lo que podíamos. Nos ocupamos
de enviar trigo y otros víveres a las zonas donde sabíamos que escasearían los
alimentos. Estamos dispuestos a realizar cualquier trabajo que surja, pues
representamos una fuerza laboral numerosa y desempleada. Como la construcción
de los túneles y el suministro de las herramientas que precisaremos en el
mioceno sin duda representarán un fuerte desembolso...
Se acercó al
círculo de luz del escritorio, quitó el candado al maletín y lo abrió. Estaba
lleno de bolsitas de cuero. Cogió una, la abrió y vertió sobre el escritorio
una lluvia de piedras talladas que relampaguearon bajo la luz.
- Diamantes -
murmuró.
Wilson tragó
saliva.
- Pero, ¿por
qué? - susurró -. ¿Por qué diamantes? ¿Qué quiere que haga yo?
- Era el único
valor de volumen suficientemente pequeño que podíamos transportar - respondió
Gale -. No ignoramos que, si se lanzasen al mercado de una sola vez, se
hundirían los precios. Pero si fueran saliendo poco a poco, el efecto no sería
tan desastroso. Sobre todo, si se mantuviera en secreto su existencia. Y hemos
cuidado de no incluir repeticiones, y de que no se produzcan paradojas. Habría
sido fácil traer del futuro muchas gemas famosas que existen actualmente. Pero
no lo hicimos. Todas las piedras de este maletín fueron descubiertas y talladas
en nuestra época. Ninguna es conocida hoy por hoy.
- Quédeselas -
suplicó Wilson, horrorizado -. ¡Pero hombre! ¿Se da cuenta de lo que podría
pasar si alguien supiera lo que hay en el maletín? Miles de millones de
dólares...
- Sí, muchos
millones - señaló Gale con tranquilidad -. A los precios actuales, un billón
quizás. Valen mucho más de lo que llegarán a valer en nuestra época. Nosotros,
dentro de quinientos años, no damos un valor tan grande a estas cosas como
hacen ahora ustedes.
Cogió las
piedras sin apresurarse, las guardó en la bolsita, metió la bolsita en el
maletín, lo cerró y le puso el candado.
- Habría
preferido que no me dijera nada de esto - murmuró Wilson.
- Teníamos que
hacerlo - observó Alice -. ¿No comprende? Usted es la única persona que
conocemos, la única en quien podemos confiar. Sólo usted puede aconsejarnos.
Wilson trató de
serenarse al tiempo que decía:
- Sentémonos y
examinemos la cuestión. No hablen demasiado alto. Creo que no hay nadie por
aquí, pero podrían oírnos.
Se alejaron del
círculo de luz, acercaron tres sillas y se sentaron.
- Ahora van a
contarme qué se proponen - dijo Wilson.
- Creíamos que
el producto de estas piedras, vendidas con prudencia, compensaría en parte los
gastos de la ayuda que nos prestan - explicó Gale -, no un Gobierno ni un país,
sino todos los gobiernos y países de la Tierra. Tal vez se podría constituir un
depósito y, una vez vendidas las piedras preciosas, repartir el dinero en
proporción a los gastos reales.
- En ese
caso...
- Adivino su
pregunta. ¿Por qué no se dividieron las piedras para ofrecérselas a todos los
gobiernos? Por dos razones: a mayor cantidad de gente enterada, mayores
posibilidades de que la noticia se divulgase. La única solución consistía en
reducir al mínimo el número de conocedores del secreto. Entre nosotros, sólo
seis lo saben. Aquí, el único que lo sabe por ahora es usted. Del otro lado, es
un problema de confianza. Por la Historia sabíamos que podíamos confiar en
pocos gobiernos de hecho, sólo en dos, en ustedes y en los británicos.
Basándonos en nuestros estudios, elegimos los Estados Unidos. Algunos opinaban
que la organización depositaria de las gemas debían ser las Naciones Unidas
pero, si he de ser franco, teníamos poca confianza en la ONU. Pensaba entregar
las piedras preciosas al Presidente. Decidí no hacerlo cuando vi lo ocupado que
estaba y cómo dependía de los consejos de tantas otras personas.
- Sólo le diré
una cosa - dijo Wilson -. No puede andar por aquí con ese maletín. Necesita
escolta hasta que el maletín haya sido guardado en algún sitio seguro. Como
Fort Knox, probablemente, si el Gobierno no dispone otra cosa.
- Señor Wilson,
¿quiere decir que van a vigilarme? No creo que me guste.
- Yo qué sé -
murmuró Wilson -. Ni siquiera sé por dónde empezar - cogió el teléfono y marcó
-: Jane, ¿aún estás de guardia? ¿Sabes... a qué hora se acostó el Presidente?
- Hace una hora
- respondió Jane.
- Bien -
comentó Wilson -. Debió hacerlo antes.
- ¿Es importante
Steve? Dejó mandado que se le despertara si había algo importante.
- No corre
prisa. ¿Podrás localizar a Jerry Black?
- Lo intentaré.
Creo que aún anda por aquí.
En el silencio
de la sala sólo se escuchaban los teletipos. Gale y Alice esperaban inmóviles
en sus asientos. La luz aún se colaba desde la sala de Prensa, pero no se oían
las máquinas de escribir.
- No queríamos
molestarle - dijo Alice a Wilson -, pero estábamos desesperados. No sabíamos
qué hacer.
- Está bien -
respondió Wilson.
- No sabe
cuánto significa esto para nosotros - agregó la muchacha -. Aunque por ahora la
humanidad no lo sabrá, no se dirá que vinimos como mendigos. Queremos pagar, es
importante para nosotros.
Se oyeron pasos
en el corredor, deteniéndose junto a la puerta.
- ¿Qué pasa,
Steve? - preguntó Jerry Black.
- Necesito dos
hombres - respondió Wilson.
- Aquí estoy -
resolvió Black - y puedo buscar otro.
- Será un
favor, pues no tengo autoridad - respondió Wilson -. Actúo por mi cuenta y
tendrá que ser hasta mañana por la mañana, cuando pueda ver al Presidente.
- De acuerdo -
repuso Black -, si es cosa del Presidente.
- Supongo que
así se podría interpretar - explicó Wilson.
- ¿De qué se
trata? - dijo Black.
- El señor Gale
lleva un maletín. No te diré lo que contiene. No te gustaría saberlo, pero es
importante. Quiero que lo tenga él y nadie más, hasta que sepamos qué hacer con
el maletín.
- Descuida.
¿Crees que se necesitan dos hombres?
- Estaré más
tranquilo si son dos.
- No hay
problema - le aseguró Black -. Déjame usar tu teléfono.
32
El cielo se
teñía de gris hacia el este cuando Enoch Raven se puso a la máquina de
escribir. A través de la ventana se divisaban las verdes colinas de Virginia, y
en árboles y matorrales los pájaros despertaban para dar comienzo a sus gorjeos
y trinos.
Apoyó los dedos
sobre el teclado, y comenzó a escribir de corrido, sin detenerse a pensar.
Desde hacía años se había acostumbrado a redactar mentalmente sus textos antes
de ponerse a escribir; analizaba el tema, le daba forma y lo pulía, para que
los lectores de su columna no tuvieran que interrogarse acerca del significado.
Las conclusiones debían ser evidentes para que todos las entendieran, y la
argumentación debía estar bien articulada.
Escribió:
Hoy el mundo se
enfrenta con una crisis que podría ser la peor de su historia. Lo peculiar de
esta situación reside en que no se ajusta a ningún precedente de los que
asociamos con una crisis. No obstante, y pensándolo bien, podemos compararla a
otra situación crítica que hemos diagnosticado desde hace tiempo: la
superpoblación y los problemas económicos que ésta podría plantear. Pero, hasta
muy recientemente - hasta el pasado domingo por la mañana - ninguna persona
razonable habría supuesto que la superpoblación, tan temida y discutida, iba a
caer sobre nosotros de un día para otro.
Por
consiguiente, se nos ha planteado un problema que habremos de resolver en pocas
semanas, y no después de un largo período de cuidadosa planificación. La dura
realidad es que sólo podremos seguir alimentando durante un plazo muy limitado
a las multitudes que han acudido a nosotros en busca de ayuda. Ellos han
admitido sinceramente que conocían los problemas originados por su llegada y,
en consecuencia, nos han aportado los conocimientos y los medios que necesitaremos
para resolverlos. Sólo nos queda utilizar en seguida esos medios. Para lograrlo
se precisa la colaboración voluntaria de todos nosotros. Esta frase no la
empleamos a la ligera ni en su habitual sentido político admonitorio, sino de
un modo muy concreto: todos y cada uno de nosotros, hasta el último.
Lo que se nos
exige es paciencia, disposición para soportar ciertos sacrificios, para tolerar
ciertos inconvenientes. Podría significar que habrá menos alimentos y de menor
calidad. Quizá tengamos que esperar antes de pedir el nuevo coche. Quizá no
podamos comprar una nueva cortadora de césped cuando se rompa la vieja, que ya
se halla en las últimas. La energía y los recursos económicos que en
situaciones normales se canalizarían hacia la producción y distribución de
bienes y servicios, deben servir no solo para que nuestros lejanos
descendientes regresen más atrás en el tiempo, sino para suministrarles
máquinas, herramientas y provisiones que precisarán para construir una cultura
viable. Quizá se encargue a Detroit la fabricación de arados y otros aperos en
lugar de automóviles. Es posible que haya de imponerse un racionamiento,
voluntario o por decreto oficial. Si bien las decisiones tomadas por el
Presidente Henderson - la congelación de las operaciones bancarias, y la de
precios y salarios - pueden estimarse acertadas, cabe argüir que debió dar un
paso más y legislar con energía contra el acaparamiento. Aunque las medidas
burocráticas apenas bastarán para hacer frente a los acontecimientos, creemos
que se impone avanzar pronto hacia un estricto racionamiento de los alimentos y
los bienes esenciales para la actividad económica. Entendemos que ciertos
motivos políticos hayan disuadido al señor Henderson de tomar tales medidas.
Pero estas decisiones deben tomarse aunque sean impopulares, y debe imponerse
su cumplimiento porque de ello depende nuestra supervivencia.
Es obvio que
tales decisiones a tomar por el Presidente también deberían ser adoptadas por otras
naciones. Creemos posible que Gran Bretaña, Rusia, Francia, Alemania, Japón,
China y probablemente otros países hayan reaccionado antes de que se publiquen
estas líneas. Pero la acción debe ser mundial, pues no depende exclusivamente
de las naciones más poderosas. El problema es mundial y, para resolverlo, deben
imponerse restricciones económicas provisionales no sólo a las economías
rectoras, sino a todo el mundo.
Inexplicablemente,
la aparición de la gente del futuro suscitará la controversia entre los
distintos grupos ideológicos, si bien con poco fundamento en la mayoría de los
casos. Así lo demuestra la pública indignación del reverendo Jake Billings, uno
de nuestros evangelistas más pintorescos, al serle revelado que dentro de
quinientos años el pueblo habrá abandonado la religión como un factor
inoperante en la vida de la humanidad. Aunque esto pueda molestar al
sacerdocio, la cuestión apenas afecta al problema principal que tenemos
planteado. Esto no es más que un ejemplo de los muchos interrogantes que
surgirán, pero ahora no es momento de dedicar nuestras energías al intento de
responder o resolverlos. Con eso no se ganaría más que dividir a una población
que, aun en las mejores circunstancias, se expone a inevitables enfrentamientos
en lo que respecta a la definición de las prioridades de la tarea.
Todavía no
hemos tenido tiempo ni datos suficientes para un auténtico repaso de la
situación. Aunque se nos han comunicado algunos hechos básicos, puede haber
otros que todavía ignoremos, o que debido a varias circunstancias no se hayan
revelado todavía. También podría ocurrir que no supiéramos interpretar bien
nuestros datos, no porque alguien haya tratado de oscurecerlos, sino porque no
hemos podido valorar los diversos factores y asignar a cada uno la importancia
que se merece.
Como es
natural, no hay tiempo de analizar largamente la crisis; por tanto, el mundo se
ve obligado a actuar con más urgencia de la que suele ser conveniente. La misma
precipitación exige una tolerancia que por lo general no es conveniente cuando
están en juego asuntos fundamentales. Pero las críticas y divergencias de
opinión respecto de los criterios y actos oficiales sólo servirían para
dificultar una solución que, si se toma, ha de imponerse pronto. Los hombres de
Washington, Whitehall y el Kremlin pueden equivocarse en muchas cosas, pero la
opinión pública debe creer que no actúan movidos por la perversidad o la
estupidez, sino con la mejor buena fe al hacer lo que consideran adecuado.
Ni que decir
tiene que no es así como deben hacerse las cosas en un país democrático. Es
justo que todos los hombres tengan voz en las decisiones y acciones
gubernamentales, que se preste atención a todas las opiniones, que no se tomen
decisiones arbitrarias en contra de la voluntad pública. Pero hoy no podemos
permitirnos el lujo de una noción tan idealista. Quizá la situación no pueda
resolverse de la manera que muchos quisiéramos; sin duda habrá que pisar
algunos callos, atacar cierto concepto de la justicia y del derecho de
propiedad. Pero aceptar todo esto, si no resignadamente, al menos sin crear
demasiada confusión, forma parte del sacrificio que se nos pide.
No es un país,
un partido político, una carrera política, un pueblo ni una región lo que está
amenazado, sino toda la Tierra. Este comentarista no sabe lo que puede suceder,
ni tiene medios de adivinarlo. Sé que muchas cosas me desagradarán; en muchos
casos pensaré que algo pudo hacerse mejor o de otra manera. En el pasado nunca
dejé de publicar mi opinión personal y supongo que, cuando todo haya concluido,
no dejaré de señalar los errores garrafales que yo crea haber descubierto. Pero
de hoy en adelante, como aportación personal al sacrificio que considero tan
necesario, ejerceré una firme censura, no sobre mis pensamientos, sino sobre mi
máquina de escribir. Así pues, me declaro miembro fundador del «Club Mantenga
La Boca Cerrada, Tío». La inscripción queda abierta e invito a todos a que se
hagan socios.
33
Sin saber cómo,
se había subido a un árbol, había trepado hasta una rama y allí colgaba
absurdamente, cuando sopló un viento súbito y violento, obligándole a sujetarse
con todas sus fuerzas. Sabía que de un momento a otro podría soltarse y caer al
suelo. Cuando miró hacia abajo descubrió, horrorizado, que no había suelo.
Oyó una voz muy
lejana, pero estaba tan ocupado en aferrarse a la rama que no pudo entender lo
que decía. El viento le azotó con más intensidad.
- Steve - decía
la voz -. Steve, despierta.
Cuando abrió
los ojos se dio cuenta de que no estaba en un árbol. Un rostro deformado
flotaba sobre el suyo. No era un rostro humano.
- Despierta,
Steve - dijo la voz, perteneciente a Henry Hunt -. El Presidente ha preguntado
dónde estabas.
Wilson levantó
una mano y se restregó los ojos. El rostro, que ya no parecía deformado, era en
efecto el de Henry Hunt.
La cara se
alejó a medida que se erguía el redactor del «Times». Wilson bajó las piernas y
se sentó. Por las ventanas de la sala de Prensa entraba la luz del día.
- ¿Qué hora es?
- preguntó.
- Casi las
ocho.
Wilson se fijó
en Hunt.
- ¿Has
descansado? - inquirió.
- Estuve en
casa un par de horas. No pude dormir. Todo daba vueltas dentro de mi cabeza.
Por eso vine temprano - recogió una chaqueta del suelo y preguntó -: ¿Es tuya?
Wilson asintió,
no muy despejado todavía.
- He de lavarme
y peinarme - dijo poniéndose en pie. Cogió la chaqueta de manos de Hunt y se la
acomodó debajo del brazo -. ¿Qué ha pasado?
- Lo que era de
esperar - repuso Hunt -, los teletipos sólo transmiten lamentos y quejas por lo
del embargo comercial. ¿Cómo no nos lo dijiste, Steve?
- Lo ignoraba.
El jefe no hizo ningún comentario.
- No importa -
agregó Hunt -. Debimos adivinarlo. ¿Te imaginas la que se armaría si abriera la
Bolsa hoy?
- ¿Alguna
noticia del monstruo?
- Rumores. Nada
seguro. Se dice que ha escapado otro en África, en algún lugar del Congo.
¡Cristo!, no podrán cazarlo.
- No todo el
Congo es selva, Henry.
- Sí donde
dicen que ocurrió.
Wilson se fue
al cuarto de baño. Cuando regresó, Hunt le esperaba para darle una taza de
café.
- Gracias - murmuró.
Tomó un trago del brebaje caliente y se estremeció -. No sé si aguantaré toda
la jornada. ¿Sabes si ha dicho algo el Presidente?
Hunt meneó la
cabeza.
- ¿Ha llegado
Judy?
- Todavía no,
Steve.
Wilson se dejó
la taza a medias sobre la mesita.
- Gracias por
despertarme y por el café - dijo -. Hasta luego.
Cruzó la puerta
de la sala de Prensa. La lámpara que había olvidado apagar aún alumbraba
débilmente el escritorio. En el corredor se oían pasos apresurados que iban y
venían. Se puso la chaqueta y salió.
El Presidente
estaba con dos hombres: el general Daniel Foote y uno de los refugiados, que
vestía de montañés.
- Buenos días,
señor Presidente - saludó Wilson.
- Buenos días,
Steve. ¿Ha descansado?
- Más o menos
una hora.
- Ya conoce al
general Foote - continuó el Presidente -. Este otro caballero se llama Isaac
Wolfe. El doctor Wolfe es biólogo. Nos trae noticias bastante alarmantes. Me
pareció conveniente escucharle.
Wolfe era un
hombre grueso, ancho de cuerpo, de pecho voluminoso y piernas cortas y sólidas.
Su cabeza, coronada por un revoltijo de cabello entrecano, parecía de tamaño
superior al normal.
Se adelantó con
vivacidad y estrechó la mano de Wilson.
- Lamento ser
portador de noticias tan desagradables - se disculpó.
- Anoche -
intervino el Presidente -, o mejor dicho durante la madrugada de hoy, un
granjero que vive cerca de Harper's Ferry fue despertado por unos ruidos en su
gallinero. Salió y encontró el gallinero lleno de bestias extrañas,
aproximadamente del tamaño de unos jabalís. Disparó y huyeron, menos una que
casi quedó partida en dos por la perdigonada. El granjero fue atacado. Se
encuentra en el hospital. Me han dicho que vivirá, pero sus heridas son
terribles. A juzgar por su relato, es seguro que los seres del gallinero eran una
nueva camada de monstruos.
- ¡Pero eso es
imposible! - exclamó Wilson -. El monstruo escapó hace sólo...
- El doctor
Wolfe vino a verme anoche - intervino Foote -, poco después de que el monstruo
escapara del túnel. La verdad es que no le creí, pero cuando recibí el parte
sobre lo ocurrido en el gallinero, transmitido por el jefe de una patrulla del
oeste de Virginia, le llamé y le pedí que viniera a la Casa Blanca. Doctor,
discúlpeme por no haber dado crédito a sus palabras desde el principio.
- Pues yo sigo
diciendo que es imposible - afirmó Wilson.
- No, no es
imposible. Son seres muy diferentes de cuantos conocemos - explicó Wolfe -. Los
procesos evolutivos de estos monstruos no se parecen a nada de lo que usted
pueda concebir. Su reacción a las exigencias del medio desafía a toda
descripción. Sabemos algo y hemos deducido lo demás, pero estoy convencido de
que, en una situación de peligro, el desarrollo de esos monstruos puede
acelerarse hasta límites fantásticos. Una hora puede bastarles para empollar y,
una hora después, salen a buscar alimento. La urgencia percibida por el
progenitor se transmite a la prole, en una situación de crisis para ambos. El
progenitor lo sabe conscientemente, y aunque las crías normalmente no deberían
saberlo, de algún modo extraño y desconocido para mí la reacción de temor se
comunica al embrión. Esto acelera su desarrollo y le hace alcanzar más pronto
la madurez reproductora, a su vez. Es una reacción genética ante un peligro
para la supervivencia. Los monstruos jóvenes experimentan una mutación que
resultaría inconcebible en una especie terrestre. Son seres de una raza extraña
que tiene la capacidad única e innata de aprovechar todos los recursos del
mecanismo evolutivo.
Wilson buscó
una silla y se dejó caer sin fuerzas. Miró al Presidente.
- ¿Se ha
filtrado algo de esto?
- No - repuso
el Presidente -, nada. La esposa del granjero telefoneó al sheriff. La patrulla
acababa de llegar al sector y el oficial estaba hablando con el sheriff cuando
se recibió la llamada. El oficial se ocupó de echarle tierra al asunto. Por eso
ha venido el doctor Wolfe. No podremos ocultarlo indefinidamente. Se sabrá...
si no esta vez, sí la próxima. Puede haber centenares de crías en los montes;
serán vistas y se sabrá todo. No podemos ni debemos callarlo.
- El problema
estriba en cómo dar la noticia sin crear el pánico - dijo Wilson.
- Si lo
callamos - afirmó el Presidente -, perjudicaremos nuestra credibilidad y se
dudará de todo lo que digamos. Además, es una cuestión de seguridad pública.
- Dentro de
pocos días - intervino Foote -, todas las montañas estarán pobladas de
monstruos adultos. Lo más probable es que se dispersen. Podremos cazar algunos,
pero no a todos; tal vez sólo un pequeño porcentaje. El único modo de lograrlo
sería lanzar a ello todos los hombres disponibles.
- Se
dispersarán, en efecto - dijo Wolfe -. Al hacerlo, aseguran sus posibilidades
de supervivir. Y se desplazan con rapidez. En un día pueden ir de Nueva
Inglaterra a Georgia. Al principio se mantendrán en terreno montañoso para
ocultarse, pero luego comenzarán a bajar de las montañas.
- ¿Cuánto
supone que tardarán en poner huevos a su vez? - preguntó Wilson.
Wolfe abrió las
manos.
- ¿Quién puede
saberlo? - preguntó.
- ¿Usted qué
cree?
- Una o dos
semanas, supongo.
- ¿Cuántos
huevos en una nidada?
- Un par de
docenas. Comprenda que no lo sabemos. No pudimos estudiar muchos nidos.
- ¿Cuándo
comenzarán a matar?
- Ahora mismo.
Necesitan comer para crecer. Matarán mucho, animales salvajes o de granja, y
quizá seres humanos. No muchos, al principio. Si devorasen hombres llamarían
demasiado la atención. Aunque guerreros, conocen la vulnerabilidad momentánea
que representa su escaso número. Puede haber asesinos psicópatas entre ellos,
pero no son estúpidos.
- Ahora
disponemos de pocas fuerzas - dijo el Presidente -. Tendremos que emplear
muchas más, con aviones y helicópteros para localizar a los monstruos. Cuando
venga Sandburg nos dirá lo que podemos hacer. Seguramente habrá que declarar la
movilización general y repatriar tropas del extranjero. No sólo hemos de cazar
los monstruos, sino además atender a los campamentos de refugiados.
- No queremos
estar mano sobre mano. Somos muchos miles. Facilítenos armas y ayudaremos a su
Ejército. Conocemos a esos seres, y somos culpables de su venida. Tenemos el
deber y...
- No les
faltará quehacer, más adelante - le interrumpió el Presidente -. Movilizarles a
ustedes sería una tarea ingente. De momento sólo recurriremos a nuestros
hombres.
- ¿Qué hacemos
con los habitantes de la región? - preguntó Wilson -. ¿Los evacuamos?
El Presidente
meneó la cabeza.
- Me parece que
no, Steve. Ya son muchos refugiados a nuestro cargo y prefiero esperar que por
ahora nuestros monstruos no sean demasiado agresivos. Tal vez opten por
ocultarse. Aunque se produzcan algunos accidentes, hay que aceptarlos. Es todo
cuanto podemos hacer.
- Creo que
tiene razón - dijo Wolfe -. Por ahora están en inferioridad numérica y deben
ganar fuerzas. Durante algún tiempo, los cachorros no constituirán un peligro
demasiado grande. Tendrán que ganar en tamaño y peso. También supongo que
vacilarán en desafiar más armas mortíferas, con una densidad de fuego mucho
mayor de la que nosotros pudimos esgrimir contra ellos. Nosotros habíamos
vivido en paz durante tanto tiempo, que olvidamos la mayor parte de las
técnicas militares y tuvimos que partir de cero en la construcción de
armamentos.
- Le espera una
jornada movida, señor Presidente - comentó Foote -. Si no desea nada más de
nosotros...
El Presidente
se puso en pie y rodeó el escritorio para tomar a ambos de la mano.
- Agradezco su
visita - dijo -. Vamos a ocuparnos de esto en seguida.
Wilson hizo
intención de irse.
- ¿Convoco
ahora mismo a la Prensa? - preguntó -. ¿O espero a que haya hablado con el
Ejército?
El Presidente
dudó un momento.
- Creo que
ahora mismo - respondió -. Conviene que seamos los primeros en comunicarlo. Los
militares lo han ocultado pero no podrán hacerlo por mucho tiempo. Voy a
recibir una delegación del Senado. Sería mejor publicarlo antes de que entren.
- Hay otro
asunto - agregó Wilson -. Usted dormía y no quise despertarle. Un maletín lleno
de diamantes...
- ¿Diamantes?
¿A qué viene eso?
- Es un asunto
bastante raro, señor - respondió Wilson -. ¿Recuerda el maletín que llevaba
Gale...?
- ¿Había diamantes
en ese maletín?
- Completamente
lleno, en bolsas. Abrió una y esparció los diamantes sobre el escritorio. Dijo
que las demás bolsas también contenían diamantes y me parece que podemos
creerlo. Los refugiados se proponían pagar con ello lo que se gastara en
facturarlos al mioceno.
- Ya me habría
gustado ver la cara que puso usted cuando le enseñaron los diamantes - dijo el
Presidente -. ¿Qué hizo?
- Llamé a Jerry
Black y puse a Gale bajo escolta. Insistí en que se guardara los diamantes.
- Bien hecho -
comentó el Presidente -. Voy a llamar al Tesoro para que se haga cargo del
depósito provisional, y que Reilly Douglas compruebe la legalidad de todo esto.
¿Ha calculado cuánto pueden valer los diamantes?
- Gale dice
que, a los precios actuales, hasta un billón de dólares. Eso si pueden lanzarse
al mercado poco a poco, sin baja de los precios. Como comprenderá, son para
todo el mundo y no sólo para nosotros. Gale nos los deja en depósito; dijo que
éramos el único Gobierno en quien confiaban.
- ¿No se da
cuenta de que puede ser muy peligroso? Si se supiera...
- Lo único que
entendí, a decir verdad - respondió Wilson -, es que trataban de ayudar.
Quieren pagar su viaje.
- Lo creo -
concluyó el Presidente -. Sepamos qué opina Reilly.
34
Desde primeras
horas de la mañana, la multitud empezó a congregarse en el Parque Lafayette,
frente a la Casa Blanca.
Era el mismo
grupo silencioso pero desafiante que había montado guardia todo el domingo.
Ahora llevaban algunos carteles. Uno, escrito con letras muy burdas, decía:
RETORNO AL MIOCENO.
Otro: TRAED
VUESTROS DIENTES DE SABLE. Y un tercero: QUEREMOS DEJAR ESTE PIOJOSO MUNDO.
Un periodista
se abrió paso entre el grupo y se acercó al melenudo que portaba el cartel de
RETORNO AL MIOCENO.
- ¿Quiere
explicarme qué ocurre? - preguntó.
- Hombre -
respondió el joven con impaciencia -, aquí lo puede leer. Lo dice bien claro.
- No entiendo
qué pretenden manifestar - dijo el periodista -. ¿O no hay nada que manifestar
esta vez?
- Esta vez no -
replicó el portador del cartel -. Otras veces hemos intentado manifestar algo y
nunca nos hicieron caso - apuntó con el pulgar hacia la Casa Blanca -. Ese
fulano parece estar sordo. Todos parecen sordos.
- Esta vez -
intervino una muchacha que se hallaba junto al portador del cartel - no nos
manifestamos. Sencillamente, exigimos retornar al mioceno.
- O al eoceno -
dijo otra muchacha -. O al paleoceno. A cualquier sitio que esté lejos de este
maldito lugar. Queremos dejar este mundo cruel y empezar de nuevo. Deseamos
regresar y fundar la clase de mundo que queremos. Hace años que intentamos
reformar la sociedad y no hemos conseguido nada. En vista de que no podemos
cambiarla, hemos intentado salir de ella. Por eso se fundaron las comunas. Pero
la sociedad no nos deja tenerlas. Van y nos devuelven a casa. No quieren
soltarnos.
- Pero ahora
tenemos la solución - intervino el portador del cartel -. Si la gente del
futuro se va al pasado, a nosotros no pueden prohibírnoslo. A nadie le
molestará que nos larguemos. La mayoría lo celebrarán.
- Creo que
podríamos llamar a esto un movimiento - resumió el periodista -. Casi todo lo
que ustedes hacen recibió ese nombre. ¿Les molestaría decirme cuántos son?
- En absoluto -
respondió la muchacha -. Ahora no seremos más de quince o veinte. Pero escriba usted
su artículo, consíganos un espacio en televisión, y seremos miles. Vendrán de
Chicago, Nueva York, Boston y Los Angeles. Seremos más de los que esta ciudad
pueda contener. Porque, como comprenderá, esta es nuestra primera posibilidad
auténtica de irnos.
- En efecto -
admitió el periodista -. Lo entiendo. Pero, ¿qué piensan hacer? ¿Echar abajo la
puerta de la Casa Blanca?
- Si quiere
decir que nadie nos hará caso, tal vez tenga razón - repuso el portador del
cartel -. Pero dentro de veinticuatro horas, nos harán caso. Y dentro de
veintiocho saldrán a la calle para parlamentar con nosotros.
- No ignoran
ustedes que todavía no existen los nuevos túneles del tiempo. Y tal vez no
lleguen a existir. Se necesitarían materiales y mano de obra...
- Aquí está la
mano de obra, señor. No tienen más que pedirla. Entréguennos picos y palas.
Entréguennos llaves inglesas. Entréguennos cualquier cosa y digan qué hemos de
hacer. Trabajaremos sin parar. Haremos cualquier cosa con tal de salir de aquí.
No pedimos ni salario ni nada, sólo que nos dejen ir.
- Escríbalo -
dijo la muchacha -. Póngalo tal como se lo hemos explicado.
- No queremos
crear dificultades - agregó el melenudo -. No somos alborotadores. Sólo
deseamos que ellos se enteren y éste es el único modo de hacerlo.
- Si nos dejan,
no pediremos nada - afirmó la muchacha -. Nos gustaría tener algunas azadas y
hachas, y quizás ollas y sartenes. Pero si no nos lo dan, nos iremos con las
manos vacías.
- Los hombres
prehistóricos se las arreglaron con hachas de piedra - comentó el portador del
cartel -. Podemos hacer lo mismo si es necesario.
- ¿Por qué
pierde el tiempo escuchándoles? - terció un individuo corpulento, de cuya boca
colgaba un cigarro -. No saben más que hablar. Son unos cagones. No quieren ir
a ningún sitio; lo único que quieren es fastidiar.
- Se equivoca -
dijo el hombre del cartel -. Queremos que se nos haga caso. ¿Por qué íbamos a
quedarnos, habiendo idiotas como usted?
El hombre del
cigarro intentó agarrar el cartel y una de las muchachas le dio un puntapié en
la espinilla. Retrocedió y se le escapó el cartel. El melenudo le golpeó en la
cabeza con el palo, y un hombre que acompañaba al tipo del cigarro golpeó al
portador del cartel en la mandíbula.
Estalló una
pelea, pero llegó la policía y los disolvió.
35
Judy ocupaba su
escritorio. Empezaban a acumularse notas en el pincho. Los avisadores de la
centralita lanzaban destellos.
- ¿Has dormido?
- preguntó Wilson.
Ella le miró.
- Un poco. Me
desvelé pensando. Tuve miedo. Esto no marcha, ¿verdad, Steve?
- No marcha -
respondió -. Es demasiado para nosotros. De no existir el factor tiempo, sería
más fácil. Si tuviéramos un poco de tiempo...
Judy indicó la
puerta que daba a la sala.
- No les dirás
eso, ¿verdad?
Wilson sonrió.
- No, eso no.
- Han preguntado
cuándo hablarías con ellos.
- En seguida -
informó.
- Será mejor
que te lo diga, pues no serviría de nada ocultártelo - agregó la muchacha -. Me
voy a casa. Regreso a Ohio.
- Pero si te
necesito aquí.
- Pide otra
secretaria. Dentro de dos días no notarás diferencia.
- No quise
decir eso...
- Ya te
entiendo. Me necesitas para la cama. Así hemos pasado... ¿seis meses? Es esta
maldita ciudad, que ensucia todo lo que toca. En otro lugar nos habríamos
entendido bien, pero no aquí.
- Maldita sea, Judy
- dijo -, ¿qué te pasa? Sólo porque no fui a tu casa anoche...
- Quizá sea
eso, en parte. Pero naturalmente hay más. Tenías que cumplir con tu deber. Pero
me sentí muy sola y habían ocurrido demasiadas cosas. Estuve pensándolo y me
asusté. Quise llamar a mi madre pero las líneas estaban ocupadas. Una pobre
muchacha asustada, corriendo a reunirse con su mamá. Fue como si hubiera
cambiado de repente. Ya no era la eficaz y desenvuelta ciudadana de Washington,
sino una chiquilla pueblerina de Ohio. Eso fue porque estaba asustada. Dime,
¿no es normal que tuviera miedo?
- Es natural -
respondió, lacónico -. Yo también estoy asustado. Todos tenemos miedo.
- ¿Qué va a
pasar ahora?
- Que me parta
un rayo si lo sé. Pero no hablábamos de eso.
- Monstruos
sueltos - agregó Judy -, exceso de bocas que alimentar. Y todos luchando contra
todos o preparándose a luchar.
- Estábamos en
que te ibas a Ohio. No te preguntaré si lo has dicho en serio, porque me
consta. Es una suerte que sepas dónde refugiarte. La mayoría de nosotros no
tenemos adónde ir. Querría convencerte, pero eso sería injusto y egoísta de mi
parte. Sin embargo, te ruego que te quedes.
- He reservado
pasaje - explicó -. Con todo ese lío del teléfono, lo conseguí de milagro. El
pánico está cundiendo por todo el país. En momentos así, una se siente muy
desvalida.
- Ohio no te
gustará. Te arrepentirás en seguida. Si tienes miedo en Washington, también lo
tendrás en Ohio.
- Me voy,
Steve. Tomaré el avión a las seis y cuarto de esta tarde.
- ¿No hay nada
que hacer?
- Está decidido
- repuso.
- Entonces,
será mejor que hagas pasar a los periodistas. Tengo algunas novedades para
ellos.
36
El senador
Andrew Oakes se incorporó un poco desde las profundidades del sillón donde
estaba hundido.
- Señor
Presidente, no estoy muy seguro de que sea acertado repatriar las tropas - dijo
-. Nuestras bases necesitan guarnición. Me parece que nos estamos poniendo
demasiado nerviosos. Unos bichos sin importancia atacan un gallinero al oeste
de Virginia, y nosotros repatriamos varias divisiones. Parece exagerado. Y
tampoco creo que haya sido acertado hablar de esos bichos a los periodistas.
Todo el país quedará trastornado.
- Senador -
intervino el congresista Nelson Able -, creo que confunde usted la cuestión. No
se nos ha llamado para decidir si había que repatriar divisiones, sino para
comunicarnos que ya están en camino, y por qué lo hacen.
- De todas
formas, creo que al Presidente Henderson le interesará conocer nuestra opinión
- repuso el senador Oakes -. Aunque no coincida con nosotros, me parece que
debemos decírsela.
- Exacto,
Andrew - intervino el Presidente -. Como sabes, llevo muchos años escuchándote
y casi siempre me ha interesado lo que decías, aunque esto no significa que
coincidiese contigo. Por lo general, discrepamos.
- Lo sé - dijo
Oakes -, pero eso no me impedirá decir lo que pienso. Y opino que es una gran
idiotez repatriar las tropas. La persecución de algunos monstruitos aficionados
a matar gallinas no exige todo nuestro poder militar.
- Se nos ha
dicho - comentó el senador Brian Dixon - que estos seres dejarán de ser
monstruitos. El modo más inteligente de combatirlos es liquidarlos antes de que
haya más o lleguen a crecer.
- ¿Cómo sabemos
si crecerán o se multiplicarán de verdad? - insistió Oakes -. Confiamos en unas
personas que se vinieron corriendo porque no fueron capaces de luchar. Y no
lucharon, porque habían bajado la guardia. Desatendieron los gastos militares y
de armamento...
- ¡Alto,
senador! - protestó el congresista Able -. Guárdese sus discursos militaristas
para el Senado. Allí le sirven de propaganda y causan impresión al público.
Pero aquí estamos entre nosotros, que no nos dejamos impresionar.
- Caballeros -
interrumpió el Presidente -, nos estamos apartando del tema. Con toda la
consideración debida a las opiniones del senador, los militares serán
repatriados. El motivo es que el secretario de Defensa y los jefes de Estado
Mayor me han asegurado que las fuerzas se necesitan aquí. La cuestión ya ha
sido discutida, y el criterio predominante es que no podemos arriesgarnos a
fallar. Tal vez hayamos exagerado nuestro celo, pero eso vale más que la
negligencia. Es posible que la gente del futuro tenga pocas cosas que
enseñarnos, pero yo me inclino a pensar lo contrario. Se han enfrentado a los
monstruos durante veinte años y me parece que sabrán de ellos mucho más que
nosotros. He hablado con miembros de la Academia de Ciencias, y dicen que si
bien las características atribuidas a los monstruos son singulares, no
contradicen ninguna de las leyes biológicas que conocemos. Así pues, nadie dirá
que haya faltado responsabilidad en nuestras decisiones. Debido a la urgencia
nos hemos movido con rapidez, pues no teníamos tiempo de someter esto a debate.
Sin replicar,
Oakes se hundió en el sillón, refunfuñando.
- Se dijo que
había un monstruo suelto en el Congo - informó el congresista Wayne Smith -.
Señor, ¿han averiguado algo más?
- No -
respondió el Presidente -. No estamos seguros de si escapó. Los informes son de
escasa confianza.
- ¿No han solicitado
ayuda para cazarlo?
- No -
respondió el Presidente -, nada oficial.
- ¿Y sobre los
túneles, señor? Las últimas noticias parecen contradictorias. Sabemos que
algunos han cerrado, pero en conjunto no se entiende lo que pasa.
- Seguramente
sabes tanto como nosotros, Wayne. El túnel de Virginia está cerrado. Otros dos
se cerraron sin nuestra intervención, uno en Wisconsin y el otro en Texas.
Supongo que ésos los cerraron las personas del futuro cuando se acercaron
demasiado los monstruos. O eso; o hubo una avería. Los demás túneles de los
Estados Unidos siguen funcionando.
- ¿No le parece
que pudieron cerrar esos dos tras haber pasado todos los fugitivos? Tarde o
temprano habrá de cesar su venida.
- Sabemos que
el túnel de Wisconsin cerró porque hubo un ataque al otro lado. Nos lo dijo el
último que salió. Ignoro el motivo del cierre en Texas. Pero, respondiendo a su
pregunta, espero que pronto los túneles empiecen a cerrar por haber terminado
su función.
- Señor
Presidente - dijo el senador Dixon -, ¿qué se sabe en cuanto al aspecto
práctico de la construcción de nuevos túneles? ¿Podemos construirlos para
evacuar al pasado a esas personas?
- A lo que
parece, sí - respondió el Presidente -. En estos momentos, nuestros físicos e
ingenieros colaboran con científicos e ingenieros de los refugiados. Estos
últimos han elegido los emplazamientos de los túneles. Lo mejor es que no
necesitamos construir tantos túneles como ellos para venir aquí. Para regresar
al mioceno no existe la urgencia inmediata que había para llegar aquí. Los del
futuro construyeron muchísimos túneles porque les corría prisa el salir, para
salvar una parte considerable de la población. Tengo entendido que no se
construirán túneles en los países más pequeños. Con nuestros medios de transporte
normales podrán alcanzarse los túneles desde varios cientos de kilómetros de
distancia. De hecho, es más fácil transportar a los refugiados que construir
muchos túneles. El caso es tenerlos terminados y evacuar a la gente antes de
que los refugiados se nos coman vivos.
- Así pues, la
construcción de los túneles no excede de nuestros medios. Sólo necesitamos
tiempo, dinero y mano de obra.
- Exacto,
Brian. La mano de obra no será problema. Los refugiados suman una fuerza
laboral ingente y dispuesta. Hace una hora me llamó Terry Roberts para decirme
que nuestros obreros no se oponen a que los empleemos en esto que podríamos
calificar de proyecto federal. Terry me asegura que los sindicatos han ofrecido
su colaboración hasta el punto de renunciar, si fuese necesario, a la prioridad
de sus afiliados sobre los nuevos puestos de trabajo. El problema no son los
obreros, sino la financiación. Aunque la industria esté tan dispuesta a
colaborar como los sindicatos, es necesario transformar las cadenas de
producción para lanzar la fabricación de piezas para los túneles. Normalmente,
el replanteo de las cadenas es un proceso caro y que requiere tiempo. Pero como
hemos de empezar en seguida y sin interrupciones para terminar en una fracción
del tiempo normalmente necesario, el coste se multiplica de un modo casi
inconcebible. Todos los productos industriales subirán. Tengan presente que el
problema no es sólo nuestro, sino de todo el mundo. La mayor parte del trabajo
será realizado por las naciones industrializadas: nosotros, Alemania, Rusia,
Francia, Gran Bretaña, China, Japón y algunos países más deben construir, no
sólo para sí mismos, sino para todo el mundo. Aunque no hemos de fabricar
tantos túneles como la gente del futuro construyó para venir aquí, deben ser
suficientes para una distribución uniforme cuando regresen al mioceno. Pues,
aunque la población del futuro no es tan numerosa como la nuestra, aún sigue
siendo necesario repartirla. No sería posible construir una nueva civilización
en el pasado si lanzáramos demasiada gente en un solo lugar. Y la preparación
de los túneles es sólo una parte, aunque la mayor y la más importante, del
problema industrial que se nos plantea. También hay que suministrar a los
refugiados herramientas, ganado y semillas para comenzar de nuevo. Sólo para
los aperos, ocuparemos una capacidad industrial considerable.
- ¿Ha hablado
con los representantes de la patronal?
-
Personalmente, no. Entre los empresarios hemos realizado algunos tanteos para
ver cómo reaccionan. Aún no tengo noticias, pero espero que la reacción sea
positiva. Lo contrario me decepcionaría. Ellos también se juegan el pellejo.
Oakes habló
desde su sillón.
- Señor
Presidente, ¿cuánto va a costar todo esto, en números redondos?
- Ni idea -
respondió el Presidente.
- Pero será
caro.
- Lo será.
- ¿Quizá mucho
más que el presupuesto de Defensa que tanto suele espantarles?
- Naturalmente,
usted desea que se lo confirme. Pues no tengo inconveniente - dijo el
Presidente -. Sí, será más costoso que el presupuesto de Defensa, mucho más.
Costará incluso más que una guerra. Quizá nos arruine. El mundo entero podría
quedar en bancarrota, pero, ¿qué quiere que hagamos? ¿Salir y disparar contra
los refugiados? Eso resolvería el problema. ¿Prefiere esa solución?
Con un gruñido,
Oakes volvió a hundirse en el sillón.
- Se me acaba
de ocurrir una cosa - intervino Able -. Cualquiera que sea el coste, creo que
hay una oportunidad de recuperar la inversión. Los refugiados provienen de una
época que habrá resuelto muchos problemas tecnológicos, que habrá desarrollado
nuevas técnicas. Ellos mencionaron la energía de la fusión atómica. Nosotros no
estamos cerca de conseguirla; quizá nos cueste años llegar a ello. Sería un
gran paso hacia adelante contar con la energía de fusión. Sin duda, habrá muchas
cosas más. Supongo que a cambio de lo que estamos dispuestos a hacer por ellos,
podrían darnos a conocer los fundamentos de estos avances tecnológicos...
- Sería la
ruina - señaló Oakes, iracundo -. Eso acabaría la destrucción que ellos han
comenzado. Tomemos como ejemplo la energía de fusión. Caballeros, en un abrir y
cerrar de ojos se hundirían las industrias del gas, el petróleo y el carbón.
- Y la
profesión médica también - dijo Able -, si la gente del futuro ha descubierto
la curación del cáncer.
Dixon señaló:
- Es verdad lo
que ha dicho. Si conociéramos todos los adelantos científicos y tecnológicos, y
tal vez los progresos sociales y políticos que se alcanzarán durante los
próximos quinientos años, estaríamos frescos. Cualquiera sabe a quién pertenecerían
los nuevos conocimientos y métodos. ¿Al hombre que logró obtener la
información, sin tener en cuenta cómo la consiguió? ¿A los gobiernos? ¿O al
mundo en general? Si perteneciera a los gobiernos y al mundo, ¿cómo sería
administrada o llevada a la práctica? En el mejor de los casos, habría que
resolver muchos problemas difíciles.
- Todo esto es
hablar por hablar - afirmó el congresista Smith -. Por ahora no son más que
especulaciones. Considero que ahora tenemos dos problemas inmediatos. Debemos
librarnos de los monstruos, y hacer lo posible por evacuar la gente del futuro
hacia el mioceno. ¿Opina lo mismo, señor Presidente?
- Exactamente -
dijo el interpelado.
- Tengo
entendido que va a entrevistarse usted con el embajador ruso - rugió Oakes.
- Andy, se
supone que tú eso no puedes saberlo.
- Bueno, ya
sabe lo que pasa, señor Presidente. Uno lleva bastante tiempo en el Senado y se
entera de muchas cosas. Incluso de algunas que no debería saber.
- No es ningún
secreto - aseguró el Presidente -. No sé a qué viene. En este asunto hemos
procurado trabajar codo a codo con todos los gobiernos. He hablado por teléfono
con varios jefes de Estado, incluido el ruso. Supongo que la visita del
embajador será para detallar algún punto de las conversaciones.
- Quizá - dijo
Oakes -. Me pongo un poco nervioso cuando los rusos se interesan demasiado por
algo.
37
En el bosque de
avellanos contiguo al minúsculo maizal se intuía vagamente una presencia, un
algo inquietante que no acababa de definirse. Algo acechaba allí. El sargento
Gordy Clark estaba seguro, pero ni él mismo sabía cómo lo había adivinado...
Algún instinto desarrollado en cientos de patrullas por campo enemigo; el sexto
sentido del veterano que sabe cubrirse y sobrevivir donde otros mueren. Algo que
ni él mismo ni nadie podía definir le advertía que estaba siendo observado por
entre los árboles.
Permaneció
quieto, conteniendo la respiración en su esfuerzo por mantener una inmovilidad
perfecta, tendido sobre un caballón en la linde del maizal. Con el tubo
lanzacohetes apoyado en un tronco viejo y podrido y la mira apuntando a la
arboleda. Podía ser un perro o un niño, se dijo, o tal vez nada. Pero no
conseguía persuadirse de que no fuese nada.
Se había
cubierto detrás de un arbusto cuyas ramas le ocultaban a los ojos de quien
pudiera estar escondido entre los árboles. Oyó el débil murmullo del arroyo que
discurría detrás del maizal; desde la hondonada donde se hallaban los edificios
de la granja llegaba el cacareo estúpido de las gallinas.
No se veía a los
demás hombres de la patrulla. Sabía que debían estar cerca, pero tenían buen
cuidado de no delatar su presencia. Eran soldados profesionales y competentes
en su trabajo. Podían moverse como sombras por entre los árboles. Ningún ruido
ni agitación de matorrales les descubriría.
El sargento
sonrió con expresión feroz. Eran buenos hombres. Él los había entrenado. El
capitán se atribuía a sí mismo ese mérito, pero no. Había sido el sargento
Gordon quien los instruyó a golpes. Por supuesto, todos le odiaban y no podía
ser de otro modo. A veces, del odio podía surgir el respeto. Por miedo o por
respeto, pensó, lo que importaba era ser obedecido sin rechistar. Algunos, en
el pasado - no ahora, sino en algún momento del pasado - tal vez soñaron con
volarle de un tiro la tapa de los sesos. Y no les faltarían ocasiones, pero no
lo hicieron. Porque le necesitaban, se dijo el sargento; no tanto a su persona,
como al odio que sentían hacia él. Nada mejor que una buena dosis de odio para
mantener la moral del soldado.
El granjero de
la hondonada creyó que había visto algo. No pudo distinguir bien lo que era,
pero el atisbo que tuvo fue de algo horroroso, algo nunca visto, que ningún
hombre podía imaginar. El granjero se había estremecido al contárselo al
capitán.
La cosa que se
ocultaba en la arboleda salió. Salió a tal velocidad que parecía difuminarse.
Luego, no menos súbitamente, se detuvo en la franja de terreno despejado entre
la arboleda y el campo.
Al sargento se
le cortó la respiración y se le revolvieron las tripas, mas no por eso dejó de
apuntar su lanzacohetes centrando la mira en la gran panza del monstruo, y su
dedo empezó a curvarse sobre el disparador.
Entonces
desapareció. A través de la mira sólo se veía el matorral espinoso del lindero
del bosque. El sargento siguió mirando a través del anteojo, pero apartó el
dedo del gatillo.
El monstruo no
se había movido. Estaba seguro de ello. Sencillamente había desaparecido.
Estuvo una fracción de segundo allí y, a la siguiente, ya no. No podía ser tan
rápido. Cuando salió del matorral parecía una mancha difuminada por la rapidez
de sus movimientos. Pero luego no quedó ni mancha ni nada.
El sargento
Clark alzó la cabeza y se arrodilló. Se pasó una mano por la cara y se asombró
al comprobar que la retiraba cubierta de una humedad grasienta. No se había
dado cuenta de que sudaba.
38
Fyodor Morozov
era buen diplomático y buena persona - dos cosas no tan incompatibles como
pudieran parecer -, y no le hacía muy dichoso aquella gestión. Además, se dijo,
conocía a los americanos, y con ellos no serviría. Evidentemente, los pondría
en un aprieto y los haría quedar mal a los ojos de todo el mundo; normalmente,
eso no le habría importado. Pero en las circunstancias actuales los americanos,
por lo que hacía al caso, cualquier otro país, no estarían para florituras
diplomáticas, y por tanto era imposible prever qué resultaría de aquella
reacción.
El Presidente
le esperaba; cuando entró vio que le acompañaba el secretario de Estado, como
era de esperar. El Presidente se deshizo en amabilidades, pero Fyodor notó que
Thornton Williams estaba algo desorientado, si bien hacía grandes esfuerzos por
ocultarlo.
El Presidente
inició la conversación después de los saludos protocolarios.
- Siempre es un
placer su visita, señor embajador - comenzó -, cualquiera que sea el motivo.
Dígame, ¿podemos complacerles en algo?
- Mi Gobierno
solicita entablar conversaciones con el suyo, tan extraoficiales como lo
permitan nuestros respectivos cargos oficiales, sobre una cuestión de seguridad
que a mi entender concierne a ambos, si no a todos los gobiernos.
Hizo una pausa
y ellos aguardaron a que continuara. Si algo adivinaban, no lo dieron a
entender. Aquello no facilitaba su papel.
- Se trata del monstruo
extraterrestre que escapó de un túnel del Congo - explicó -. Según nuestras
referencias, no cabe duda de que los monstruos deben ser exterminados. Puesto
que el Congo no tiene fuerza militar ni policía suficiente para hacerlo, mi
Gobierno ha ofrecido enviar voluntarios, y nos disponemos a consultar a Gran
Bretaña, Francia y otras naciones, para saber si desean tomar parte en una
expedición conjunta para cazar al monstruo.
- Señor
embajador - intervino Williams -, no creo que su Gobierno haya estimado
necesaria nuestra autorización para emprender tan humanitaria iniciativa.
Supongo que asumirá la responsabilidad de retirar todas las fuerzas tan pronto
como el monstruo haya sido capturado.
- Claro que sí.
- Entonces, no
comprendo el motivo de su visita.
- También hay
que contemplar la cuestión del monstruo, o de los monstruos, pues según tengo
entendido hay varios, que andan sueltos por el territorio de ustedes - explicó
Fyodor -. Estamos dispuestos a prestarles la misma ayuda que ofrecimos al
Congo.
- Es decir, que
estarían dispuestos a prestarnos algunas fuerzas para perseguir a los monstruos
- resumió el Presidente, divertido.
- Creo que
preferimos una palabra algo más enérgica que la de «dispuestos» empleada por
usted - especificó el embajador -. A menos que puedan garantizar una eficacia
absoluta en la contención y destrucción de los monstruos, tendremos que
exigirlo. El problema no es de orden nacional; afecta a la comunidad
internacional. Esos animales deben ser aniquilados. Si no pueden asegurarlo,
deberán aceptar cualquier ayuda que se les ofrezca.
- Naturalmente,
se habrá enterado de que repatriamos nuestras tropas de ultramar - comentó
Williams.
- Lo sé, señor
secretario; pero faltaría saber en qué plazo podrán hacerlo. Nuestros militares
calculan que tardarían ustedes treinta días como mínimo, Y que quizá no sean
suficientes. También faltaría saber si tienen bastantes efectivos para cubrir
el territorio amenazado.
El Presidente
dijo:
- Le aseguro
que agradecemos su interés.
- Mi Gobierno
opina que, si bien ustedes preferirán emplear sus propias tropas, como es
natural, el terreno quedará controlado mejor y más pronto si aceptan la ayuda
que ofrecemos y que, sin duda, también ofrecerán otras naciones si ustedes se
muestran dispuestos a...
- Señor
embajador - le interrumpió el Presidente -, estoy convencido de que usted sabe
que no debía proponernos una oferta tan improcedente. Si la buena voluntad de
su Gobierno fuese sincera, habrían planteado la cuestión de un modo muy
diferente. El único propósito de su visita es ponernos en apuros. Naturalmente,
ha fracasado. No nos sentimos apurados en lo más mínimo.
- Me alegro de
que así sea - respondió Fyodor con serenidad -. Pensamos que lo correcto era
hablar extraoficialmente, antes de tomar otras medidas.
- Supongo -
dijo Williams - que ahora presentarán la cuestión ante la ONU, donde intentarán
ponernos en aprietos ante la opinión mundial.
- Caballeros,
no se empeñen en tergiversar la cuestión - señaló el embajador -. Es verdad que
nuestros países han tenido diferencias en el pasado. No siempre nos hemos
sentado a «pensar juntos». Pero en las circunstancias actuales, todo el mundo
debe estar unido. Tal es el único motivo de nuestra proposición. Para nosotros
está totalmente claro, aunque no lo esté para ustedes, que la rápida
eliminación de los monstruos es de interés internacional, y que están obligados
a aceptar toda la ayuda que puedan necesitar. No nos gustaría tener que
comunicar a las Naciones Unidas que no cumplen con sus obligaciones.
- No nos corresponde
sugerirles lo que deben comunicar a la ONU - señaló Williams, cortante.
- Si deciden
aceptar nuestra oferta - agregó el embajador -, permitiríamos que la iniciativa
quedara en sus manos. Si desean ser los primeros en solicitar a otras naciones,
como por ejemplo el Canadá, Gran Bretaña, Francia y nosotros, la formación del
cuerpo expedicionario que precisan, no mencionaremos esta conversación
extraoficial. Naturalmente, los periodistas sabrán de mi visita, y me harán
preguntas, pero les diré que era parte de los contactos permanentes entre ambos
países sobre el problema de los refugiados. Es algo lógico.
- Querrá
comunicar una respuesta a su Gobierno - comentó el Presidente.
- No es preciso
que sea en seguida - respondió Fyodor -. Entendemos que han de deliberar. La
ONU no se reúne hasta mañana a mediodía.
- Supongo que
si pidiéramos a nuestros amigos en la comunidad de naciones que nos
suministraran fuerzas y no les incluyéramos a ustedes, lo considerarían como
una ofensa y publicarían una nota de protesta.
- No puedo
responder con seguridad, aunque creo que sí.
- Esto me
parece una triquiñuela diplomática - comentó el secretario de Estado -. Hace
años que le conozco, y le apreciaba. Son tres o quizá cuatro... en fin, más de
tres años los que lleva entre nosotros, y sin duda habrá aprendido a
conocernos. Espero que personalmente no estará de acuerdo con la índole de esa
propuesta.
Fyodor Morozov
se puso lentamente en pie.
- Les he
comunicado el mensaje de mi Gobierno - dijo -. Agradezco su atención.
39
En Nueva York,
en Chicago, en Atlanta, los manifestantes cargaban contra los cordones
policiales. Los carteles decían: NADIE LES PIDIÓ QUE VINIERAN. ABAJO LA
CARESTÍA DE LA VIDA. NO QUEREMOS MORIRNOS DE HAMBRE. Las multitudes lanzaban objetos:
piedras, ladrillos, botes de hojalata aplastados y afilados para que tuvieran
bordes cortantes, bolsas de plástico llenas de excrementos. En los barrios
miserables estalló la rebeldía y la violencia. Algunas personas murieron, y
hubo muchos heridos. Se hicieron hogueras. Se incendiaron casas y, cuando los
equipos de bomberos intentaban llegar hasta las llamas, se alzaban barricadas
para impedírselo. Barrios enteros quedaron abandonados al saqueo.
En las ciudades
pequeñas, hombres de rostro preocupado hablaban sentados en los bancos delante
de los almacenes, en las gasolineras, en los mercados, parados en las esquinas
o reunidos en los bares o mientras aguardaban turno en las barberías.
Comentaban desconsolados: «Esto va mal. Esto no marcha. No es como en otros
tiempos, cuando uno sabía a qué se exponía. Ahora es imposible prever lo que va
a pasar, ni saber qué está pasando. Demasiadas novedades. Se están perdiendo
las tradiciones. Ya no hay nada seguro...» Decían, sentenciosos: «Claro que, si
lo que «ellos» dicen es verdad, habrá que hacer un esfuerzo. Ya oyó usted lo
que dijo el Presidente. Los hijos de nuestros hijos, eso es lo que son. Aunque
no sé cómo piensan arreglarlo. No será con más impuestos. No podemos pagar más
de lo que ya pagamos, y los túneles costarán un potosí. Impuestos sobre todo lo
que compras, sobre todo lo que haces, sobre todo lo que tienes. No importa
cuánto se deslome uno, que todo se lo llevan en impuestos...» Decían,
santurrones: «Ese predicador de Nashville tenía razón. Cuando uno pierde la
religión, ha perdido todo lo que vale la pena. No le queda ninguna razón de
vivir. Si olvidas la Biblia, lo pierdes todo. Quién iba a decir que dentro de
quinientos años los hombres habrán renunciado a su Dios. Sólo se explica por la
maldad del mundo moderno, por la vida en esas grandes ciudades. Allí la gente
es ruin. Aquí no podrían perder a Dios, no señor. Te acompaña en todas partes.
Lo respiras con el aire. Lo ves en el color del cielo al amanecer. Lo oyes en
el silencio de la tarde. Dan pena esas gentes del futuro, dan lástima, de
verdad. No saben lo que se han perdido...» Refiriéndose a las manifestaciones,
comentaban con rabia: «Deberían liquidarlos a todos. Yo no me andaría con
tantas contemplaciones. No me lo pensaría ni un segundo. La mayoría de esa
gente no han dado golpe en la vida. Lo único que hacen es mendigar. No me
negarás que si un hombre busca trabajo, o aunque sea una mujer, puede
encontrarlo. En cambio nosotros, venga a sudar, venga a currelar y ¿qué
conseguimos? Pues nada, porque no hacemos manifestaciones, no incendiamos, no
alargamos la mano para mendigar...» De los jóvenes que paseaban sus carteles
por el parque Lafayette decían: «Si quieren largarse al mioceno o a donde sea,
¿por qué no los dejamos? Que se vayan; estaremos mejor sin ellos». El banquero
del pueblo anunciaba con solemnidad: «Acuérdense de lo que voy a decirles.
Tendremos suerte si esta gente del futuro no arruina todo el país. Sí señor,
todo el país; y quizá todo el mundo. El dólar no valdrá nada y los precios
subirán...» Inevitablemente, cuando lo veían todo negro sacaban esta
conclusión: «Espera y verás. Te digo que es un complot comunista. Un maldito
complot comunista. No sé cómo lo han conseguido pero, al bajar la marea,
estarán los rusos en el fondo...»
Se desencadenó
una peregrinación en todo el país, una verdadera marcha sobre Washington.
Llegaban en autostop, en autobús, en viejos coches destartalados. Un tremendo
movimiento juvenil de la contracultura. Algunos llegaron a la ciudad antes del
anochecer y desfilaban con pancartas en las que se leía: «¡Todos al mioceno!
¡Adelante con los dientes de sable!» Otros siguieron manifestándose durante la
noche o se echaron a dormir tumbados sobre los bancos de los parques para
continuar al día siguiente, comiendo bocadillos, haciendo proselitismo y
conspirando en susurros alrededor de las fogatas.
Otros grupos
desfilaban por las calles de Washington dando escolta a jóvenes manifestantes
que se tambaleaban bajo el peso de grandes cruces, que trastabillaban y caían y
volvían a levantarse cien veces para continuar la procesión. Algunos llevaban
coronas de espinas y les corría la sangre por las frentes. A últimas horas de
la tarde se declaró en el parque Lafayette una batalla campal: una multitud
indignada, en la que figuraban muchos de los jóvenes que esperaban retornar al
mioceno, quiso impedir una crucifixión cuando ya la víctima estaba atada a la
cruz y el agujero para plantarla cavado a medias. La policía intervino y,
después de quince minutos de sangrienta lucha, disolvió la manifestación. Hecho
esto los guardias recogieron cuatro cruces burdamente fabricadas y las
retiraron.
- Estos chicos
están locos - dijo un oficial, nervioso -. No daría ni un centavo por toda esa
chusma.
El senador
Andrew Oakes telefoneó a Grant Wellington.
- Ha llegado el
momento - dijo en tono conspiratorio - de guardar la mayor discreción. No haga
declaraciones; debe fingir total desinterés. La situación, como usted diría, es
fluida. No hay nada firme. Nadie sabe por dónde saltará la liebre, pero se está
tramando algo. El ruso estuvo en la Casa Blanca esta mañana y eso no presagia
nada bueno. Se cuece algo que no sabemos.
Clinton Chapman
llamó a Reilly Douglas.
- ¿Sabes algo,
Reilly?
- Nada, salvo
que existe realmente el viaje en el tiempo y ellos tienen los planos.
- ¿Los has
visto?
- No. Están a
buen resguardo. Nadie dice ni pío. Los científicos que trabajan con la gente
del futuro no abren la boca.
- Pero tú...
- Lo sé, Clint.
Soy el ministro de Justicia pero, ¡diantre!, en un caso así eso no cuenta. Es
un secreto de Estado. Lo conocen algunos sabios y nadie más. Ni siquiera los
militares, y creo que si los pidieran, tampoco...
- Pero tendrán
que permitir que alguien se entere. No se puede construir una cosa desconocida.
- Al contrario.
Basta saber cómo se construye. Pero no cómo funciona, ni porque, ni los
principios de su funcionamiento.
- No veo la
diferencia.
- Pues sí hay
diferencia - respondió Douglas -. Aunque, por mi parte, no me gustaría
construir algo que no comprendo.
- Has dicho que
el viaje a través del tiempo existe. No cabe duda. Existe de verdad.
- Evidentemente
- confirmó DougIas.
- Es una mina
de oro - dijo Chapman - y no descansaré hasta que...
- Pero si
funciona en un solo sentido...
- Debe
funcionar en ambos - afirmó Chapman -. Lo aseguran mis técnicos.
- Exigirá una
fuerte financiación - puntualizó Douglas.
- Tengo
respaldo - aseguró Chapman -, personas en quienes puedo confiar. La mayoría se
muestran interesados. Claramente interesados. Han comprendido las posibilidades.
No nos faltarán fondos si nos salimos con la nuestra.
Judy Gray subió
al avión y ocupó su plaza. Miró por la ventanilla y vio idas y venidas de
camiones... Los vio entre lágrimas y enseguida alzó una mano para secarse los
ojos. ¡El muy hijo de puta! ¡El maldito hijo de puta!, se dijo apretando los
dientes. Pero el tono de su voz era casi cariñoso.
40
Tom Manning
hablaba por teléfono midiendo cada una de sus palabras.
- Me he
enterado de algo - murmuró.
- Envíalo por teletipo,
Tom - repuso Wilson -. Para eso estás allí. Transmítelo para mayor gloria de la
vieja y gloriosa Global News.
- Ahora que has
demostrado tu extraño sentido del humor, ¿hablamos de negocios? - preguntó
Manning.
- Si es una
trampa para sacarme la confirmación de algún rumor que hayas oído, ya sabes que
es inútil - repuso Wilson.
- Tú ya me
conoces, Steve.
- Por eso
mismo, porque te conozco.
- De acuerdo -
admitió Manning -. Si lo pones así, empecemos por el principio. Esta mañana el
Presidente ha recibido al embajador ruso...
- El Presidente
no le recibió. Vino por su propia iniciativa. El embajador hizo una declaración
a la Prensa, como sabes.
- Claro.
Sabemos lo que dijo el embajador y lo que tú dijiste en el boletín de la tarde
y que, en mi opinión, no aclara mucho las cosas. En esta ciudad nadie que esté
en sus cabales se ha creído ni media palabra.
- Lo siento,
Tom. Dije lo que sabía.
- Acepto lo que
dices - respondió Manning -. A lo mejor a ti no te lo han dicho. Pero por la
sede neoyorquina de la ONU corre un rumor bastante feo. Al menos, tal como se
lo contaron a nuestro hombre allí. Ignoro si ya es del dominio público. Nuestro
hombre no lo pasó por el teletipo. Me telefoneó y le dije que esperase hasta
que yo hubiese hablado contigo.
- No sé de qué
me hablas, Tom. Creí honradamente que el embajador lo había dicho todo. Existen
esas conversaciones con Moscú, y parecía lógico. El Presidente tampoco ha dicho
otra cosa. Creo que lo mencionó sin entrar en más detalles. Había otros
asuntos.
- Muy bien -
dijo Manning -. Te contaré la noticia tal como la recibí. Morozov habló con
Williams y el Presidente para ofrecer ayuda militar al objeto de dar muerte al
monstruo, y la oferta fue rechazada...
- Tom, ¿es de
confianza tu fuente? ¿Estás seguro de lo que dices?
- ¿Cómo voy a
estarlo? Es lo que le dijeron esta tarde a nuestro hombre en la ONU.
- ¿Te refieres
a Max Hale?
- Uno de los
mejores - afirmó Manning -. Tiene criterio para saber cuándo un rumor es
consistente.
- Sí, es
cierto. Le recuerdo de mis tiempos en Chicago.
- El informante
de Hale agregó que mañana se comunicará a la ONU nuestra negativa y se exigirá
que aceptemos la ayuda de otras naciones. Se nos acusará de negligencia
criminal si no aceptamos.
- El viejo
truco de todas las invasiones - pontificó Wilson.
- Pero esto no
es todo. Si no se aceptan las tropas y no es posible dominar a los monstruos,
la ONU podrá decidir que toda la zona sea destruida con armas nucleares. El
mundo no puede correr el riesgo...
- Espera - dijo
Wilson precipitadamente -. Dijiste que no lo habías pasado por los teletipos,
¿verdad?
- Todavía no, y
espero no tener que hacerlo nunca. Por eso te he llamado. Si Hale se enteró,
probablemente otros lo sabrán también y, como hay Dios que llegará a los
teletipos o será publicado en alguna parte.
- No puede ser
- afirmó Wilson -. Estoy seguro. Al fin y al cabo viajamos todos en el mismo
tren. En este momento las maniobras de la lucha política deberían quedar
aparte. Al menos, así opino. Tom, no puedo creerlo.
- ¿No sabías
nada? ¿Ni por asomo? ¿No recuerdas ningún indicio?
- Ni el más
mínimo - repuso Wilson.
- Steve, te
aseguro que no me gustaría trabajar en lo tuyo ni por un millón de dólares -
comentó Manning.
- Retrásalo,
Tom. Danos un poco de tiempo para verificarlo.
- Por supuesto.
Sólo que, si me aprietan demasiado... si alguien... Te avisaré antes.
- Gracias, Tom.
Algún día...
- Algún día,
cuando todo esto haya terminado - le interrumpió Manning -, nos meteremos en un
rincón escondido de un bar escondido, donde nadie pueda encontrarnos, y
cogeremos una trompa a medias.
- Yo pago -
afirmó Wilson -. Lo que quieras.
Colgó y se
hundió en la silla. Precisamente cuando estaba a punto de terminar, pensó.
Algunos días eran interminables. No se acababan nunca. Ayer y hoy no fueron dos
días, sino una eternidad poblada de pesadillas que, al recordarlo, parecía del
todo irreal. Había perdido a Judy; los manifestantes seguían desfilando por la
calle; los empresarios daban voces de protesta porque con el embargo no se les
dejaba hundir a sus competidores; los curas sermoneaban desde sus púlpitos
decididos a lanzar otra quema de brujas; los monstruos corrían por las
montañas, y el futuro seguía arrojando a sus habitantes en la actual senda del
tiempo.
Se le caían los
párpados, y se obligó a permanecer erguido. Aquella noche tendría que
descansar; buscaría tiempo para dormir de un modo u otro.
Quizá tuviese
razón Judy. Tal vez largarse fuera lo mejor, aunque, se dijo, faltaba saber de
qué se alejaba uno. La echaba en falta... hacía una o dos horas que se había
ido y ya la echaba en falta. De repente se dio cuenta de que la había añorado
durante todo el día, incluso cuando aún no se había ido. Empezó a echarla en
falta cuando supo que se marcharía. Pensó que tal vez debió insistir más para
convencerla, pero le había faltado tiempo y no supo hacerlo... al menos, sin
perder la dignidad, y uno hace las cosas con dignidad o no las hace. Aunque
seguramente no le habría escuchado.
Descolgó.
- Kim, ¿estás
ahí? Quiero ver al Presidente. Es muy urgente. Aprovecha la primera oportunidad
para hacerme pasar.
- Quizá tarde
un poco, Steve - explicó -. Hay una reunión de gabinete.
41
El sargento
Gordon Fairfield Clark le dijo al coronel Eugene Dawson:
- Lo tenía en
la mira y se esfumó de repente. Desapareció, se evaporó. Estoy seguro de que no
se movió. Le vi moverse cuando salió al lindero. Parecía difuminado, como
cuando un caricaturista dibuja algo que corre mucho, poniéndole un letrero de
ZOOOM, pero la segunda vez no pasó eso. Desapareció sin hacer ningún
movimiento. La primera vez pude distinguir cómo se movía. Pero no cuando lo
apunté por la mira. En ese momento, ni se desplazó ni se difuminó,
sencillamente desapareció.
- Debió verle a
usted, sargento - dijo el coronel.
- Creo que no,
señor. Estaba bien escondido y no me moví. Desvié el tubo lanzacohetes un par
de centímetros, eso fue todo.
- Entonces,
debió ver a uno de sus hombres.
- Señor, yo
mismo he entrenado a esos hombres. Nadie los ve ni los oye.
- Entonces
debió ver u oír otra cosa. Notó un peligro y por eso desapareció. Sargento,
¿está seguro de que desapareció?
- Estoy seguro,
señor.
Dawson estaba
sentado en un tronco caído. Se agachó, cogió una ramita del suelo del bosque y
la desmenuzó hasta convertirla en astillas. CIark permanecía en cuclillas a un
lado, empuñando el lanzacohetes, con la culata en el suelo, para apoyarse.
- Sargento -
dijo Dawson -, no sé qué vamos a hacer al respecto. Ignoro qué se propone el
ejército. Encontramos uno de esos bichos y, antes de poder zurrarle, desaparece.
Estoy seguro de que podríamos acabar con ellos, aun cuando crezcan y adquieran
malicia como asegura la gente del futuro. Podremos con ellos; tenemos potencia
de fuego, tenemos tecnología. Si ellos se pusieran en fila y nosotros también y
se lanzaran contra nosotros, podríamos con ellos a garrotazos. Tenemos más y
mejores armas que la gente del futuro y podemos hacerlo. Pero no si procuran
darnos esquinazo en un terreno como éste. Si aquí bombardeásemos cuatro mil
hectáreas, tal vez mataríamos uno, pero sabe Dios qué más mataríamos,
incluyendo personas. No tenemos tiempo ni personal para evacuar a la población
y poder bombardear. No hay más remedio que cazarlos de uno en uno...
- Pero aunque
los cazáramos, señor...
- Sí, lo sé.
Pero supongamos que tiene suerte. Digamos que liquida uno de vez en cuando.
Quedarán centenares de monstruos empollando y en un mes o una semana pondrán
miles de huevos. Y los primeros no tardarán en crecer y volverse más
peligrosos. Mientras los cazamos, acaban con una o dos ciudades, una o dos
bases militares...
- Señor - dijo
el sargento Clark -, es peor que lo del Vietnam. Y eso que lo del Vietnam fue
peliagudo.
El coronel se
puso en pie.
- Todavía no nos
ha ganado nadie - afirmó -. Nadie nos ha ganado con todas las de la ley, y no
sucederá esta vez. Pero tendremos que descubrir cómo hacerlo. Toda la potencia
de fuego y toda la tecnología del mundo no sirven de nada si uno no halla un
objetivo contra el cual dirigirlas, algo que se esté quieto mientras uno
aprieta el gatillo.
El sargento se
puso de pie y se colocó el lanzacohetes bajo el brazo.
- Bien; vuelvo
a mi puesto - comentó.
- ¿Ha visto un
fotógrafo por aquí?
- ¿Un
fotógrafo? - preguntó el sargento -. ¿Cuál? No he visto a ningún fotógrafo.
- Dijo que se
llamaba Price. De alguna asociación de prensa. Andaba dando la lata. Le dije
que se largara.
- Si le
encuentro - dijo el sargento -, le ataré una cuerda al rabo.
42
El reverendo
Jake Billings conferenciaba con Ray MacDonald, ex-director suyo de relaciones
públicas, al que había nombrado, desde hacía doce horas, jefe de operaciones de
la cruzada.
- Desde luego,
no creo que este asunto de la crucifixión sea útil para nuestra campaña - dijo
el reverendo Billings -. Me parece demasiado burdo y podría volverse contra
nosotros. Fíjate en lo que ha escrito la Prensa sobre el ensayo de
Washington...
- ¿Quieres
decir que ya han publicado un editorial sobre ello? No esperaba una reacción
tan rápida.
- La reacción
es desfavorable - señaló el reverendo Billings, acalorándose -. El
editorialista escribió que era una trampa vulgar y una ocurrencia chabacana.
Resulta que los brazos del joven estaban sujetos al travesaño con correas... no
con clavos, sino con correas. Naturalmente, todo el editorial tiene un tono
jocoso pero, sin embargo...
- Están en un
error - le interrumpió MacDonald.
- ¿Significa
que usaron clavos?
- No, no es
eso. Quiero decir que debía hacerse con correas. Normalmente los romanos no
empleaban clavos...
- ¿Pretendes
decirme que el Evangelio miente?
- No he dicho
eso. Lo que digo es que normalmente... Fíjate en que he dicho normalmente, no
siempre, los reos eran atados, y no clavados. Hicimos algunas investigaciones
sobre el tema y...
- Tus investigaciones
no me interesan - cortó Billings con frialdad -. Lo que me preocupa es que has
permitido a un editorialista espabilado burlarse de nosotros. Y aunque no
hubiera sucedido, opino que ha sido una pésima idea. ¿Por qué no me consultaste
antes?
- Estabas
ocupado, Jake. Dijiste que lo dejabas en mis manos. Dijiste que yo era hombre
capaz de sugerir ideas, y eso hice.
- Recibí una
llamada de Steve Wilson - continuó Billings - Me puso verde. No hay duda de que
la opinión en Washington, o al menos en la Casa Blanca, nos es decididamente
contraria. Cuando Wilson comente el asunto dirá que somos unos comediantes.
Habló con desprecio de nosotros en su conferencia de Prensa de esta tarde. Eso
fue antes de que ocurriera ese estúpido asunto de la crucifixión. La próxima
vez nos hundirá.
- Pero tenemos
a mucha gente a nuestro favor. Vete al campo, a las ciudades pequeñas...
- Sí, lo sé;
los campesinos. Estarán a nuestro favor, sin duda, pero, ¿desde cuándo importan
a nadie las opiniones de los campesinos? ¿Qué me dices de los pastores
influyentes en las grandes ciudades? ¿Qué dirá el reverendo doctor Angus
Windsor a su congregación, a los periódicos y al mundo? Él fue quien puso en
marcha todo esto, pero no van a gustarle esos jóvenes fanáticos que acarrean
cruces por la calle y se hacen crucificar en la plaza pública. Durante años he
procurado desempeñar mi ministerio con dignidad, y ahora hemos descendido al
nivel de la algarada callejera. A ti debo agradecértelo, y...
- No es tan
diferente de otras maniobras que hemos empleado con anterioridad - protestó
MacDonald -. Son los viejos trucos circenses de siempre, ¡el fabuloso mundo del
espectáculo! Nunca ha sido otra la base de tu tinglado.
- Pero con
discreción.
- No veo la discreción
por ninguna parte. Aviones escribiendo palabras en el cielo, procesiones y
kilómetros de pancartas...
- Publicidad
legal - puntualizó Billings -, publicidad veraz dentro de la gran tradición
norteamericana. Tu error ha sido lanzarte a la calle. No conoces la calle. Ahí
te enfrentas con otros que saben más que tú. Esos manifestantes del regreso al
mioceno dominan la calle. Han nacido en ella y siempre han vivido allí. Te
hicieron dos boicots antes de que empezaras a organizarte. ¿Cómo se te ocurrió
que podrías competir con ellos?
- Pues
entonces, ¿qué hacemos? Según dices, no podemos controlar la calle, de modo que
nos retiramos. ¿Y qué nos queda? ¿Cómo llamamos la atención?
El reverendo
Jake Billings miró hacia la pared con ojos vidriosos.
- No lo sé -
repuso -. Sencillamente, no lo sé. Creo que no importa mucho lo que hagamos. Me
parece que ese ruido gorgoteante que oyes es nuestra cruzada yéndose por el
desagüe del lavabo.
43
Fue culpa del
perro. Bentley Price no había probado gota en todo el día. Iba por una estrecha
y sinuosa carretera de montaña, indeciblemente molesto por lo que le había
ocurrido, y conducía más rápido de lo prudente. Después de varias horas de
búsqueda había acabado por encontrar el campamento. Por su aspecto era un campamento
provisional, pues no se veía la meticulosa limpieza de los campamentos del
ejército; un simple retén frente a la espesa arboleda, junto a un rumoroso
arroyo que corría valle abajo. Lleno de honda satisfacción al ver su deber
cumplido y su perseverancia recompensada, se había colgado del cuello las
cámaras y se acercó dificultosamente a la tienda principal. Casi había llegado
cuando el coronel salió y lo detuvo. «¿Quién diablos es usted y adónde va?», le
había preguntado el coronel. «Soy de la Global News», le había respondido
Bentley, «y he venido a tomar algunas fotos de la caza del monstruo. Le dije a
mi jefe que no valía la pena, pero él no opina lo mismo y como no era cuestión
de llevarle la contraria, háganme el favor de moverse y acosar al monstruo para
que yo pueda tomar algunas fotos».
«Se ha pasado
de la raya, señor», le había dicho el coronel. «Se ha pasado en más de un
sentido. No sé cómo ha podido llegar hasta aquí. ¿No han intentado detenerle?»
«Seguro», repuso Bentley. «Por el camino, unos soldados; pero no les hice caso.
Nunca hago caso de quien intenta detenerme. He de hacer mi trabajo y no puedo
perder el tiempo.»
Entonces fue
cuando el coronel le echó de allí. Había hablado con voz cortante y militar,
mirándole fríamente. «Tenemos muchos problemas», explicó, «y no necesitamos que
un maldito fotógrafo se entrometa y nos complique la vida. Si no se va por su
propia voluntad, haré que sea expulsado por la guardia». Mientras decía esto,
Bentley levantó la cámara y le sacó una foto. Esto empeoró aún más la situación
y Bentley, con su ágil intuición de siempre, vio que llevaba las de perder,
conque prefirió retirarse dignamente para evitar que le expulsaran. Cuando pasó
junto a los soldados que habían intentado detenerlo, ellos le gritaron y le hicieron
burla. Bentley redujo la velocidad, dispuesto a bajar y encararse con ellos,
pero luego se lo pensó mejor. No vale la pena, se dijo.
Y entonces pasó
lo del perro.
El perro salió
de entre las malezas y matorrales que había junto a la cuneta. Tenía las orejas
echadas hacia atrás, la cola entre las patas y aullaba presa de puro y ciego
pánico. El perro se metió en la carretera y el coche rodaba a mucha velocidad.
Bentley giró el volante, el coche se salió de la carretera y chocó contra unos
arbustos. Los neumáticos chirriaron cuando Bentley pisó el freno. El morro del
coche embistió un inmenso nogal y hubo un golpe estremecedor. La puerta
izquierda se abrió y Bentley, con su orgulloso desdén frente a necedades como
el cinturón de seguridad, salió disparado. La cámara que llevaba colgada al
hombro describió una trayectoria y se estrelló contra su oído, dándole un golpe
que resonó en su cráneo como si tuviera una campana dentro. Cayó de espaldas y
rodó, lastimándose las manos y las rodillas. Logró ponerse en pie y descubrió
que había ido a parar a la cuneta.
En medio del
camino había un monstruo. Bentley conoció lo que era; el día anterior había
visto dos. Pero éste era pequeño, del tamaño de un caballito de las Shetland.
Lo cual no significaba que fuese menos horroroso.
Pero Bentley
tenía más temple que otros. No tragó saliva ni se le revolvió el estómago. Sus
manos se alzaron con rápida precisión, cogieron firmemente la cámara y la
acercaron a su vista. El monstruo quedó enmarcado en el visor y el dedo del
fotógrafo apretó el disparador. La cámara hizo «clic» y en ese instante el
monstruo desapareció.
Bentley bajó la
cámara y la soltó. Su cabeza aún le retumbaba por el golpe en la oreja. Llevaba
la ropa destrozada y por un agujero del pantalón le asomaba la huesuda rodilla.
Tenía ensangrentada la mano derecha, pues se había herido la palma sobre la
grava. A su espalda, el coche emitía leves crujidos de metal martirizado. El
motor hervía por efecto del agua que se escapaba del radiador roto,
desparramándose sobre el metal caliente.
A lo lejos, el
perro seguía corriendo entre gemidos. En un árbol, cerca de la cuneta, una
ardilla espantada castañeteaba los dientes con la intensidad de un tableteo de
ametralladora. La carretera estaba vacía. Un monstruo había pasado por allí.
Desde donde estaba, Bentley veía sus huellas impresas en el polvo. Pero había
desaparecido.
Bentley salió
cojeando a la carretera y miró a todos lados. No había nada.
Estaba ahí, se
dijo Bentley tercamente. Lo tenía encuadrado. Estaba ahí cuando tomé la foto.
Cuando se descorrió el obturador de la «reflex» había desaparecido. Le asaltó
una duda. ¿Estuvo allí o no al tomar la foto? ¿Habría quedado registrado en la
película? ¿Habría perdido una foto a causa de su desaparición?
Pensándolo
bien, le pareció que sí estaba, pero no quedó muy convencido.
Dio media
vuelta y cojeó carretera abajo tan rápido como pudo. Sólo había un modo de
averiguarlo. Tenía que conseguir un teléfono y un coche. Debía regresar a
Washington.
44
- Hemos tenido
tres contactos con los monstruos - dijo Sandburg -. Los resultados están por
verse. Nadie pudo dispararles. Desaparecen y eso es todo.
- Querrá decir
que se escabullen - señaló Thorton Williams.
- No, señor -
repuso el secretario de Defensa -. Simplemente desaparecen, los que lo vieron
juran que no se habían movido. Primero están y luego no están. Los
observadores, que dieron parte independientemente y sin conocer el resto de los
informes, coinciden en ello. Un solo hombre pudo equivocarse, y hasta es
posible que dos fallen. Pero parece difícil que tres observadores se equivoquen
exactamente en el mismo punto.
- ¿Ustedes los
militares, tienen alguna teoría, alguna opinión acerca de lo sucedido?
- Ninguna - repuso
Sandburg -. Debe ser que han desarrollado una nueva adaptación defensiva. Como
ahora sabemos, esos seres están a la defensiva. Saben que deben sobrevivir. Por
el bien de la especie, no pueden arriesgarse. Supongo que si se les acorralase
lucharían, aunque sólo si no hubiera otra salida. Evidentemente, han inventado
una nueva táctica para esta clase de situación. Hemos consultado al doctor
Isaac Wolfe, el biólogo refugiado que sin duda es quien más sabe sobre los
monstruos, y este asunto de la desaparición lo desconoce por completo. Ha
sugerido, sólo como conjetura, que tal vez sea una aptitud que sólo poseen los
monstruos jóvenes, un mecanismo juvenil de defensa. Quizá los del futuro no
tuvieron suficientes oportunidades de observar a los monstruos jóvenes. Estaban
ocupados luchando contra los adultos.
- ¿Cómo va la
movilización en esta zona? - preguntó el Presidente.
- No tengo
datos - respondió Sandburg -, pero los trasladamos allí con la mayor rapidez
posible. Los campamentos de refugiados han creado su propio servicio de orden y
eso facilita las cosas y nos permite disponer de más tropas. Agricultura y
seguridad social se encargan de buena parte de los transportes de alimentos y
otros artículos de primera necesidad a los campamentos, y eso también libera
personal militar. Suponemos que esta noche empezarán a regresar las primeras
divisiones aerotransportadas y podremos contar con más hombres.
- Morozov
estuvo aquí esta mañana y nos ofreció ayuda - informó Williams -. De hecho,
insistió en ello. Nosotros, naturalmente, rechazamos la oferta. Pero eso nos
crea un problema. ¿Es conveniente pedir ayuda al Canadá, o quizás a México,
Gran Bretaña, Francia, Alemania u otros países amigos?
- Seguramente
podrían sernos útiles - señaló Sandburg -. Me gustaría sondear a los jefes de
Estado Mayor. Lo que necesitamos y no hemos podido obtener son fuerzas
numerosas en los límites norte y sur... digamos en Georgia y Nueva York. Hemos
de frenar la dispersión de los monstruos... si es, como supongo, lo que se
proponen. Si logramos contenerlos, podremos exterminarlos.
- Si no se
escapa ninguno - agregó el Presidente.
- Exacto -
admitió Sandburg -. Si no se escapan.
- Pasemos a
otro asunto - propuso el Presidente -. Reilly, creo que tienes una noticia.
- Todavía no
estoy demasiado seguro, pero se trata de una cuestión a discutir - dijo Reilly
Douglas -. Sinceramente, opino que se podrían suscitar dificultades jurídicas
bastante complicadas, pero todavía no he podido analizar este aspecto. Clinton
Chapman me visitó anoche. Creo que casi todos ustedes conocen a Clint.
Miró en torno;
la mayoría de los hombres asintieron con la cabeza.
- Vino a verme
- repitió Douglas -; más tarde hablamos tres o cuatro veces por teléfono y hoy
hemos almorzado juntos. Creo que algunos de ustedes saben que fuimos compañeros
en Harvard y tenemos amistad desde entonces. Supongo que por eso se dirigió a
mí. De buenas a primeras, se ofreció para la construcción de los túneles,
asegurando que financiaría su coste sin recurrir al crédito federal. A cambio,
conservaría la tenencia de los túneles una vez evacuados al mioceno los
refugiados, y nos pediría una licencia para explotarlos. Desde entonces...
- No entiendo
de qué iban a servirle - le interrumpió Williams -. ¿Qué diablos va a hacer con
los túneles? La fuerza de tiempo, o como se llame, según tengo entendido sólo
funciona en una dirección: hacia el pasado.
Douglas meneó
la cabeza.
- Clint no lo
cree. Ha hablado con sus investigadores, que son probablemente los mejores del
mundo, y le han asegurado que si existe el viaje a través del tiempo, debe
funcionar en ambas direcciones: hacia el pasado y hacia el futuro. De hecho, le
explicaron que parecería más sencillo viajar hacia el futuro, ya que el
discurrir natural del tiempo es hacia el futuro.
Williams lanzó
un suspiro ruidoso.
- No sé -
murmuró -. Suena raro. ¿Cómo podemos ceder a un hombre o a una empresa la
exclusiva de los viajes a través del tiempo en ambos sentidos, suponiendo que
sea realizable? Imaginen los abusos a que podría dar lugar...
- Durante el
almuerzo hablé de eso con Clint - agregó Douglas -. Le expliqué que, si se
llegaba a ello, habría de ser bajo estricto control. Se habrían de crear
comisiones para redactar un código de viaje a través del tiempo. El Congreso
tendría que legislar. Además, tanto el código como la legislación tendrían que
ser internacionales; habría que llegar a un acuerdo mundial y es fácil suponer
lo que eso podría tardar. Clint estuvo de acuerdo en todo y dijo que esperaría
lo que hiciese falta. Está obsesionado por esta idea. Como viejo amigo, intenté
convencerle de que lo dejara, pero está empeñado en continuar. Es decir, si le
permitimos hacerlo. Al principio quería financiarlo él sólo pero,
evidentemente, ahora ya sabe qué cantidad de dinero expondría. Creo que está
intentando formar una sociedad para hacerse cargo de la fabricación.
Sandburg
frunció el ceño.
- A primera
vista diría que no. Los viajes a través del tiempo han de estudiarse más a
fondo. Es algo que no habíamos pensado en serio. Tendríamos que estudiarlo de
cabo a rabo.
- Podría tener
aplicaciones militares - señaló Williams -. No estoy seguro de cuáles serían.
- Se
necesitarían acuerdos internacionales bajo garantías adecuadas, para impedir su
uso militar - puntualizó el presidente -. Si tales acuerdos fuesen rotos en
algún momento futuro, poco importaría quién tuviera la licencia. Las
necesidades nacionales siempre tendrían prioridad. No importa lo que ocurra,
pero el viaje a través del tiempo es algo que ya tenemos aquí. Habremos de
plantearnos la cuestión y mirar de solucionarla.
- ¿Apoya usted
la propuesta de Clint, señor Presidente? - preguntó Douglas algo sorprendido -.
Cuando hablé con usted...
- Yo no he
dicho que la apoye - respondió el Presidente - Pero, dada la situación, opino
que nos interesa considerar todas las posibilidades y propuestas. Será muy
difícil obtener los capitales y créditos necesarios para construir los túneles.
No sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Quizá le sea más difícil al
resto del mundo que a nosotros.
- Este es otro
problema - apuntó Williams -. Imagino que Chapman y sus socios sólo se proponen
construir los túneles en los Estados Unidos.
- No puedo
responder a eso - señaló Douglas -. Supongo que si Chapman lograse formar
sociedad, podría incluir capital extranjero y establecer acuerdos con otras
naciones. No creo que países como el Congo, Portugal e Indonesia cerrasen las
puertas a quien se ofreciese a construir sus túneles. Otras naciones podrían
dudarlo pero, si lleváramos a cabo el plan y se nos unieran un par de grandes
potencias, por ejemplo Alemania o Francia, supongo que la mayoría de las demás
nos seguirían. Después de todo, si alguien realizara un plan así, ninguna
nación querría quedarse sin un túnel.
- Esto costará
mucho dinero - intervino Manfred Franklin, secretario del Tesoro -. Miles de
millones...
- Hay muchos
jugadores en el mundo financiero - observó Ben Cunningham, de Agricultura -,
pero en su mayoría juegan con inteligencia. Chapman parece bastante seguro de
sí mismo. ¿Es posible que él sepa algo que nosotros ignoramos?
Douglas negó
con la cabeza.
- Creo que no.
Como dije, se funda en las afirmaciones de sus investigadores, principalmente
de los físicos, en el sentido de que los viajes a través del tiempo han de ser posibles
en ambos sentidos. Es el primer invento nuevo, realmente la primera idea nueva
desde hace cincuenta años o más, con verdaderas posibilidades tecnológicas y de
explotación comercial. Clint y su pandilla quieren sacar tajada del negocio.
- La cuestión
es si debemos permitírselo - explicó Williams.
- Aunque nos
sepa mal - contestó el Presidente -, quizá tengamos que hacerlo. Si nos
negamos, la población lo sabrá y ya pueden imaginar cuál será su reacción. A
algunos les parecería bien, pero serían anulados por los que verían el asunto
como una solución para que alguien corra con un gasto gigantesco que, de lo
contrario, saldría del Tesoro y sería cubierto mediante impuestos.
Sinceramente, caballeros, podría crearse tal situación, que oponernos a la sociedad
equivaldría a nuestro suicidio político.
- Esto no
parece preocuparle demasiado a usted - murmuró Williams con acidez.
- Thornton,
cuando lleves en la política tanto tiempo como yo te tomarás las cosas con más
calma. Aprenderás a ser práctico. Contemplarás los asuntos con ecuanimidad.
Admito que particularmente, este negocio me repugna un poco, pero soy
políticamente realista para saber hasta dónde se puede llegar nadando contra la
corriente. Hay casos en que no puedes echarlo todo a rodar.
- Sigue sin
gustarme - aseguró Williams.
- Ni a mí -
agregó Sandburg.
- Sería una
solución - dijo Franklin -. Los obreros estarán a nuestro lado. Si la alta
finanza mundial llegase a un acuerdo con nosotros, como ocurrirá si se
constituye la sociedad, nuestro principal problema quedará resuelto. Queda lo
de alimentar a la gente del futuro, pero tengo entendido que podremos hacerlo
durante más tiempo del que suponíamos. Luego habremos de suministrarles todo lo
que necesiten para establecerse en el pasado, pero bastan para ello nuestras
capacidades normales de producción. Alguien tendrá que darse prisa en calcular
qué proporción de nuestras instalaciones fabriles y nuestros recursos tendrá
que dedicarse a la fabricación de carretillas, azadas, hachas, arados y otros artículos
similares, y durante cuánto tiempo; pero esto es sólo una cuestión económica.
Supongo que los próximos años nos enfrentaremos a una carestía notable de
carne, productos de granja y otros recursos agrícolas, pues tendremos que
enviar ganado reproductor al mioceno, pero no es imposible, aunque hayamos de
apretarnos un poco el cinturón. Los túneles eran lo importante, y la sociedad
de Chapman los construirá si se lo permitimos.
- ¿Qué hacemos
con esos jóvenes manifestantes que quieren regresar al pasado? - preguntó
Cunningham -. Yo opino que les dejemos ir. Se despejarían las calles y, por
otra parte, hace tiempo que muchas personas se quejan de la superpoblación.
Quizá sea éste el remedio.
- Naturalmente,
está bromeando - dijo el Presidente -, pero...
- Le aseguro,
señor, que no bromeo. Hablo en serio.
- Y yo estoy de
acuerdo - agregó el Presidente -. Quizá nuestros motivos no sean los mismos,
pero creo que no debemos detener a quienes quieran dejarnos. Quizá no convenga
que vayan a la misma época que la gente del futuro. Sería mejor un millón de
años después. Pero antes de dejarles partir, deben poseer las mismas
convicciones y la visión ecológica de la gente del futuro. No podemos enviarlos
para que agoten los recursos que nosotros ya hemos utilizado. Esto sería una
paradoja, que no pretendo entender, aunque supongo que podría resultar fatal
para nuestra civilización.
- ¿Quién va a
enseñarles esas convicciones y esa visión ecológica?
- Los hombres
del futuro. No todos han de regresar en seguida al pasado. Naturalmente, la
mayoría deben hacerlo, pero algunos se quedarán aquí. De hecho, han ofrecido
dejar un grupo de especialistas que nos enseñarán la mayor parte de lo que se
ha... No, supongo que debo decir de lo que «será» descubierto durante los
próximos quinientos años. Personalmente, me parece que esta oferta debemos
aceptarla.
- A mí también
- corroboró Williams -. Lo que nos enseñen tal vez altere en parte las actuales
instituciones económicas y sociales, pero a la larga habremos adelantado. En
veinte años o menos podríamos recorrer esos quinientos años sin cometer los
errores en que cayeron nuestros descendientes.
- No sé -
murmuró Douglas -. Hay demasiados factores en una cuestión así. Debe meditarse.
- Se nos olvida
una cosa - recordó Sandburg -. nada nos impide adelantar y proyectar, pero
hagámoslo con rapidez. La solución debe ponerse en marcha antes de un mes pues,
de lo contrario, se nos acabará el tiempo. Lo que quiero decir es esto: que
nuestras previsiones pueden quedar destruidas si no logramos exterminar a los
monstruos, o al menos dominarlos.
45
Wilson se dijo
que tal vez los jóvenes manifestantes tuvieran razón. Empezar de nuevo, con la
pizarra limpia y el cuaderno en blanco, ejercía un atractivo bien lógico. Lo
malo era que, aun comenzando de nuevo, la raza humana seguramente repetiría
casi todos sus errores pretéritos. Aunque al retornar llevaría cierto tiempo
cometerlos y, con buena voluntad, quizá se lograse corregirlos antes de
hacerlos demasiado grandes, torpes y definitivos.
Alice Gale dijo
que llegaría a ser un yermo el lugar donde otrora se alzaba la Casa Blanca; y
el doctor Osborne, durante su viaje desde Fort Myer, había manifestado dudas
sobre la posibilidad de romper la serie de causas y efectos que conduciría a la
ruina de la Casa Blanca. Afirmó que se había ido demasiado lejos. Están
desequilibrados, había dicho; han perdido la sensatez.
Era posible, se
confesó Wilson en su fuero íntimo: el Gobierno central cada vez más ubicuo; las
grandes empresas cada vez más ricas y poderosas; los impuestos aumentando
siempre en vez de disminuir; los pobres cada vez más pobres y cada vez más
numerosos, condenados a depender de la Seguridad Social; los abismos entre
ricos y pobres, entre el Gobierno y el pueblo, más profundos a medida que pasaban
los años. Se preguntó si pudo ocurrir de otro modo. Así las cosas, ¿se habría
podido organizar el mundo de un modo mejor?
Meneó la
cabeza. No tenía ni idea. Quizás hubiera hombres capaces de analizar la
evolución política, económica y social, para demostrar dónde se hallaban los
errores, y señalar con el dedo tal decisión de tal año diciendo: «Aquí se dio
un paso en falso». Pero tales hombres serían teóricos, y nada podrían resolver
en la práctica con sus teorías.
El timbre del
teléfono empezó a sonar, y descolgó.
- ¿Señor
Wilson?
- Sí.
- Habla el
vigilante de la puerta sudoeste. Aquí hay un caballero que quiere verle para un
asunto muy importante. Es el señor Thomas Manning. Le acompaña el señor Bentley
Price. ¿Los conoce?
- Sí. Hágalos pasar,
por favor.
- Los enviaré
con una escolta, señor. ¿Los recibirá en su despacho?
- Sí, les
espero.
Wilson colgó,
preguntándose qué podría traer a Manning. ¿Por qué habría venido en persona?
Dijo que se trataba de algo importante. Y Bentley... ¡Señor!, ¿por qué con
Bentley? ¿Habrían averiguado algo sobre el asunto de la ONU?
Miró el reloj.
La reunión del gabinete se prolongaba más de lo previsto. Tal vez había
terminado y el Presidente estaba sumergido en otros asuntos. Aunque sería
extraño... Normalmente, Kim le habría hecho pasar.
Manning y
Bentley entraron en el despacho mientras el vigilante se quedaba en la puerta.
Wilson le hizo una seña.
- Espere
afuera. Ha sido un placer inesperado - se volvió a sus dos visitantes -. Nos
vemos muy poco ahora, Tom. Y a ti, Bentley, casi nunca.
- Tengo
demasiados negocios - bromeó Bentley -. Voy de un lado a otro. Me paso la vida
corriendo.
- Bentley acaba
de llegar de Virginia occidental - informó Manning -. Es el motivo de esta
visita.
- Había un
perro en la carretera - explicó Bentley -, luego apareció un árbol y me di un
batacazo.
- Bentley
fotografió a un monstruo en la carretera - aclaró Manning - en el instante de
desaparecer.
- Ya he
descubierto lo que pasó - agregó Bentley -. Vio que la cámara le apuntaba y oyó
que hacía «clic». Los monstruos no se quedan quietos cuando ven que les apuntan
con algo.
- Han habido
más noticias de desapariciones - comentó Wilson -. Es como un mecanismo de
defensa. A los muchachos les está resultando difícil cazarlos.
- No opino lo
mismo - discrepó Manning -. Obligarlos a desaparecer puede ser tan útil como
cazarlos.
Abrió un
delgado maletín que traía y sacó un montón de fotos, comentando:
- Mira - puso
la primera foto sobre el escritorio de Wilson.
Wilson echó una
rápida ojeada y luego miró de hito en hito a Bentley.
- ¿Qué clase de
truco fotográfico es éste? - inquirió.
- Nada de
trucos - respondió Bentley -. La cámara no miente. Siempre dice la verdad. Te
muestra lo que hay. Lo que ves aquí es lo que ocurre cuando un monstruo desaparece.
Estaba cargada con película rápida...
- Pero...
¡Dinosaurios! - exclamó Wilson.
Bentley metió
una mano en el bolsillo y sacó un objeto que entregó a Wilson.
- Un
cuentahilos - explicó -. Echa una mirada. Se ven rebaños de dinosaurios en
segundo término. Nadie puede hacer un truco así.
El monstruo se
veía difuminado como una especie de fantasma del monstruo, pero lo bastante
claro como para no dar lugar a dudas sobre lo que era. Al fondo se distinguían
claramente los tres dinosaurios.
- Y ornitorrincos
- señaló Manning -. Si le enseñaras la foto a un paleontólogo, seguramente
acertaría a situarla con exactitud en cuanto a la época.
Los árboles
eran extraños. Algunos semejaban palmeras, y otros helechos gigantescos.
Wilson abrió el
cuentahilos, acercó la foto e hizo girar la lente de aumento. Bentley tenía
razón. Había otros animales extraños en el paisaje, en manadas, solos, o
emparejados. Un diminuto mamífero corría para ocultarse bajo un arbusto.
- Tenemos
algunas ampliaciones del fondo - observó Manning -. ¿Quieres verlas?
- No. Es
suficiente.
- Hemos
consultado un libro de geología - dijo Bentley -. Es un paisaje del cretáceo.
- Lo sé -
aseveró Wilson. Cogió el teléfono y dijo -: Kim, ¿está el señor Gale en su habitación?
Gracias. Por favor, dile que baje.
Manning puso el
resto de las fotos sobre el escritorio.
- Son tuyas -
señaló -. Las transmitiremos por teléfono. Queríamos que fueras el primero en
saberlo. ¿Estás pensando lo mismo que yo?
Wilson asintió.
- Supongo que
sí, pero, por favor, a mí no me metas.
- No hace falta
- respondió Manning -. La foto habla por sí misma. El monstruo, supongo que
podríamos llamarlo el monstruo madre, descubrió el principio de los viajes a
través del tiempo cuando pasó por el túnel. Este principio se grabó en su
mente, en sus instintos o como haya que llamarlo. Transmitió ese conocimiento a
las crías... un instinto hereditario.
- Pero los
humanos necesitan túneles del tiempo y artefactos mecánicos para lograrlo -
objetó Wilson -. Necesitan ciencia e ingeniería...
Manning se
encogió de hombros.
- Diablos,
Steve, yo qué sé. No pretendo saberlo. Pero la foto indica que los monstruos
huyen hacia otra época. Quizá escapan todos a la misma. Tal vez el cretáceo sea
lo mejor para ellos. Quizás han descubierto que nuestra época actual es
demasiado dura, las dificultades demasiado grandes para ellos.
- ¡Se me acaba
de ocurrir algo! - gritó Wilson -. ¡Los dinosaurios desaparecieron!
- En efecto -
repuso Manning. Cerró el maletín y dijo -: Será mejor que nos vayamos. Tenemos
trabajo. Gracias por habernos recibido.
- No, Tom -
negó Wilson -. Las gracias son para ti y para Bentley. Gracias por venir. Pudo
costarnos varios días el descubrir esto, si es que lo descubríamos...
Se puso en pie
para despedirlos y luego se derrumbó en su asiento.
Increíble,
pensó. Aunque, en cierto sentido, tenía su propia lógica monstruosa. Los seres
humanos tienden a pensar según hábitos humanos. Los monstruos eran diferentes.
Los refugiados del futuro habían insistido una y otra vez en que no debían
considerarlos unos monstruos estúpidos, sino seres sumamente inteligentes. Y
tal inteligencia, indudablemente, debía ser tan rara como sus cuerpos. Su
inteligencia y habilidad no copiaban la inteligencia y la habilidad humanas.
Aunque resultara difícil de comprender, tal vez fuesen capaces de hacer
instintivamente algo que un ser humano no podría conseguir sin la ayuda de una
máquina.
Maynard y Alice
Gale entraron tan silenciosamente en el despacho que no se dio cuenta de que
estaban allí hasta que alzó la vista y los halló junto a su escritorio.
- ¿Llamaba
usted? - dijo Gale.
- Quiero que
vean estas fotos - pidió Wilson -. Primero la de arriba. Las demás son
ampliaciones de detalles. Me gustaría conocer su opinión.
Aguardó
mientras ambos estudiaban las fotos. Por último, Gale comentó:
- Esto es el
cretáceo, señor Wilson. ¿Cómo tomaron la foto? ¿Qué tiene que ver con el
monstruo?
- El fotógrafo
estaba tomando una foto del monstruo. En ese instante, el monstruo desapareció.
- ¿Desapareció?
- Es la segunda
noticia de una desaparición, que yo sepa. Quizá hubo otras, pero lo ignoro.
- Sí - murmuró
Gale -, es posible. Ya sabe que no son como nosotros. Los que pasaron por el
túnel conocieron el viaje a través del tiempo... experiencia tan breve, que
sólo duró una fracción de segundo. Mas pudo ser suficiente - se estremeció -.
Si esto es cierto, si con tan breve exposición son capaces de viajar por su
cuenta a través del tiempo, y si su progenie está en condiciones de hacerlo
también... En una palabra, si pueden notar, aprender y copiar algo tan
complicado en tan poco tiempo y con tanta perfección, me extraña que pudiéramos
resistirles durante veinte años. Es decir, que jugaban con nosotros, procurando
no exterminamos. Un coto de caza, eso éramos. Un coto de caza.
- No es seguro
- observó Wilson.
- Desde luego.
En este sentido, hemos de consultar al doctor Wolfe. El nos lo dirá; al menos,
estará en condiciones de formular una conjetura más fundada.
- Pero ¿usted
lo duda?
- En absoluto -
respondió Gale -. ¿Podría ser esto una falsificación?
Wilson meneó la
cabeza.
- No,
tratándose de Tom Manning. Le conozco bien. Trabajamos juntos aquí, para el
«Post». Éramos compañeros de juergas; fuimos como hermanos hasta que este maldito
trabajo se interpuso entre nosotros. No es que no tenga sentido del humor, pero
sería incapaz de hacer algo así. Y Bentley también. La cámara es su dios. No la
usaría para una falsedad. Vive y respira por y para sus cámaras. Todas las
noches, antes de acostarse, les reza una oración.
- Entonces,
esto prueba que los monstruos huyen al pasado.
- Creo que sí -
agregó Wilson -, pero quise saber su opinión. Usted conoce a los monstruos y
nosotros no.
- ¿Hablará con
Wolfe?
- Sí, lo
haremos.
- Hay otra cuestión,
señor Wilson, que deseábamos comentar con usted. Mi hija y yo la hemos
discutido y estamos de acuerdo.
- ¿De qué se
trata? - preguntó Wilson.
- Es una
invitación - repuso Gale -. No sabemos si la aceptará; quizá no, o tal vez le
ofenda. Sin embargo, creo que muchas personas la aceptarían. Para muchos sería
muy interesante. Me cuesta decirlo, pero es esto: cuando regresemos al mioceno,
si usted quiere acompañarnos, será bienvenido en nuestro grupo. Nos alegraría
tenerle con nosotros.
Wilson no dijo
nada. Buscó palabras, pero no pudo encontrarlas.
Alice dijo:
- Usted ha sido
nuestro primer amigo, tal vez nuestro único amigo verdadero. Solucionó el
problema de los diamantes. Ha hecho tanto por nosotros... - impulsivamente,
rodeó el escritorio y se inclinó para besarle en la mejilla.
- No es
necesario que conteste en seguida - explicó Gale -. Seguramente querrá
pensarlo. Si decide no venir, no volveremos a mencionar la cuestión. Creo
probable que ustedes también recurran a los túneles del tiempo para regresar
algunos millones de años hacia el pasado. Aun esperando que no ocurra, me
parece que no serán capaces de superar la crisis que alcanzó a nuestros
antepasados, o sea a ustedes, naturalmente, en la senda del tiempo original.
- No sé - dijo
Wilson -. Sinceramente, no lo sé. Denme tiempo para pensarlo.
- Sin duda -
afirmó Gale.
Alice se le
acercó y susurró suavemente:
- Tengo tantas
ganas de que decida acompañarnos...
Luego salieron,
tan serenos y discretos como habían llegado.
Anochecía y la
oficina quedaba ya envuelta en sombras. En la sala de Prensa, una máquina de
escribir tecleaba con irregularidad, reproduciendo las dudas de su usuario.
Junto a la pared, los teletipos seguían con su rumoroso funcionamiento. Un
piloto de la centralita de Judy lanzaba destellos. Ya no era la consola de
Judy, pensó. Judy se había ido. El avión de Ohio ya estaría volando hacia el
oeste.
- Judy -
murmuró -. ¿Qué pasó contigo? ¿Por qué tuviste que hacerlo?
Sabía que iba a
sentirse solo sin ella. Hasta ese momento no había comprendido cuánto le había
acompañado ella. Había sido un refugio contra la soledad que siempre acecha al
hombre, aunque crea tener muchos amigos. Incluso cuando no estaba presente, la
idea de tenerla cerca bastaba para vencer la soledad, para alegrar el corazón.
Ella estaba
cerca, pensó. Ohio no quedaba lejos; en esta época, ningún lugar del mundo era
inaccesible. Los teléfonos funcionaban y el correo repartía cartas, aunque no
era lo mismo que tenerla a ella. Pensó en alguna frase que pudiera escribirle,
pero supo que nunca lo haría.
Sonó el timbre
del teléfono. Kim anunció:
- La reunión ha
terminado. Pasa.
- Gracias, Kim
- respondió Wilson.
Había olvidado
la entrevista con el Presidente. Era como si hubiera transcurrido una
eternidad. Habían sucedido demasiadas cosas.
Cuando entró en
el despacho, el Presidente dijo:
- Lamento
haberle tenido esperando, Steve. Había mucho que discutir. ¿Qué hay?
Wilson sonrió.
- Ahora ya no
es tan importante. Creo que todo irá mejor. Corrieron rumores por la ONU.
- ¿Sobre el
asunto de los rusos?
- Sí. Me llamó
Tom Manning. Su hombre en la ONU... Max Hale, ¿le recuerda?...
- Creo que no,
pero leo sus artículos. Es persona seria.
- Hale oyó que
los rusos eran partidarios del bombardeo atómico sobre las zonas donde pudieran
haber monstruos sueltos.
- Esperaba algo
así - señaló el Presidente -. Nunca se lo perdonaremos.
- De todos
modos, me parece que ahora es una posibilidad teórica - comentó Wilson,
extendiendo las fotos sobre el escritorio -. Acaban de llegar. Las tomó Bentley Price.
- Price -
repitió el Presidente -. ¿Es aquel que...?
- Es aquel de
quien tratan todas las anécdotas. Borracho la mayor parte del tiempo, pero
fotógrafo de primera. El mejor que hay.
El Presidente
estudió la primera foto con el ceño fruncido.
- Me parece que
no lo entiendo.
- Tienen su
historia, señor. Sucede que...
El Presidente
le escuchó con atención y sin interrumpirle ni una sola vez. Cuando Wilson hubo
concluido, preguntó:
- Steve, ¿cree
que su explicación es fundada?
- Me inclino a
pensar que sí, señor, y Gale también. Dijo que debíamos hablar con Wolfe. Pero
él estaba seguro. Lo único que hemos de hacer es seguir empujándolos.
Empujarlos al pasado, y se marcharán. Si hubiera más monstruos, o si tuviéramos
tan pocas armas como habrá dentro de quinientos años cuando ellos lleguen a la
Tierra, probablemente intentarían quedarse. Nosotros presentamos una gran
batalla, somos antagonistas dignos. Pero creo que saben cuándo están vencidos.
En el cretáceo tampoco les faltarán oponentes de talla formidables. Los
tiranosaurios y toda su familia, los triceratops, los celurosaurios, los
dinosaurios cazadores. Lucharán cuerpo a cuerpo, con armas iguales. Tal vez
guste más que lo que podemos ofrecer los humanos. Habrá más gloria para ellos.
El Presidente
guardó un silencio pensativo. Luego comentó:
- Si no
recuerdo mal, los científicos nunca han llegado a descubrir por qué
desaparecieron los dinosaurios. Tal vez ahora lo sepamos.
- Podría ser -
afirmó Wilson.
El Presidente
hizo ademán de descolgar el teléfono, pero luego cambió de opinión.
- No, Fyodor
Morozov es un hombre honrado. Lo que hizo esta mañana era su deber; cumplía las
órdenes recibidas. Es inútil telefonearle para decírselo. Lo descubrirá cuando
se publique la foto. Lo mismo pasará con los de la ONU. Me gustaría ver qué
cara ponen. Se lo tienen merecido.
- Opino lo
mismo, señor - concluyó Wilson -. No quiero ocuparle más tiempo...
- Quédese un
momento, Steve. Hay algo que debe saber. Conviene que esté avisado por si se
plantea la cuestión y tenemos que enfrentarnos a ella. Lo saben sólo seis de
los nuestros, y no hablarán. Tampoco lo dirán los refugiados del futuro. Es un
secreto de Estado. Un secreto no oficial. No hay pruebas. El secretario de
Estado no lo sabe y tampoco el de Defensa.
- Me pregunto,
señor, si debo...
- Quiero que
usted lo sepa - insistió el Presidente -. Cuando lo oiga, quedará ligado al
secreto como los demás. ¿Conoce la propuesta de Clinton Chapman?
- La conozco y
no me gusta. Hoy mismo me hicieron esa pregunta y no quise hacer comentarios.
Respondí que sólo era un rumor y que no sabía nada.
- A mí tampoco
me gusta - manifestó el Presidente -. Pero por lo que a mí respecta, se le
alentará para que siga adelante. Cree que puede comprar el viaje a través del
tiempo, que ya lo tiene en el bolsillo y puede disfrutarlo. Jamás he visto un
caso más evidente de afán de lucro. No estoy muy seguro de que su gran amigo
Reilly Douglas sea inmune a ese mismo afán.
- Pero si es
afán de lucro...
- Lo es -
afirmó el Presidente -. Pero yo sé algo que él ignora, y procuraré que no se
entere hasta que sea demasiado tarde para él. Se trata de esto: lo que
descubrieron los refugiados del futuro no era el viaje a través del tiempo
según nosotros lo interpretamos, sino algo distinto. A ellos les sirvió, pero
no fue un viaje a través del tiempo tal como se concibe tradicionalmente. No sé
si me explico, pero parece ser que, junto al nuestro, coexiste otro universo.
La gente del futuro sabe que existe, pero, en realidad, de él sólo sabemos una
cosa: que el transcurso del tiempo en el segundo universo es exactamente
opuesto al del nuestro. Su futuro fluye hacia nuestro pasado. El pueblo del
futuro viajó hacia su pasado colgándose del movimiento futuro del otro
universo...
- Pero eso
significa...
- Exacto - le
interrumpió el Presidente -. Significa que pueden ir al pasado, pero no
regresar. Pueden viajar hacia el pasado, pero no hacia el futuro.
- Si Chapman lo
supiera, rescindiría el contrato.
- Supongo que
sí. No se ofreció a construir los túneles por razones patrióticas. Steve, ¿le
parece mal mi engaño... mi deshonestidad premeditada?
- Señor, me
parecería mal si realmente fuese posible lo que Chapman quiere hacer y usted no
lo impidiera. De este modo, en cambio, el mundo recibe ayuda y los únicos
perjudicados son los que se excedieron en esta ocasión. Nadie se compadecerá de
ellos.
- Algún día se
sabrá - se lamentó el Presidente -. Algún día se conocerá mi deshonestidad.
- Cuando eso
ocurra - observó Wilson -, como sin duda ocurrirá, una gran carcajada recorrerá
el mundo. Será famoso, señor. Le harán un monumento.
El Presidente
sonrió.
- Eso espero,
Steve. Me siento un poco hipócrita.
- Una cosa más,
señor - rogó Wilson -. ¿El secreto está bien guardado?
- Creo que sí -
repuso el Presidente -. Las personas que usted trajo de Myer hablaron sólo con
tres sabios de la Academia; luego se me entregó un informe. Sólo a mí. Para
entonces ya sabía de la propuesta de Chapman y les pedí que no lo divulgaran.
Sólo algunos científicos del futuro han trabajado en el programa de evacuación
de los suyos, y no todos saben lo que supone en realidad. Casualmente todos
están aquí por un motivo parecido a lo de los diamantes. Están aquí porque les
pareció que éramos la única nación en la que podían confiar. Se ha transmitido
el mensaje a Myer. Los científicos del futuro no hablarán. Nuestros hombres,
tampoco.
Wilson asintió.
- Me parece
bien. Ha mencionado los diamantes, ¿qué va a ocurrir con ellos?
- Hemos
aceptado la custodia provisional. Están en lugar seguro. Después, cuando todo
esto haya concluido, veremos qué se puede hacer. Probablemente, venderlos con
discreción, previa explicación suficientemente verosímil. Muy pocos cada vez.
El dinero será colocado en plicas para ser posteriormente distribuido entre las
demás naciones.
Wilson se puso
en pie para salir. A mitad de camino se detuvo y se volvió.
- Yo diría que
todo ha salido bien, señor Presidente.
- Sí - afirmó
el Presidente -. Los comienzos han sido difíciles pero ahora todo marcha bien.
Todavía queda mucho que hacer, pero ya estamos en el buen camino.
Había alguien
en el escritorio de Judy cuando salió Wilson.
El despacho
estaba a oscuras. Sólo se veían los destellos de la centralita, sin que nadie
la atendiese.
- ¿Judy? -
preguntó Wilson con incertidumbre -. Judy, ¿eres tú?
Sabía que era
imposible, pues en aquel momento ella seguramente llegaba a Ohio.
- He vuelto -
respondió Judy -. Subí al avión y luego me bajé. Estuve varias horas sentada en
el aeropuerto sin saber qué hacer. Eres un cabrito, Steve Wilson, y lo sabes.
No sé por qué me bajé del avión ni tampoco por qué he venido aquí.
Steve cruzó a
grandes zancadas el despacho y se acercó a ella.
- Pero, Judy...
- No me pediste
que me quedara. En realidad, no me lo pediste.
- Lo hice; te
lo pedí.
- Pero con
mucha dignidad. Así eres tú, demasiado orgulloso. No se te ocurrió ponerte de
rodillas y rogármelo. Ahora mis maletas van camino de Ohio y yo...
Él se inclinó,
la obligó a incorporarse y la abrazó con fuerza.
- Han sido dos días
muy duros - murmuró -. Es hora de que nos vayamos a casa, los dos.
FIN